miércoles, 25 de febrero de 2015

La sonrisa del ángel



La sonrisa del ángel


Un gran relámpago rasgó el cielo y la noche se convirtió en día de repente. La playa se iluminó por unos segundos, ofreciendo un escenario tétrico. El cielo sin luna estaba  cargado de nubes y parecía encerrar una sorda amenaza. Las olas del mar rompían violentamente contra las rocas cercanas, un viento gélido aullaba, levantando  nubes de arena a su paso.
Cuando retumbó el primer trueno,  surgió el espectro. El extraño ser apareció en un estruendo indescriptible y se acercó. Alric, paralizado por el terror, hubiera querido huir,  pero no fue capaz de moverse. Levantó la cabeza, tembloroso, y en aquel mismo momento se dio cuenta que estaba justo delante de él. Observó estupefacto su imponente silueta, su  coraza y sus alas, sus dos gigantescas alas abiertas.
Temblando de pavor contemplo su mirada profunda, su cabellera centelleante y su lanza, deslumbrado por la luz cegadora que desprendía su cuerpo .La siniestra aparición  señaló detrás de él,  algo que parecía un monte, coronado por una edificación. Todo estaba muy oscuro y Alric no entendió la visión.  Pensó que su última hora había llegado, y reuniendo sus últimas fuerzas le pidió a Dios que se apiadara de su alma. El guerrero empuñó su espada, le apuntó directamente al corazón y murmuró con voz sepulcral:
─Tú, eres tú…

En aquel momento Alric se despertó sobresaltado y se levantó de un salto. Estaba empapado de sudor, con el corazón acelerado y boqueando aire desesperadamente como un pez fuera del agua. ¡Había vuelto a ocurrir! La misma pesadilla, el mismo demonio señalándole un lugar desconocido y apuntándole. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Acaso estaba sufriendo una posesión diabólica y Satán se había apoderado de su cuerpo y de su alma? Atemorizado, cayó de rodillas en el establo y rezó con fervor, suplicando a Dios que le librara de sus demonios.
Después de terminar sus oraciones, se levantó con determinación. “Ayúdate y el cielo te ayudará” solía decir su madre cuando aún era un niño. De nada servía temblar y lamentarse, algo le pasaba y tenía que averiguar de qué se trataba. Después de pensarlo, llegó a la conclusión  que lo mejor era ir a consultarlo al herrero que le estaba enseñando su oficio. Se fue caminando a buen paso hacia su choza, y le encontró sentado en un gran banco de madera cerca del fuego, desayunando como cada día pan, queso y cidra.
─Maese Clotaire, yo…
─Buenos días Alric, qué pronto te has levantado hoy… Pero pasa, no te quedes aquí y acércate al fuego. ¡Marie! ¡Tráele un tazón de leche al muchacho!
─Yo … no tengo hambre esta mañana. Verá… quería hablarle…
─Siéntate y habla sin miedo Alric, ¿qué te preocupa?
─Maese Clotaire, es un sueño, bueno más bien una pesadilla. Vuelve una y otra vez todas las noches, y tengo miedo. No quiero dormirme para no volver a soñar.
El herrero dejó de comer y le escuchó con atención. Alric le explicó con toda clase de detalles  el sueño que le tenía atormentado. Cuando terminó su relato estaba temblando y cabizbajo. Después de unos segundos de silencio, murmuró avergonzado:
─Tengo miedo de estar poseído por el demonio.
Clotaire arqueó una ceja, no era de naturaleza supersticiosa como la mayoría de la gente de su entorno. Le estaban entrando unas enormes ganas de reír, sin embargo, conmovido por la preocupación del muchacho, contestó:
─No sé qué aconsejarte hijo, pero conozco a alguien que sabrá resolver tus dudas mejor que yo. Se trata de un monje, Fray Gaëtan.
─¿Dónde lo puedo encontrar?
─En el convento de Sainte-Marie. Ve de mi parte, y explícale lo que te preocupa. Es un buen hombre, sabrá ayudarte.
Dos horas después, después de una larga caminata, Alric llegó al convento y preguntó por Fray Gaëtan. Le contó su historia, lo mejor que pudo, sin omitir un detalle, le habló del ser tenebroso que atormentaba sus sueños y le confesó lo que le preocupaba.
─Fray Gaëtan, ¿cree que Satán se ha apoderado de mi alma?
El viejo monje le miró con una sonrisa divertida y alborotó sus pelos rubios. Alric tenía casi dieciséis años pero sus ojos azules aún tenían la pureza de la infancia, parecía un buen chico. Se lo había mandado su buen amigo, Maese Clotaire, y eso para él significaba mucho.
─El personaje de tus sueños en nada me hace pensar en el demonio, Alric, pero sí me recuerda a alguien… Espera un momento.
Poco después, el anciano volvió con un viejo libro entre los brazos y, después de abrirlo, le señaló una página.
─Por Dios bendito ─murmuró Alric santiguándose─, es él, es el espectro de mi pesadilla.
Fray Gaëtan se echó a reír, divertido.
─Este ser que llamas espectro no es otro que San Miguel, príncipe de los arcángeles y jefe de las milicias celestiales.
─ ¡San Miguel! ─balbuceó Alric anonadado─, un arcángel… ¿pero, por qué lleva coraza, lanza y espada?
─Porque es un ángel guerrero, que lucha contra el demonio. Ya lo ves hijo, no estás poseído, más bien al contrario. Creo que el Arcángel te llama.
─¿A mí? ─se sonrojó el muchacho─ pero si yo soy un ignorante, apenas sé leer y…jamás voy a misa.
─Pero el arcángel te ha señalado a ti con su espada, también a su morada. Creo que lo que has visto en tus sueños es el monte Tombe, el Mont-Saint- Michel, abadía que se fundó para conmemorar la victoria del bien sobre las fuerzas oscuras, de San Miguel sobre el demonio. Creo que te está pidiendo que vayas hacia allá.
─Si es así, responderé a su petición, mañana mismo me pondré en camino, lo haré─ declaró el muchacho con los ojos brillantes.
─Lo celebro Alric, es una sabia decisión, nadie debe desoír la voz divina. Mucha gente de todas las edades va en peregrinación al Mont-Saint-Michel, así que no te será difícil unirte a algún grupo. Te voy a preparar una carta de recomendación para el abad, es un buen amigo, confío en que te aceptará a su servicio.
Durante las tres semanas que tardó en completar su viaje,  Alric no volvió a soñar con el ángel, lo que le hizo pensar que su decisión había sido acertada. A su llegada, se dirigió a la abadía del Monte y pidió audiencia al abad. No tardó en recibirle cuando supo que venía de parte de su viejo amigo Fray Gaëtan. Después de leer su carta, aceptó darle cobijo en la Abadía. Mandó a llamar a Fray Perceval y le encargó de designarle una celda y atribuirle algunas tareas. Alric sintió una simpatía inmediata hacia Perceval, que era un joven monje, alegre y muy hablador. Mientras se encaminaban hacia la que iba a ser su celda, Perceval le explicó que en la abadía se vivía muy bien y que existía un buen entendimiento entre la mayoría de sus habitantes, pero que debía guardarse de acercarse a un monje, Fray Hubert. Era muy ambicioso y poderoso y todos suponían que sería el sucesor del abad, pero inspiraba más temor que respeto a  los monjes de la abadía.
─Ahora mismo viene hacia nosotros ─susurró Perceval con semblante serio─ evita mirarlo directamente a los ojos, y habla lo menos posible.
Mientras Perceval saludaba cortésmente al monje, Alric observó de reojo su imponente estatura, su aspecto severo, sus ojos negros como túneles, su nariz aguileña que le recordó un ave de presa y su boca roja, fina  y cruel. Recordando la advertencia de Perceval, bajó la vista y no la levantó hasta que una voz siseante le interpeló.
─¿Cómo te llamas muchacho?  
─Me llamo Alric.
─Yo soy Fray Hubert. No sé qué haces aquí ni por qué el abad te ha acogido, pero espero que seas digno de su generosidad. Mírame a los ojos cuando te hable.
Alric levantó los ojos y le miró intentando no parecer impertinente. En el instante en que sus miradas se cruzaron, Alric se sintió raro. Algo malévolo se desprendía de aquel ser, lo presentía. No fue capaz de sonreír. Su piel se había erizado y tenía ganas de salir corriendo de allí.
─Te estaré vigilando ─masculló el monje─ no lo olvides.
Por fin Fray Hubert se alejó. Alric, aliviado, suspiró profundamente y Perceval pasó un brazo alrededor de sus hombros.
─No te preocupes ─dijo tratando de animarle─, trata a todo el mundo por igual, así que no te sientas mal, su hostilidad no es nada personal.
Aquella primera noche en la celda fue para Alric larga y extraña. Antes de dormir, desfilaron por su mente las imágenes de todos los acontecimientos del día. Revivió su llegada, cuando por primera vez en su vida había podido contemplar la impresionante estampa del Mont-Saint-Michel emergiendo de las nieblas. Había quedado impactado por su belleza algo tétrica. Recordó su entrevista con el Abad, su conversación con Perceval y por fin, el encuentro con el escalofriante Fray Hubert.
Por primera vez en muchos días, volvió a soñar con el Arcángel, pero la visión fue diferente. Estaba de pie en el interior de lo que parecía una capilla o una cripta y le llamaba.
─Alric, ¡encuentra este lugar!
A los pies del Arcángel, docenas de serpientes viscosas se retorcían siseando. Alric observó que no se atrevían a trepar por sus piernas, parecía que su luz las mantenía a distancia. ¿Qué podía significar todo aquello?
El sueño se repitió todas las noches con una insistencia desesperante. Apenas cerraba los ojos, se encontraba con la visión del ángel en la cripta, las serpientes, y oía las mismas palabras del ángel, ordenándole de encontrar aquel lugar.
Pero, ¿por dónde podía empezar a buscar? La abadía era enorme, aún no se atrevía a recorrerla solo, sólo conocía el tercer nivel y a duras penas encontraba por la noche el camino de su celda. Como no sabía qué hacer, decidió esperar. Varias noches después, cuando ya se había dormido, una voz poderosa le llamó.
─Alric, levántate, ¡ahora!
Abrió los ojos sobresaltado, se sentó en su cama y miró a su alrededor. La minúscula celda estaba vacía. Sin embargo, la voz volvió a oírse.
──Alric, levántate, ¡ahora! Sal de aquí y síguele.
Presa del pánico, Alric se levantó de un salto y se vistió a toda prisa. Después, salió sin hacer ruido de su celda. Una silueta inconfundible se estaba alejando por el claustro: Fray Hubert. Temiéndose lo peor,  Alric se santiguó y empezó a seguirle sigilosamente, escondiéndose detrás de las columnas para no ser visto por el siniestro monje.
Fray Hubert caminaba rápidamente y de vez en cuando, miraba con desconfianza a su alrededor, como si presintiera algo. Descendió por el camino que conducía al segundo nivel y luego continuó  hasta el primero. A medida que iban bajando, el ruido de las olas rompiendo contra las rocas se intensificaba, pero cuando llegaron a nivel del mar se volvió ensordecedor. Fray Hubert caminó rápidamente durante unos minutos, bordeando la construcción, bajó una pequeña escalera y se detuvo. Sacó una llave de sus hábitos, abrió una puerta y desapareció. Alric no se atrevía a acercarse, pero el recuerdo del ángel le dio fuerzas. Esperó unos segundos, empujó muy despacio la puerta y entró en lo que parecía una pequeña capilla. El corazón le dio un  vuelco. Era el lugar que había visto en sus sueños, no había duda posible. Se escondió en la oscuridad, muy cerca de la puerta, por si tenía que salir corriendo y esperó. Fray Hubert no estaba pero no tardó en aparecer con una vela en la mano. Encendió dos grandes candelabros que se encontraban a ambos lados del altar. Alric se dio cuenta que el monje estaba casi irreconocible. Se había despojado de sus hábitos y vestía una simple túnica oscura. En su frente, aparecían misteriosos símbolos de color rojo y de su pecho colgaba un extraño crucifijo invertido. El monje desapareció en un cuarto situado detrás del altar y reapareció al momento llevando en sus manos  una gran copa que depositó en una mesita y una tela que desplegó sobre el altar. En el tejido, aparecía dibujada en rojo una estrella de cinco puntas dentro de un círculo y algunos símbolos incomprensibles. El monje cogió el cáliz, lo depositó en el centro de la estrella y después de pronunciar unas palabras, lo levantó con las dos manos por encima de su cabeza y bebió todo su contenido.
Alric desconocía todos estos símbolos y el significado de sus gestos, pero sintió miedo, instintivamente. Un largo escalofrío recorrió su espalda. Aquello parecía un ritual oscuro, como una parodia de la misa. Se santiguó. En aquel mismo instante el monje se sobresaltó como si algo se hubiera apoderado de su cuerpo y, levantando las manos hacia arriba, invocó a Satán. Alric levantó la cabeza y divisó en aquel momento un enorme murciélago que volaba en zigzags, pegado al techo de la sala.
─San Miguel te lo suplico, vuélveme invisible, por favor que no me encuentre ─rezó el muchacho aterrado.
El monje volvió a pronunciar unas palabras ininteligibles y encendió una gran fuente de aceite situada al pie del altar. Cuando las llamas crepitaron y se elevaron hacia el techo,  Alric se dio cuenta que el suelo estaba recubierto de serpientes, como en su sueño y empezó a entender. Fray Hubert estaba oficiando una misa negra o un ritual satánico, por esto le había llamado San Miguel. En aquella misma abadía, donde según la leyenda había derrotado el demonio, el mal se estaba escondiendo, todo volvía a empezar y el ángel no estaba dispuesto a consentirlo. Pero, ¿qué podía  hacer él para derrotar el mal? Lo único que se le ocurrió es que debía salir de aquí, esto era lo primordial, después buscaría ayuda.
La ceremonia terminó cuando Fray Hubert, de un gesto, recogió el cáliz, la tela que recubría el altar y apagó los candelabros. Desapareció en el pequeño cuarto detrás del altar. Este fue el momento que Alric aprovechó para salir del lugar y huir tan rápidamente como se lo permitían sus piernas agarrotadas por el miedo. Después de una carrera que le pareció interminable, consiguió encontrar el camino de regreso a su celda y por fin se dejó caer en la cama. Estaba temblando, sin aliento, pero por fin lo entendía todo, entendía lo qué el Arcángel esperaba de él. Comprendía cual era su misión, aunque no estaba muy seguro de ser capaz de cumplirla.
El día siguiente, durante el desayuno, decidió explicar a Perceval su historia. Le contó lo que le había sucedido desde el principio, por qué se había encaminado hacia el Monte y la siniestra experiencia de la noche anterior. Su amigo le escuchó con atención, sin interrumpirle, pero durante su relato se santiguó tres veces y su rostro se volvió cada vez más pálido.
─Sobre todo no cuentes esto a nadie ─avisó en voz baja─, y aléjate de momento de Fray Hubert. Lo único que podemos hacer es intentar hablar con el abad, y rezar a Dios para que nos crea y sepa cómo actuar.
El abad accedió a recibirles por la tarde, así que los dos amigos se separaron y fueron a cumplir con sus tareas cotidianas. Alric se dirigió al claustro donde le habían asignado la tarea de ayudar al monje que se encargaba de los jardines. Se detuvo un instante en una parte del claustro que se asomaba directamente al vacío y miró abajo. La marea estaba alta, y el monte rodeado de agua. Soplaba el viento y las olas rompían furiosas contra las rocas, levantando torbellinos de espuma. Una de ellas, más grande que las demás, se levantó de repente,  dibujando la figura de un dragón, un dragón blanco de fauces amenazantes, que se abalanzó hacia él. Alric reculó asustado,  se alejó de la barandilla y se puso a correr en dirección a los jardines.
Por la tarde, el abad escuchó su relato y su fisionomía pasó del interés a la sorpresa, de la incredulidad a la estupefacción. Cuando supo que el demonio  había anidado en su abadía y había escogido el disfraz de un siervo de Dios para  infiltrarse en la morada del arcángel, se mostró consternado. Les aseguró que haría lo necesario para arrancar el mal de raíz inmediatamente.
Alric volvió a sus quehaceres, pero lejos de haberle tranquilizado la conversación con el abad, estaba preocupado por lo que iba a ocurrir. El abad tenía que enfrentarse a las fuerzas oscuras, a un adversario poderoso. Sin embargo, parecía un hombre demasiado bondadoso y pacífico para semejante combate. ¿Qué iba a hacer para vencerle?
Cuando llegó a unos metros de su celda, se detuvo, estupefacto. Un cuervo de dimensiones extraordinarias le estaba esperando, posado delante de su puerta. Al verle, lanzó un graznido estridente, abrió sus alas, amenazante, y se abalanzó sobre él. Sin pensarlo, Alric se alzó y empezó a luchar  con todas sus fuerzas contra el enorme pájaro negro que parecía venir del mismísimo infierno. Pensó en el ángel, y al hacerlo, sintió su mente más clara y sus fuerzas renovadas. Propinó varios golpes al monstruo y consiguió derribarlo en dos ocasiones. Pero el pájaro se volvía a levantar y atacaba de nuevo, parecía invencible. Consiguió picarle tan cruelmente que la sangre empezó a brotar abundantemente de su brazo. Alric, enfurecido, le asestó un nuevo golpe con tal furia que el cuervo abandonó la lucha y se marchó malherido.
Alric pensó que el cuervo anunciaba desgracias, era símbolo de mal agüero, representaba el mal y la oscuridad, y por si fuera poco, le había atacado desde la izquierda. Desde luego las cosas no iban por buen camino y tenía que prepararse  para momentos peores,  porque la lucha aún no había empezado. Los acontecimientos que siguieron le demostraron que no se equivocaba. El día siguiente, la abadía amaneció conmocionada, el abad había sido asesinado y Fray Hubert había desaparecido.
Perceval, atemorizado, le rogó que regresara a su pueblo y no expusiera su vida en una lucha tan desigual. No tenía edad ni fuerzas para enfrentarse al demonio. Pero Alric lo tenía claro, ya no era el muchacho que había dejado su aldea unos días antes, se había convertido en el servidor del ángel y no iba a abandonar la abadía. San Miguel le había llamado, y él no le iba a defraudar.
Aquella noche se desencadenó una terrible tormenta. Mientras Alric miraba los grandes relámpagos que rasgaban el cielo, se acordó de su primer sueño. Supo que había llegado el momento. Estaba preparado y decidido a todo para vencer al mal, incluso  a sacrificar su vida. Sabiendo que se acercaba la hora de luchar, se dirigió a su cuarto para preparar su alma mediante la oración. Lo que no podía imaginar es lo que se iba a encontrar en su celda. Alguien había dejado una coraza, una lanza y una gran espada encima de su cama. Ya no procedía rezar, la hora de la oración había pasado, había llegado la hora del combate final.
Sin dudarlo ni cuestionarse, se vistió lentamente, y al hacerlo, sintió que algo en él se estaba transformando. Se puso sin dificultad la enorme coraza  y agarró con una mano la lanza y con la otra la gran espada. Le resultó ligera. Salió de su celda y vio que un halo de luz parecía emanar de su cuerpo en la oscuridad. Sonrió,  San Miguel estaba con él, lo sabía, ya no existía el miedo.
Se dirigió directamente al lugar dónde Fray Hubert había oficiado su misa satánica el día anterior y le llamó sin obtener respuesta. Empujó la puerta con decisión y entró en la capilla. Los dos candelabros estaban encendidos, la tela con el pentagrama dispuesta en el altar, y la fuente de aceite ardía en el suelo. Todo estaba igual que la noche anterior,  pero el monje ya no estaba allí. Alric se acercó al altar, recogió con la punta de la espada el mantel con la estrella de cinco puntas, y lo echó al fuego. Una gran llamarada roja se elevó y en aquel instante, un ruido de alas le hizo levantar la cabeza. El murciélago gigante estaba volando en círculos encima de su cabeza. Alric no se movió, se quedó inmóvil acechándolo, con todos los músculos en tensión. Cuando de pronto dejó de aletear,  supo que le iba a atacar. Sin embargo, consiguió quedarse quieto  mirando cómo caía en picado hacia él. En el último momento, levantó la lanza y el murciélago se empaló sobre ella con un horrible chasquido. Alric no sintió miedo, solo un poco de asco. Ayudándose con la espada, se deshizo del murciélago que echó al fuego y se dirigió hacia la salida. Antes de llegar a la puerta, una horrible serpiente salió de la oscuridad y se levantó delante de él, amenazante. Alric apretó la mano sobre la empuñadura de la espada mientras el reptil se balanceaba rítmicamente de un lado para otro, mirándole con sus horribles ojos amarillos. De vez en cuando, sacaba su lengua bífida con un siseo repugnante. En el momento en el que se abalanzó sobre él, Alric, que estaba preparado, la decapitó de un golpe certero y salió rápidamente de la capilla.
 La lucha no había hecho más que empezar. Alric se dirigió a grandes zancadas hacia la barandilla que daba a las rocas,  llamando a gritos al demonio. Mientras lo hacía sintió una sensación extraña, como si hubiera vivido esta escena mucho tiempo atrás. Se asomó y miró hacia abajo. El mar estaba embravecido, el viento rugía furioso, alborotando sus cabellos, el cielo sin luna presentaba un aspecto terrorífico. No tenía miedo y por primera vez en su corta vida, se sentía fuerte y poderoso, invencible. Sabía que estaba a punto de cumplirse su destino.

  No tuvo tiempo de llamar por segunda vez. Antes de que lo pudiera hacer, un inmenso dragón salió rugiendo del agua en un torbellino de espuma. El monje por fin había recobrado su verdadera apariencia, y se mostraba tal como era.  La bestia monstruosa sacudió su gigantesco cuerpo cubierto de escamas y, desplegando sus alas, se elevó hasta que su cara llegó a la altura de Alric. Reconoció la oscura profundidad de los ojos de Hubert,  la crueldad de su expresión y, sin pensarlo, hundió su lanza en uno de sus ojos. El dragón emitió un largo alarido y, de un coletazo, se llevó al muchacho por encima de la barandilla. Ambos se precipitaron en las aguas embravecidas. Alric pensó que su última hora había llegado cuando se hundió en el mar junto con el monje que Satán había convertido en dragón. Mientras se revolcaban debajo de las aguas,   Alric hundió su espada en el cuerpo de su enemigo con furia, con desesperación, hasta el agotamiento. Cada vez que salía a la superficie,  llenaba sus pulmones de aire y volvía a atacar al demonio, hasta que por fin pudo zafarse de sus garras y subirse a su lomo. Entonces, aprovechando la sorpresa del animal, que salió a la superficie para respirar, invocó a San Miguel y de un golpe certero de su espada, le cortó la cabeza.
Las aguas se tiñeron de sangre y un gran relámpago iluminó el cielo. El dragón había muerto y el mal había sido derrotado. Alric, de repente, tuvo la sensación de despertarse, y volvió a ser él. Se encontró en medio del mar, al pie del Monte Tombe,  braceando con todas sus fuerzas  para no hundirse por el peso de la coraza, intentando desesperadamente llegar a las rocas.
Cuando se creía perdido, rezó por última vez y sintió como si algo firme y poderoso  le empujara hacia el monte. Poco después, dos  brazos providenciales le agarraron y le izaron a tierra firme. Perceval le abrazó.
─Todo ha terminado muchacho, lo has vencido, has vencido el dragón.
Alric, agotado, no pudo contestar, cerró los ojos y perdió el conocimiento. Entonces se le apareció San Miguel en todo su esplendor. El arcángel le miró, feliz, con una expresión de alegría y agradecimiento y,por primera vez, le sonrió. Alric presintió que esta sería la última de sus visiones. Se emocionó y las lágrimas brotaron de sus ojos.

En lo más profundo de su corazón, supo que iba a despertar, que pronto volvería a su pueblo y a su existencia de siempre,  pero que mientras viviera,  nunca  más podría olvidar  aquellos acontecimientos, su lucha contra el demonio, y menos aún  la maravillosa sonrisa del Ángel. 

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