sábado, 21 de febrero de 2015

La guarida




Irrumpió en mi vida en plena noche, sin previo aviso, aprovechando que estaba parado esperando el cambio del semáforo. Entró en el coche como una exhalación y, sin más, me soltó:
─¡Arranca! Por lo que más quieras, ¡sácame de aquí!
En el momento en que iba a abrir la boca para preguntar,  mis ojos encontraron a los suyos, y su expresión de pánico me conmovió. Salí de allí, pisando el acelerador, tan fuerte que chirriaron las ruedas. En el retrovisor, me pareció ver un grupo de tres o cuatro personas que llegaban corriendo y se quedaban en mitad de la calle, gesticulando. Sólo entonces, me acordé de decir:
─Abróchate el cinturón.
Obedeció sin rechistar, pero no abrió la boca. Decidí darle la oportunidad de hablar por sí misma sin cuestionarla, y mientras pasaban los segundos, aproveché para mirarla disimuladamente. Iba vestida de negro, sin ningún toque de color, aparte de su boca de un rojo llamativo, casi chillón. Mis ojos recorrieron rápidamente su pelo negro, cortado de una manera extraña y desigual, con algunos mechones rebeldes, el piercing de su ceja, el de su labio, el maquillaje negro exagerado de sus ojos, contrastando con una piel lívida y unos curiosos mitones negros que dejaban ver sus dedos de uñas cortas. A pesar de su apariencia tenebrosa, me transmitió una sensación de desamparo y de inmensa soledad. Niña inocente escondida tras un disfraz de tinieblas, así era cuando la conocí.
─Soy Thais ─murmuró al cabo de un rato, sin mirarme.
─Yo me llamo Hugo. ¿De qué huías Thais?
─Es una larga historia ─susurró─, larga y fea.
─No tengo prisa ─respondí suavemente─, y a mi edad, no me asusto fácilmente.
─Estoy metida en un lío ─soltó bruscamente después de pensárselo durante unos segundos─, algo chungo. Tú no lo entenderías… no lo entiendo ni yo.
─Prueba a explicármelo ─contesté sin mirarla─, a tu edad, yo era un experto en líos. Por cierto, ¿a dónde quieres que te lleve?
─A la calle Moragas, a casa─ contestó a regañadientes─ no tengo ningún otro sitio donde ir.
Iba a contestarle que a su edad, tendría probablemente dieciséis años, ir a casa no tenía que ser el último recurso, sobre todo a estas horas de la noche, pero opté por callarme. Algo me decía que de no hacerlo, se volvería hermética y perdería la oportunidad de conocerla.
Mientras conducía hacia la dirección que me había indicado, un barrio elegante a la otra punta de la ciudad, Thais me empezó a contar una extraña historia, mucho más oscura de lo que hubiera imaginado nunca.
─Antes, me llevaba bien con mis padres, bueno, más o menos, como todos los chicos de mi edad. Pero un día, me di cuenta de que su vida era una farsa. Me enteré  que mi padre coleccionaba amiguitas de mi edad, y mi madre fingía no darse cuenta,  por no perder su posición. La gran casa, la ropa de marca, el club de golf…si se separara, perdería todo esto y por supuesto, no está dispuesta, así que finge que todo va bien. Mi padre es abogado, y sabe que ella lo sabe todo, pero continúa haciendo lo que le da la gana porque le consta que la tiene cogida… ¿No es verdaderamente asqueroso?
“Desde que me he dado cuenta de todo, les he perdido el respeto, a los dos. Intento estar poco en casa, lo mínimo. Allí no hay familia, ni nada, solo mentiras y apariencias”.
─Comprendo ─murmuré torpemente, solo para decir algo.
─Lo dudo, pero…gracias por intentarlo. Además, da igual, no necesito tu compasión.
─Pero sí has necesitado mi ayuda. Significa algo: que estás sola, frente a algo que te supera. ¿Por qué no me lo cuentas?
Thais no contestó, pareció dudar durante unos instantes,  pero acabó diciendo.
─Tienes razón. ¿Por qué no? Además, ya no sé qué hacer, quizás se te ocurra algo…
“Cuando descubrí lo que pasaba entre mis padres, me quedé tan decepcionada, tan asqueada y furiosa a la vez, que me entraron ganas de romperlo todo, hacer tonterías, ¿cómo te lo explicaría? Desahogarme haciendo algo gordo. Cambié de estilo, y de amigos, dejé de estudiar y empecé a relacionarme con gente rara, en la calle y también en Internet. La vida me daba asco, la gente también, todo me parecía una mierda y estaba dispuesta a revolcarme en este fango, porque estaba harta de todo.
“Busqué páginas Dark, ya sabes oscuras y violentas, que hablan del mal, del diablo, de los vampiros, de todo lo paranormal, pero todo lo que encontraba me parecía muy inocente para mi estado de ánimo. Yo quería meterme en un sitio oscuro de verdad, tan oscuro como mi alma, mis deseos de venganza, mi corazón que se había vuelto despiadado.”
La miré, incrédulo. ¿Qué clase de razonamiento había llevado una niña inocente y decepcionada hacia la senda tenebrosa? ¿Qué clase de mecanismo había hecho naufragar su razón en aquel pozo oscuro?
Pareció leer las preguntas que afloraban en mi mente, y se detuvo para contemplarme, pero yo no articulé palabra. Al cabo de unos segundos, continuó.
─ Un día, di con lo que andaba buscando, por lo menos, eso me pareció en aquel instante. Llegué por casualidad a una página, cuyos contenidos eran realmente inquietantes. Me parecieron adecuados para la transformación que quería efectuar. Su nombre era prometedor: La guarida de la bestia.  No lo pensé más y me apunté, disfrutando de antemano, como si con ello me iba a poder vengar de mis padres, de la vida  y del mundo entero.
“Rompí todas las reglas que regían mi vida hasta la fecha, subí fotos mías, videos, di datos personales sobre mí, me conecté con la web Cam y dejé que todos los miembros de la página supieran quién era, y cuál era mi apariencia. Muchos mienten en estas páginas, pero a mí, ni se me ocurrió. No disfracé mi edad ni mi sexo, no oculté mi identidad. Aquellas eran las normas para poder ser miembro y acceder al primer nivel del gran juego que se estaba organizando, algo que iba a ser “total” según decían todos.
─¿Un juego de rol?
─Así lo llaman, me parece─, contestó Thais, cabizbaja─, no sé cómo pude ser tan imbécil.
─No seas tan dura contigo mismo, imbécil no, ingenua, tal vez.
─Gracias, pero no, me reafirmo. Fui una imbécil, ofrecí mi vida en bandeja a unos completos desconocidos. Poco a poco, el juego empezó, y las pruebas también. El jefe, Mad, era el director del juego, el que decidía las pruebas, quién debía pasarlas y en qué orden.
─Mad, de Maddox? ─pregunté intrigado.
─No, Mad de loco, me imagino, ya sabes, en inglés… además lo que siguió lo confirmó.  Al principio, no me vi involucrada directamente en las primeras pruebas, pero tampoco eran muy  peligrosas.
─¿En qué consistían?
─Iban aumentando de intensidad, primero se trataba de insultar a gente por la calle, luego de robar, después, pasar a pequeñas agresiones…
─¿Te parece poco?
─Sí, en comparación con lo que vino después. Mad nos empezó a pedir cosas más duras, maltratar a animales, mutilarles, degollar un pollo, beber su sangre, todo aquello tenía que ser filmado por otro compañero, para demostrar que era verdad.
─ ¡Qué asco!
─Tienes razón, es verdaderamente repugnante. Por suerte, no me tocó nada de esto, solo hice de testigo, pero llegada a este punto, me empecé a asustar, me di cuenta que todo eso no me solucionaba nada, que mi vida seguía igual de decepcionante, y mis problemas allí estaban. Por mucho que me destruyera a mí misma,  por mucho que me hundiera más y más en el fango, nada iba a cambiar. No sabía muy bien cómo acabar con todo aquello, pero cuando vino el momento de pasar las pruebas del tercer nivel,  comprendí que no podía seguir así.
─¿En qué consistían?
─Mad decidió que siendo dos chicas para cinco chicos, teníamos que conocernos de un modo más personal, y que para crear una verdadera hermandad del mal, teníamos que estar unidos en cuerpo y mente. Según decía, nuestras mentes armonizaban, por eso habíamos ingresado en la misma página, pero aún faltaban nuestros cuerpos. Mad decidió que para la ceremonia del tercer nivel, íbamos a reunirnos todos, en un lugar que él escogería, y que íbamos a convertirnos en una hermandad de verdad. Las dos chicas debíamos ofrecer nuestros cuerpos a los cinco chicos.
─ ¡Madre mía! ─suspiré atónito.
─Como comprenderás, me negué rotundamente, pero me contestó que esta posibilidad no cabía en el juego. No estaba allí para opinar, sino para obedecer, y no me estaba permitido abandonar el juego.
─¿Y la otra chica?
─No sé lo que decidió la otra chica, pero yo dije que ni hablar, que además me quería borrar de la página, que no era lo que imaginaba y que me había hartado.
─¿Qué pasó entonces?
─Mad se rió, y dijo que demasiado tarde, que estaba metida hasta las cejas, y que nadie se podía bajar del tren en marcha. Yo le conteste que adiós, muy buenas, que no me volverían a ver el pelo. Pero me amenazó, dijo que nadie dejaba a Mad, que la secta era sagrada y que nadie la podía abandonar. Que si yo me salía, me buscarían, me encontrarían, y que cumpliría con mi rol, a buenas o a malas. Desde entonces, me persiguen.
─¡Qué fuerte!
─Ni te lo imaginas, parece una pesadilla. Primero, pensé que era un farol, pero los días pasaron y vi que iban en serio. Empecé a recibir llamadas, me acosaban por e-mail, y me amenazan con colgar fotos mías bastante comprometidas en Internet. Lo último que se les ocurrió fue intentar secuestrarme por la calle, en aquel momento llegaste tú.  
─¿Por qué no hablas con tus padres?
─¿De qué iba a servir? Están demasiado ocupados para enterarse.
─Este es un mal asunto Thais, no me gusta un pelo. Hay que hacer algo y rápido. Hoy has conseguido salvarte, pero quizás se repita la agresión y no tengas tanta suerte.
─Para aquí ─murmuró Thais, con un hilo de voz─, hemos llegado.
Miré la lujosa casa delante de la cual había estacionado, se trataba de un palacete impresionante, rodeado de árboles frondosos, en un barrio exclusivo.  Comprendí que todo lo que Thais había explicado era verdad. Me resultó escalofriante pensar que aquella familia lo tenía todo, pero no se preocupaba de su única hija, que un total desconocido la acababa de rescatar de un peligro muy serio.
─Vamos a hacer una cosa Thais, yo te dejo una tarjeta, con mi nombre, mi teléfono, y mi e-mail, y si necesitas algo, me llamas.
─Vale.
─¿Me lo prometes?
─Si ─contestó a regañadientes, mientras bajaba del coche─, y oye… muchas gracias.
─Me alegro de haber pasado por allí ─contesté emocionado─ ahora ve a dormir, es tarde, voy a esperar un rato hasta que hayas entrado en casa. Cualquier cosa… me llamas, ¿vale?
Se alejó, y mientras miraba cómo su frágil silueta desaparecía en la oscuridad, vulnerable y solitaria, me sentí triste, sin saber muy bien por qué.
No  volví a ver a Thais durante dos días, pero al tercero, empecé a recibir e-mail suyos.
─Hola Hugo ─decía el primero─ soy la chica de la otra noche, la que te asaltó al semáforo, no sé si te lo he dicho, pero…te debo una. Estoy muy agradecida.
─Ya me diste las gracias Thais, así que tranquila. ¿Cómo te va? ¿Te han vuelto a incordiar los tarados esos?
─Me ha parecido ver a algunos de ellos seguirme por la calle, pero no estoy segura. Quizás me esté volviendo paranoica. En casa, de momento todo está tranquilo. No saben mi dirección, aunque me temo que si me siguen, no tardarán en averiguarlo.
─¿Y Mad? ¿Le has visto?
─No lo sé, no le reconocería, porque es el único que hasta ahora no ha enseñado su cara. Él dirige, decide y manipula, pero en la sombra, de alguna manera, se queda al margen. ¿Qué te parece?
─Que es un cobarde, un tarado violento y retorcido, o sea un tipo peligroso. ¿Tienes alguna idea de dónde puede esconderse?
─Bueno ─contestó, dejando algunos puntos suspensivos, como si quisiera hacerse rogar. Luego añadió─: ayer, conseguí seguir a uno de ellos.
─¿Y?
─Me llevó a un caserón abandonado a la salida de la ciudad, una casa de campo en ruinas llena de pintadas.
─¿Una casa ocupada?
─No lo sé, allí se metió y desapareció, no me atreví a entrar.
─¿Has hablado con tus padres?
─Ya te he dicho que no se interesan por mis cosas, están demasiado ocupados…
─Pues tienes que darme la dirección de aquel sitio, por si acaso.
─No me asustes…
─No quiero hacerlo, pero eso no pinta bien, vete con cuidado.
─Pues mira, esto está en el Camino de la Dehesa, sin número, ¿sabes? Cerca de la antigua fábrica de cemento.
─Vale, creo que sé dónde está, tomo nota. Cuídate y no me dejes sin noticias.
Pasó un día, otro, y seguía sin escribirme. Empezaba a preocuparme cuando una mañana, sonó mi móvil.
─¿El Señor Hugo Montoya? ─preguntó una voz angustiada al otro lado de la línea.
─El mismo, ¿en qué puedo ayudarle?
Se hizo un silencio incómodo, luego, la voz volvió a sonar, en mi oído.
─Supongo que será amigo de Thais, encontré su tarjeta entre sus cosas…
─¿Le ha pasado algo? ─pregunté, invadido por un siniestro presentimiento.
─Ha desaparecido ─contestó la voz, con un sollozo ahogado.

Después de hablar con Hugo, Thais se sintió por alguna razón más tranquila. Quizás estaba exagerando las cosas, y nadie la estaba siguiendo. Mad y los suyos tenían más adeptos, gente sin rumbo deseosa por engancharse a algo, y dejarse llevar. ¿Por qué iban a aferrarse a ella? Al fin y al cabo, solo era una chica que había demostrado no tener nada que ver con su ideal de violencia y de dolor.
Decidió dejar de preocuparse y dar una vuelta, ya estaba harta de encerrarse en casa. Empezaba a oscurecer, pero le apetecía caminar y perderse por las calles de la ciudad. No tenía que pedir permiso, ni avisar a nadie, ya que en casa no había nadie, como siempre.
Al salir, el aire frío la sorprendió. Cerró los ojos y respiró hondo, para despejarse un poco. Tantas horas de soledad sin hablar con nadie la habían dejado aturdida. No tuvo tiempo de volver a abrirlos, un pañuelo impregnado de cloroformo sobre su boca la dejó sin sentido en cuestión de segundos.
Cuando recobró la conciencia, comprendió que sus fantasías más oscuras se habían hecho realidad. Estaba de pie contra la pared, atada, con los brazos en alto, en una estancia totalmente iluminada por velas dispuestas en el suelo. De repente sintió frio, y se dio cuenta de que la habían despojado casi totalmente de su ropa. En aquel momento, la invadió un miedo tan agudo que estuvo a punto de ponerse a chillar. Pero algo le dijo que debía resistir a la ola de pánico que le invadía, y pensar. Intentó recordar, pero se dio cuenta que estaba en blanco, aún tenía en la boca el asqueroso olor del cloroformo, era todo lo que recordaba. Su corazón latía desbocado en su pecho, mientras se daba cuenta de su situación. La habían secuestrado y se encontraba atada, semidesnuda, en un sitio desconocido, a manos de una pandilla de locos sádicos. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, contempló aterrada que en el suelo, habían dibujado una gran estrella de cinco puntas de color rojo. ¿La habrían pintado con sangre? La sola idea hizo que se le erizara todo el vello del cuerpo y de repente se sintió muy sola y desamparada. Pensó en sus padres, en lo que era su vida cuando era más joven, y las lágrimas empezaron a rodar sin control sobre sus mejillas. Pensarían simplemente que se había fugado de casa, últimamente no paraba de amenazarles con irse… Luego, se acordó de Hugo. ¿Se acordaría de ella? ¿Se preocuparía y la intentaría buscar?   ¿Llegaría a tiempo para evitar que le hicieran…barbaridades? Recordó algunas de las asquerosas pruebas que habían ejecutado los miembros del grupo para Mad y se sintió de repente mareada. ¿Qué iban a hacer con ella?
En aquel momento, entró un grupo de gente vestidos de largas túnicas negras, con el rostro recubierto de una capucha en forma de cono, que le recordó el Ku Klux Klan. Aterrada, Thais contó seis personas, y comprendió que había caído en las garras de Mad. Aquella era la guarida de la bestia, ya no le quedaban duda. Se colocaron dentro de la estrella diabólica y, después de un extraño ritual, trajeron en el centro una gran mesa, se despojaron de la parte de arriba de sus túnicas, conservando únicamente sus inquietantes capuchas.  Entre ellos había una chica, que se quedó entre ellos, con el pecho desnudo, sin parecer sentirse incómoda. Thais pensó que había probablemente accedido a pasar las pruebas del tercer nivel, y se había entregado a todos y cada uno de ellos, y sintió de pronto ganas de vomitar.
En aquel momento, ignorando sus gemidos y sus súplicas, la trajeron hacia el altar, la tumbaron encima y la ataron de pies y manos. Luego, uno de ellos trajo una bandeja llena de instrumentos: pinzas, tijeras, escalpelos, la sola vista de estos objetos, probablemente previstos para la tortura, hizo que se escapará un grito desgarrado de su boca.
No tuvo tiempo de presenciar más, se desmayó en el momento en que la puerta se abría de una patada y un grupo de policías hacía irrupción en la estancia.

Aquella fue la última vez en la que vi a Thais. Después de hablar con  sus padres y de encontrarme con ellos, decidimos avisar a la policía y acudir a la dirección que me había dado. Llegamos justo a tiempo para detener la insufrible ceremonia que estaba a punto de celebrarse. Thais estuvo muy cerca de convertirse en una víctima más de aquel gurú malévolo, pero la suerte se puso de su parte, y no le sucedió nada irreparable. Sus padres, una vez repuestos del susto, decidieron poner orden en su existencia y volcarse un poco más en su educación, cortar de raíz todas las relaciones inadecuadas de Thais, entre las cuales, probablemente me encontraba yo…

En cuanto a mí, seguí con mi vida pero debo reconocer que no conseguí olvidarla. Tan rebelde, pero a la vez tan frágil y vulnerable, había algo en ella, que, inexplicablemente, llegó a tocar mi alma, y a hacerme arrepentir de no haber sido padre.
Ha pasado mucho tiempo pero aún ahora, cuando cruzo la ciudad por la noche, tengo la sensación y la vana esperanza de que va a entrar como una exhalación por la puerta del pasajero, y que va a pedirme una vez más que la rescate. Entonces, por un fugaz instante, su brillante luz ilumina mi sombría existencia y me siento casi feliz.


   

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