viernes, 20 de febrero de 2015

Despertares


           

           Hay acontecimientos que dejan en tu juventud una huella indeleble, porque marcan un antes y un después decisivo en tu existencia. Hay experiencias que hacen de ti lo que eres y que perduran inalterables en tu alma, a pesar del tiempo y de los años. Hay emociones que quedan sepultadas en el desván de la memoria, hasta que un día, sin avisar, vuelven todas juntas hacia ti. Esta es mi historia, la historia de un chico que una mañana de invierno descubrió por casualidad una realidad distinta, una forma de percibir la vida que jamás hubiera podido soñar y jamás volvió a ser el mismo.

Corrían los años setenta cuando mis padres decidieron cerrar el negocio familiar que teníamos en Paris para trasladarlo a Normandía. Hicimos las maletas y dejamos la capital para  instalamos en el pequeño pueblo de dónde provenía mamá. Yo era hijo único, siempre había vivido en la ciudad y nuestro traslado me convirtió de repente en un adolescente solitario y meditabundo, sin más compañía que la de nuestro viejo perro Troll. La vida en el campo me parecía aburrida y monótona, por lo que intentaba matar el tiempo dando interminables paseos por el campo y olvidando mi soledad en la lectura. El  mundo me parecía entonces pequeño y limitado, desprovisto de sorpresas, hasta que una mañana de invierno, de repente, todo cambió.
Aquel día, mamá vino a despertarme y mientras abría las persianas de mi habitación, murmuró emocionada:
─Espera a ver esto, no te lo vas a creer.
─¿De qué estás hablando mamá? Y ¿por qué me despiertas tan pronto? Hoy es sábado, ¿recuerdas?
─Cuando mires por la ventana, te aseguro que se te va a pasar el sueño de golpe─  contestó mamá con una carcajada.
Hubiera querido seguir durmiendo, pero el ruido de la ventana que se abría y el aliento gélido del viento de Diciembre me quitaron el sueño de golpe.
─¿Qué haces? ─protesté adormilado.
Me puse a tientas las zapatillas y me dirigí bostezando hasta la ventana dónde me estaba esperando mamá. Sus mejillas estaban sonrosadas, se la veía contenta.
─¿A qué huele? ─pregunté de repente inspirando con deleite el viento frío.
─A rosas, a decenas de rosas recién abiertas, y también a madreselva─ ¿no es maravilloso?
─¿Rosas y madreselva? ¿En diciembre? ─Pregunté desconcertado.
Mamá me señaló con gesto triunfal el jardín y una simple ojeada me confirmó que no había exagerado la situación. Todos los rosales del vallado habían florecido al mismo tiempo y la madreselva se derramaba exuberante por encima del muro. El perfume era embriagador.
─Pero ¿qué está pasando aquí? ─balbuceé sorprendido.
─No sé… me imagino que tendrá que ver con el calentamiento global o algo parecido ─contestó mamá, muy risueña─, las estaciones ya no son lo que eran… Sea lo que sea, es asombroso, jamás había visto tantas flores en Diciembre.
No contesté, me limité a sonreír. La verdad es que no sabía qué decir ni qué pensar. No quise contrariarla, pero su explicación no me convencía en absoluto. Algo extraño estaba ocurriendo, lo presentía. Los días siguientes confirmaron esta sensación. A pesar del frío invernal, la naturaleza parecía estar viviendo una extraña primavera y las flores que se derramaban exuberantes desde los balcones y perfumaban los jardines del pueblo lo evidenciaban.
Los días se sucedieron y los rumores se multiplicaban entre la gente del pueblo que no entendían lo que estaba ocurriendo. La preocupación creciente entre la población obligó el ayuntamiento a ponerse en contacto con la Agencia Nacional de Meteorología. Después de efectuar comprobaciones e investigar el asunto, no supieron aclarar nuestras  dudas. Sin embargo, optaron por restarle importancia al caso. Debía tratarse de un hecho aislado porque ninguno de los pueblos de los alrededores había vivido hechos semejantes. Así que lo etiquetaron como un curioso micro clima y zanjaron el asunto. Nadie se quedó muy convencido, pero como no existía otra explicación, todos decidieron no darle más vuelta al tema y olvidarlo.
Todos menos yo. Tenía mucho tiempo libre y pocas diversiones,  un pequeño misterio me venía muy bien para romper la monotonía de mis tardes de aburrimiento. Decidí que a partir del día siguiente, investigaría por mi cuenta. Lo primero que tenía que averiguar, era la amplitud de la zona afectada por este curioso fenómeno atmosférico. ¿Dónde acababa exactamente la extraña primavera y por qué?
El día siguiente era sábado y me levanté pronto con la intención de empezar mis averiguaciones. Después de un desayuno rápido, cogí mi mochila y salí de casa. Me llevé una sorpresa porque Troll no vino a mi encuentro. Era la primera vez que algo así ocurría y me quedé desconcertado. Silbé una y otra vez, le llamé, di la vuelta al jardín y lo busqué en todos los rincones, pero todo fue en vano. No me lo podía creer, ¡el perro había desaparecido!
Mis padres se sorprendieron mucho, Troll tenía diez años y poca energía porque la artrosis había empezado a dañar sus articulaciones,  jamás se había fugado antes. Sin embargo, intentaron restar importancia al incidente, supongo que para no acrecentar mi desconcierto. 
─No te preocupes─ me tranquilizó mamá─, seguro que lo encuentras por ahí, habrá seguido alguna perra en celo. Con este cambio de tiempo, hasta los animales están revolucionados.
Pasé toda la mañana y parte de la tarde dando vueltas por los alrededores del pueblo buscándolo. Ya no me acordaba de mi investigación, solo quería encontrar a Troll, era lo único que me importaba. Lamentablemente, al anochecer, tuve que regresar a casa sin mi amigo. Parecía que se lo había tragado la tierra. Lo que más me inquietaba es que estuviera tanto tiempo fuera, Troll era mayor, cada vez aguantaba menos los paseos largos y no estaba acostumbrado a dormir a la intemperie.
Pasé la noche dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño. Me imaginaba mi pobre amigo acurrucado en un rincón, muerto de frío y de hambre, y este pensamiento  me desvelaba. No podía soportar la idea de que le pasara algo.
El domingo transcurrió triste e interminable para toda la familia. Troll no había vuelto y mis padres no sabían qué inventar para consolarme. Salí a buscarlo por la tarde y volví una vez más sin haberlo encontrado. Estaba deprimido y empezaba a tener el convencimiento de que no volvería a verlo. Pero justo antes de que me fuera a dormir, un ladrido alegre hizo que toda mi pena se esfumara de golpe. ¡Troll había vuelto!
Salí en pijama, temiéndome lo peor. El perro estaría seguramente muerto de hambre y de frío, agotado y al borde del desfallecimiento. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando le abrí la verja del jardín. Troll entró corriendo y saltó a mis brazos, no lo hacía desde que era un cachorro. Todos nos miramos asombrados: después de dos días fuera de casa, parecía en plena forma y lleno de energía, no lo podíamos creer.
Al día siguiente, cuando salí de casa para ir al Instituto, Troll no estaba.  ¡Lo había vuelto a hacer!  Los hechos se repitieron  una y otra vez, todos los días de la semana. El perro desaparecía de día y volvía a casa por la noche en muy buena forma. No conseguíamos encontrarle explicación.
El sábado siguiente, me propuse levantarme muy pronto para resolver el misterio. Me preparé y estuve espiando a Troll hasta que por fin, salió de casa con las primeras luces del día. Conservé una distancia prudente y lo seguí, aprovechando que el viento soplaba a mi favor y que el animal no podía detectar mi presencia.
Con una ligereza sorprendente para  un perro de su edad, Troll atravesó al trote todo el pueblo hasta llegar a la cuesta que llevaba al viejo castillo abandonado. Lo seguí intrigado y tuve que esforzarme para no perderlo de vista, porque casi no podía aguantar su ritmo. Cada vez lo entendía menos. Unos días atrás, Troll no aguantaba un paseo largo y volvía a casa arrastrándose. ¡Ahora estaba irreconocible!
Cuando llegamos a la cima de la colina, el perro se paró un instante delante de las grandes rejas del castillo y olisqueó el viento. Por un momento pensé que había detectado mi presencia, pero de repente continuó su camino por un sendero que daba la vuelta a la enorme propiedad.  El viejo muro que cercaba el castillo se había derrumbado y Troll aprovechó  un agujero para deslizarse al interior. Yo, en cambio, tuve que ingeniármelas para trepar por el muro y colarme en la propiedad.
Cuando salté por el otro lado del muro, Troll me llevaba una buena ventaja. Había dejado atrás el castillo y se encaminaba ligero hacia los campos de cultivo. Tuve que acelerar el paso para no perderle de vista, necesitaba averiguar a dónde iba tan decidido. Después de atravesar varios campos donde solo quedaban  rastrojos,  llegó delante de un campo de alfalfa que ondulaba bajo el viento como un mar de suaves olas verdes. Lo seguí intrigado mientras se adentraba en la vegetación. ¿Qué estaría buscando allí?  Después de caminar unos minutos en la hierba, se paró.
Delante de nosotros, la hierba parecía aplastada pero lo curioso es que no estaba rota sino simplemente inclinada, de una forma regular y simétrica, como si siguiera algún tipo de patrón.  Troll se volvió de repente y me vio. Me miró fijamente pero no se acercó.  Me dedicó un alegre ladrido y entró en el extraño dibujo siguiendo sus trazos de una forma  metódica, como si siguiera un recorrido predeterminado.
Pasada la primera sorpresa, tuve la tentación de seguirle pero algo me retuvo. Los acontecimientos de estos últimos días me estaban resultando extraños, y esto era la gota que colmaba el vaso. ¿Tendría algo que ver con las anomalías meteorológicas? No tenía pruebas de ello, pero muy dentro de mí sentía que ambos hechos estaban relacionados. Sin dejar de observar el curioso recorrido de Troll que parecía seguir las líneas del dibujo, decidí bordear su contorno exterior, para hacerme una idea de sus dimensiones.  Tardé exactamente ocho minutos, caminando con grandes zancadas, el dibujo tenía que ser enorme. Cuando volví al punto de partida, Troll había llegado a lo que me imaginé sería el centro del círculo y se había tumbado allí, en un estado de relajación total.
Le llamé repetidas veces, pero aunque giró la cabeza en mi dirección y me miró intensamente no acudió, simplemente siguió allí. Dadas las dimensiones del dibujo, se me ocurrió que la única manera de verlo en su totalidad era  subiéndome en un lugar bastante alto para mirarlo desde arriba. Se me ocurrió que el mejor mirador podía ser una de las torres del viejo castillo. Me marché de aquel lugar con el corazón encogido, viendo cómo Troll no había hecho ni el gesto de seguirme.  Jamás antes me había demostrado tanta indiferencia y necesitaba saber por qué.
Recorrí el camino en dirección inversa y poco después llegué al viejo castillo. El Ayuntamiento lo había cerrado años atrás por su mal estado, porque corría el riesgo de derrumbes parciales pero tenía la esperanza de poder por lo menos subirme a una de las torres en ruina. Seguro que desde su altura podía captar el dibujo en su totalidad.
Como me lo imaginaba, todo el castillo estaba cerrado, las ventanas más bajas tapiadas para que nadie pudiera entrar, pero una de las torres estaba parcialmente derrumbada y no se había podido cerrar. Observé una vieja escalera de piedra que conducía a su punto más alto.
Subí con precaución los viejos escalones, rezando para que no se viniera abajo la vieja construcción y un momento después,  llegué arriba. Desde allí, pude por fin contemplar, estupefacto, el gigantesco símbolo trazado en el campo. Una ola de calor me invadió y recorrió mi cuerpo en sentido ascendente hasta llegar a mis mejillas. Sentí como si un fuego interior me abrasara. ¿Qué demonios era aquello? ¿Quién había podido hacer algo así?
No podía dejar de contemplar el complejo dibujo, su extraña belleza simétrica tenía algo fascinante, hipnótico, su complejidad armoniosa despertaba algo indescriptible dentro de mí. Así me quedé con esta sensación total de plenitud y de gozo y el tiempo dejó de tener importancia. Cuando por fin salí de mi ensueño, me di cuenta de lo tarde que era. Regresé a casa, solo y algo aturdido.
 Troll volvió al anochecer tal como lo había hecho la semana anterior, en plena forma, alegre y contento. Aún no había comentado mi aventura con mis padres, pero uno de sus comentarios me dio que pensar. Mamá declaró con naturalidad cuando lo vio llegar:
─No sé lo que le pasa a este animal, pero cada día parece más joven. Mira su pelo.
En aquel momento me fijé en que efectivamente su pelo era más lustroso y brillante que de costumbre y que parecía mucho más joven. ¿Tendría esto algo que ver con mi extraño hallazgo? Más tarde, estirado en mi cama, repasé los acontecimientos del día y me pregunté si Troll se había quedado todo el día estirado dónde lo había dejado, en el centro de aquel extraño símbolo que recordaba un Mándala. ¿Acaso sacaba su vigor de sus visitas cotidianas al castillo?
Tenía cierta reticencia en comentar mi hallazgo a mi familia, algo me incitaba a intentar averiguar realmente de lo que se trataba. Con estas dudas en la cabeza, y el recuerdo de aquel maravilloso dibujo en el corazón, me dejé vencer por el sueño, firmemente decidido a volver al lugar el día siguiente y a seguir a Troll hasta el centro de la extraña figura.
 Dormí profundamente aquella noche, de hecho cuando me desperté, hacía ya mucho que mi querido Troll se había marchado para su escapada diaria. Lo encontré  tumbado al sol, justo en el centro del Mándala. Me miró tiernamente como invitándome a entrar en el círculo y después de una profunda inspiración, le hice caso y me atreví. Di un paso al interior, uno solo. Me costó vencer mi reticencia, por algún motivo me esperaba algo extraño, brusco y quizás peligroso. Pero lo único que ocurrió fue que de pronto me sentí tranquilo, increíblemente tranquilo. Esta sensación me animó a seguir, y mientras me adentraba en el complejo laberinto del dibujo, empecé a oír música, una música diferente, armoniosa, que no provenía de ningún instrumento conocido, ni de ninguna parte. Era como si proviniera de mi interior. Acaricié la hierba fresca, aspiré su perfume, y noté un bienestar increíble, empecé a descubrir matices, de colores, de olores, de sonidos. Era como si de repente, todos mis sentidos despertaran al mismo tiempo. A medida que me acercaba al centro del Mándala, la música se convirtió en sinfonía y todo a mi alrededor se volvió de mil colores, noté en mi boca un sabor agradable a galletas crujientes y pan tostado.
Me tumbé en el suelo al lado de Troll, toda sensación de frío había desaparecido al entrar en el extraño dibujo. Hacia una temperatura  perfecta, ideal, y sentí la tierra cálida y vibrante debajo de mi. Tumbado boca arriba, miré al cielo y me sentí feliz, como nunca antes lo había sido. Era como si todo cobrara sentido, como si de repente contemplara la vida y el mundo con otra mirada.
El viento era caricia de terciopelo en mi cara y mi mano posada sobre el pelo de Troll percibía afecto, pureza y mucha inocencia. Distintos colores me venían a la mente al experimentar estas sensaciones, y todo aquello era mágico y abrumador a la vez, como si por primera vez en mi vida se despertaran de verdad todos mis sentidos en un increíble fuego artificial de emociones.
No sé si me quedé dormido o simplemente me olvidé del tiempo, pero me despertó la sensación de que Troll me estaba llamando. En efecto, estaba de pie, mirándome, como si me estuviera esperando para volver a casa.
Nos alejamos del castillo y del extraño y maravilloso hallazgo que había transformado mi percepción de las cosas. Supe con una certeza absoluta que no lo volvería a ver y así fue. Troll también lo debía presentir porque no volvió a fugarse más. No me hizo falta volver al castillo para saber que no quedaba ni rastro de lo que había visto.
Lo mismo ocurrió con la extraña primavera que había cubierto de flores nuestro pueblo, fue tan milagrosa como efímera. Unos días después, todo había vuelto a la normalidad. Todo menos yo.
A partir de aquellos extraordinarios acontecimientos, cuando escuchaba música no solo oía sonidos, sino que los sentía en mi cuerpo.  Una melodía de guitarra me recordaba al aire en los árboles en verano, el piano una lluvia refrescante y purificadora,  y la flauta el fluir armonioso de un río. Pero había mucho más. Empecé a asociar colores a los números, por ejemplo el número seis era para mí de color amarillo,  el siete verde y el cero negro. Las palabras se volvieron diferentes, cobraron vida. Había algunas que sabían a leche fresca y miel, otras más hirientes tenían la aspereza de un caqui o el sabor amargo de una almendra. El dolor dejó de ser dolor, se volvió naranja. Cuando me hacía daño, veía todo un caleidoscopio de tonos naranjas en torno a mí. El frío se tornó de un azul metálico y el calor de un rojo fuego. Las palabras de los amigos me sugerían formas redondas y suaves, las de los que no me apreciaban, ángulos,  puntas y líneas agudas.
Asociaba colores a las letras y a los sonidos, olía palabras y saboreaba la música. Nunca conté lo que me había sucedido, pero mis padres no tardaron en ver que algo de mí había cambiado. Cuando les expliqué mis nuevas percepciones, me llevaron preocupados a los mejores médicos.
Después de muchas visitas y pruebas, por fin supieron poner nombre a lo que me ocurría: sinestesia. Fue lo que dijeron los especialistas. Para algunos, era una extraña patología, para otros una capacidad, una facultad poco común de experimentar sensaciones.
Necesitaba canalizar todo lo que sentía a diario de forma intensa así que empecé a pintar. Había colores en todos los momentos de mi existencia, en cada experiencia nueva, cada poesía leída, y día tras día intentaba plasmarlos en mis cuadros.

Han pasado muchos años desde aquel día en que siendo apenas un niño empujé la puerta misteriosa de un nuevo mundo de percepciones. Nunca supe lo que aquel círculo en la hierba podía significar, si se trataba de la obra de seres de otro mundo, de algún fenómeno natural, o de un mensaje de nuestra madre tierra, pero tampoco me importó. Guardé mi secreto en el fondo de mi corazón,  así como un profundo sentimiento de agradecimiento a aquello que me permitió despertar a la vida, transformarme en el hombre que soy ahora, y alcanzar la plenitud.

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3 comentarios:

  1. ¡Precioso!
    No podía parar de leer... A medida que avanzaba el relato más rápido leía para conocer el final. Lo leeré varias veces. Me ha encantado.

    Un saludo.

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  2. Hola Alicia, muchas gracias! No sabes cuánta ilusión me hace oír las opiniones de los que, como tú, han tenido la amabilidad de detenerse aquí. Te agradezco tus comentarios, dan sentido a lo que hago. Me gusta saber que volverás por aquí. Un beso, Michèle

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  3. Excelente.Muy bien narrado. Sin buscar florituras y con la calidad y profundidad que merece un cuento. Atractivo y misterioso.

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