lunes, 9 de marzo de 2015




El legado de Azahara



Sirhan  creía en el destino, así se lo habían enseñado sus padres y los padres de sus padres. Creía firmemente que un poder sobrenatural guiaba su vida y la de cualquier ser, hacia un fin misterioso que no podía eludirse.
            Sabía que había escogido un día pésimo para salir de la aldea, las pesadillas de la noche anterior se lo habían advertido, pero también le constaba que no había hombre en el mundo capaz de contrariar el destino, ya que nada podía hacerse para alterar su curso. Lo que tenía que ocurrir, ocurría siempre, irremediablemente. 
     Así que desoyendo las voces de la noche que le habían hablado de hechos dramáticos y violencia, se había ido de caza por la montaña con su inseparable amiga Daïa, como lo tenía planeado.
Sin embargo, a pesar de estas firmes convicciones, un malestar inexplicable le había acompañado durante toda el día y no había podido disimularlo. Daïa, que le conocía demasiado bien para no notar su semblante serio, no le había hecho preguntas, pero cuando ya regresaban a la aldea, decidió hablar.
─Dicen que las hordas de Al-Khem se acercan.
Sirhan no contestó. Los caballos caminaban en silencio, ascendiendo la última colina que les separaba del pueblo.
─Aseguran que el Rey Farid no va a poder detenerles ─añadió poco después.
            ─Nadie puede luchar contra Al-Khem ─murmuró por fin  su amigo con gesto preocupado─ es un adorador de las fuerzas oscuras.
─¿Un nigromante?─preguntó Daïa alarmada─¿Qué puede codiciar en Altaïra? Nuestro pueblo no tiene nada que ofrecerle, por lo menos nada deseable para alguien como él.
─Nada que sepamos aún ─puntualizó Sirhan─ pero si de verdad viene con sus tropas hasta aquí, por algo será.
Cuando estaban a punto de alcanzar la cumbre de la colina que dominaba el gran valle de Altaïra, desde donde podía verse la aldea y todos los alrededores, el siniestro presentimiento que había atenazado el  corazón de Sirhan se hizo más insoportable. Una mano de hierro apretaba su corazón, una insoportable opresión en el pecho le impedía respirar. Daïa captó su angustia y se adelantó, inquieta.
─Por todos los dioses…─murmuró con un sollozo ahogado─ ¡Al-Khem!
Todas las pesadillas de Sirhan se hicieron realidad en un instante y creyó que su   corazón iba a estallar dentro de su pecho cuando contempló una escena dantesca, impensable, sobrecogedora. Allá abajo, en el valle, su aldea ardía en llamas y grandes columnas de humo negro, se elevaban por el cielo.
Espolearon sus caballos y sin dudarlo, se lanzaron al galope por la vertiente escarpada de la montaña. Mientras Daïa, con la mirada perdida se dejaba llevar por su montura, incapaz de asimilar lo que sus ojos le revelaban, Sirhan, lívido y desencajado sabía de antemano lo que iban a encontrar al llegar a su pueblo: destrucción, ruinas incandescentes, cadáveres por doquier.
No encontraron nadie vivo en toda la aldea y sus casas no fueron una excepción. Nadie había sobrevivido a la masacre. Sirhan estaba pálido como la muerte, incapaz de articular palabra. Daïa no podía dejar de llorar y miraba con ojos exorbitados por el horror entorno a sí, sin podérselo creer.
De repente, una voz quejumbrosa rompió el silencio atronador.
─¡Daïa!
Se precipitaron hacia la casa del curandero de dónde provenía la débil llamada y le encontraron agonizando. Yacía en el suelo en un charco de sangre, con una gran herida en la cabeza.
─Daïa ─murmuró con ojos que reflejaban la llegada inminente de la muerte ─ tienes que salvarla. Al desierto…tienes que ir al desierto.
─No te entiendo Khalil  ¿A quién tengo que salvar? ¿De qué desierto hablas?
─Me estoy muriendo Daïa, no queda tiempo. Busca a Azahara. Si Al-Khem se apodera de ella, conseguirá ser invencible, inmortal. Azahara tiene el secreto de la inmortalidad  y no debe caer en sus manos… Debes impedirlo. Coge mi medallón, te protegerá, y Azahara sabrá al verlo que te envío. Al Arahat, vete al desierto de Al Arahat, la encontrarás allí.
Los ojos vidriosos del anciano se cerraron para siempre después de pronunciar esas palabras. Daïa se derrumbó de repente y comenzó a sollozar, abrazando el cuerpo del anciano que había sido su maestro durante tantos años.
─Vámonos Daïa ─murmuró Sirhan poco después con la voz rota por la emoción─, tenemos que marchar, aquí no queda nada, además, no estamos seguros. Pueden volver.
Daïa secó sus lágrimas y depositó un beso en la frente del anciano. Luego  retiró con delicadeza el medallón de su  cuello y lo escondió entre su ropa. Poco después, salieron al galope del pueblo. Prefirieron alejarse sin  mirar atrás, sabían que de haberlo hecho, hubieran visto entre las ruinas incandescentes  de su infancia, las cenizas de su inocencia y de su pureza.

Sauda apretó los puños con tal furia que, al hacerlo, sus afiladas uñas negras se hundieron en la palma de sus manos, haciendo brotar gotas de sangre en su piel lívida.
─ ¡Maldición! Todo ha sido en vano.
Su mirada malévola se volvió a hundir en el agua de la gran fuente de bronce  desde donde contemplaba una escena distante. Miró despectiva las tierras de Altaïra saqueadas por las tropas de Al-Khem, las llamas devorando los pueblos,  los muertos esparcidos por todas partes y masculló exasperada:
─¿Cómo ha podido desaparecer? Estaba justo allí, lo sé, no tenía que haber escapado…
─¿No será que estás perdiendo facultades Sauda? ─preguntó Al-Khem que acababa de entrar en la gran jaima─. Reconócelo, te has equivocado, y esto es imperdonable en una hechicera. 
─ ¡Jamás!─ contestó desafiante─ Sauda jamás se equivoca. He detectado magia en Altaïra, una magia extraordinaria, más poderosa que la de todos los brujos y hechiceros de tu reino, no hay duda posible. Es ella, Azahara.
─¿Cómo puedes estar tan segura?
─Percibo la magia blanca a distancia, su fuerza, su luz, su repugnante altruismo, es inconfundible.  Es ella, te lo repito. Su poder es capaz de destruirte, su magia supera la tuya, es indestructible porque posee el secreto de la inmortalidad.
─¿Qué tengo que hacer? ─preguntó Al-Khem con un brillo de codicia y locura en sus ojos crueles─, necesito apoderarme de este secreto.
─Lo sé, lo sé ─musitó Sauda con voz melosa, cantoneándose como una serpiente─ y por esto me necesitas, solo yo te puedo guiar hasta ella.
─Para esto la tendrías que encontrar primero ─ masculló Al-Khem despectivo.
─La encontraré mi Señor, la encontraré para  ti ─siseó Sauda con voz pérfida─, y cuando lo haya hecho, tendrás que desposarla, es la única manera de apoderarte de su secreto.
─¿Cómo es ella?─preguntó el nigromante con el rostro encendido por las ansias de poder.
─Dicen que su belleza es incomparable pero que puede cambiar de apariencia constantemente,  en ello radica su poder. Solo la he visto una vez, pero con esto bastará. Además, tampoco lo necesito para encontrarla, su magia me atraerá como un imán.
─¿Qué ocurre ahora mismo en Altaïra? ─preguntó Al-Khem─   mira el agua otra vez.
Sauda se volvió a inclinar sobre la fuente y de repente vio algo. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro oscuro, sus ojos amarillos se volvieron casi rojos, su lengua bífida siseó:
─Mira lo que tenemos aquí… por lo visto no han muerto todos en esta aldea.  Hay dos chicos jóvenes, están saliendo del pueblo y se encaminan hacia el desierto de Al Arahat. Seguro que saben dónde encontrarla. Llevan un amuleto o un objeto mágico, lo puedo sentir desde aquí.
─Lanzaré mi ejército tras ellos, debemos dar con ella antes de que lleguen.
─Lo que necesitamos ahora no es tu fuerza, sino mi magia. No conseguirán nada tu ejército ni tus soldados, deja actuar a los míos, nunca fallan.
─Que así sea ─cedió Al-Khem─ pero te aviso. Si lo consigues, te cubriré de oro, en caso contrario, no vivirás para contarlo.
─Prepara el oro entonces, mi Señor, Sauda nunca falla.
Al-Khem salió de la jaima de Sauda a grandes zancadas. Estaba contrariado y furioso sin saber por qué. De naturaleza supersticiosa, solía fiarse de sus sensaciones. Y hoy, tenía un mal presentimiento, por primera vez en muchos años dudaba. A pesar de sus esfuerzos, hoy Sauda no había conseguido convencerle.   

Mientras tanto, Sirhan y Daïa, después de galopar durante horas, habían  llegado a las puertas del desierto, y estaban descansando mientras sus caballos bebían agua de la última charca
─Sirhan, tengo una sensación extraña ─murmuró Daïa de repente─, no me encuentro bien.
Sirhan miró a su amiga y su mal aspecto le impactó. Habían pasado los dos por una de las jornadas más duras de su vida y era normal que lo acusara Daïa, pero había algo más, algo que no acertaba a definir. Él mismo se sentía raro, como si lo estuvieran observando.
─¿Dónde has puesto el medallón de Khalil?
─Lo he escondido dentro de mi bolsa.
─ ¡Póntelo ahora mismo! Khalil  dijo que te protegería, lo necesitarás.
Se pararon un instante para que Daïa pudiera buscar el amuleto. Cuando lo encontró, ambos lo contemplaron con respeto.
─Representa la Cruz del Sur ─murmuró Daïa poniéndose el medallón─, es una constelación que solo puede verse desde el desierto.
El resultado no se hizo esperar, Daïa recuperó su buen color instantáneamente, como si se hubiera quitado un peso de encima.
─Nos están vigilando ─observó preocupada─ ahora estoy segura, todo mi malestar se ha ido. Lo que me pasaba tiene que ver con Al-Khem y sus malas artes, significa que sabe dónde estamos. ¿Tú te encuentras bien?
Sirhan reconoció que estaba algo mareado y su amiga no lo dudó. Sacó de su bolsa unas hierbas y le preparó un té que sabía horrible pero era capaz de anular los efectos de la magia negra. Reemprendieron el camino poco después. Se sentían los dos mucho mejor, pero el cansancio y el abatimiento estaba haciendo mella en su ánimo.
Para no preocupar a su amiga, Sirhan se calló una pregunta que ardía en su corazón. ¿Cómo iban a encontrar a Azahara si no sabían nada de ella? ¿Quién era? ¿Qué edad tenía? ¿Cómo iban a reconocerla si no sabían ni qué aspecto tenia?
Decidieron que era mejor esperar al día siguiente para  adentrase en el desierto y optaron por buscar un sitio para pasar la noche. Escogieron una gruta cuya entrada disimularon con ramas y hojas. Después de hacerlo y de una breve conversación, se dejaron vencer finalmente por el sueño.
Mientras tanto, al amparo de la noche, los siniestros propósitos de sus enemigos  se estaban haciendo realidad. Ayudados por  la oscuridad y el cielo sin luna, las criaturas de Sauda estaban acercándose a la gruta.
Sirhan se sobresaltó y abrió los ojos de repente, algo andaba mal. Sus ojos recorrieron las paredes de la cueva, sumidas en las tinieblas hasta llegar a la entrada. Entonces los vio. Decenas de ojos rojos, brillando como ascuas en la oscuridad. Se levantó sin hacer ruido, y tapando la boca de Daïa para que no gritara, la despertó.
─Daïa, están aquí, nos han encontrado.
Después del primer sobresalto, Daïa se incorporó y vio a la entrada de la gruta las sombras que la acechaban.
─Son enviados de Al-Khem, criaturas de la noche ─explicó a Sirhan─ cobardes y temerosas. Debemos recoger nuestras cosas y salir de aquí.
─¿Cómo llegaremos a los caballos? ¿Cómo lucharemos contra ellos? No sabemos ni lo que son…─objetó su amigo.
─Son creaciones de la mente de Al-Khem o de sus brujos. Yo les combatiré con  lo que me enseñó Khalil, tú, prepara tu espada.
Al salir de la gruta, Daïa pronunció unas palabras extrañas y todo a su alrededor se iluminó. Decenas de hienas les rodeaban, amenazantes. Blandiendo su espada, Sirhan intentó abrirse paso entre las alimañas, pero a medida que las abatía, volvían a levantarse una y otra vez. Daïa pronunció un conjuro y una gran bola de fuego se materializó en sus manos. La tiró a las hienas que retrocedieron todas juntas.
─¡A los caballos! ¡Rápido!─ gritó Sirhan.
En un abrir y cerrar de ojos, recorrieron la distancia que les quedaba y se montaron  de un salto a los caballos.
Cuando se estaban alejando, una gran carcajada les hizo sobresaltarse. Daïa miró hacia atrás y  vio una hiena enorme, que se estaba transformando…
─¡Sauda! ─balbuceó atónita.
─¿Quién es?
─La más poderosa de todas las brujas, y probablemente la más malvada. Khalil me había prevenido contra ella. Seguro que está al servicio de Al-Khem.
 ─Tenemos que alejarnos antes de que reaccionen y nos sigan.
─Nos han dejado escapar precisamente para esto, para seguirnos. Si la suerte nos acompaña, encontraremos a Azahara antes que ellos. Sígueme.
Sirhan no preguntó. Ya había perdido su capacidad de sorprenderse, en pocas horas, su amiga de la infancia se había transformado en una muchacha desconocida, valiente, atrevida, y dotada de poderes que jamás hubiera imaginado.
Cabalgaron toda la noche, sin descanso, sabiendo que debían aprovechar la oscuridad para ganar tiempo. Sauda había perdido su rastro, y no podía verles ni mandar a sus criaturas maléficas contra ellos.
Cuando despuntó el alba, estaban extenuados y muertos de frío y los caballos parecían a punto de derrumbarse.
─Paremos un rato aquí─ propuso Sirhan. Necesitamos descansar.
─Y pensar… creo que tengo una idea de dónde puede estar Azahara.
Daïa le contó que según Khalil, existían unos sitios en el desierto dónde se podía observar la Cruz del Sur en todo su esplendor. Le había hablado de uno de ellos, un pequeño oasis que según sus cálculos no estaba muy lejos del lugar dónde se encontraban. 
─¿Por qué precisamente allí? ─preguntó su amigo─ ¿por qué escogió aquel lugar?
─La Cruz del Sur era su talismán, por esto decidió  confiar en ella para proteger a Azahara.
─Espero que nos guie hasta ella ─murmuró su amigo─, de lo contrario…
─No lo digas ─le interrumpió su amiga─ da mala suerte. Descansemos un rato, seguro que mañana lo vemos todo más claro.
No tardaron en quedarse dormidos profundamente. Contrariamente a lo que se imaginaban, la noche no les protegía, los ojos de Sauda eran más poderosos que las tinieblas, y sus tropas  ya estaban en camino hacia al lugar dónde se encontraban.
Daïa se despertó al alba,  con la sensación de que alguien les observaba. Se incorporó, preocupada y se dio cuenta de que los caballos habían desaparecido. En su lugar, descubrió atónita un animal de lo  más extraño.  Su cuerpo, de color turquesa, recordaba el de una salamanquesa,  pero era enorme, mucho más grande que un camello.  Cuando el reptil se acercó, lentamente, se quedó paralizada por el  miedo. Pero los ojos del animal le tranquilizaron, parecía pacífico, casi amistoso.
─Me gusta tu medallón ─murmuró con una voz profunda.
─¿Azahara? ─preguntó Daïa incrédula.
─Despierta a tu amigo Daïa, tenemos que marcharnos, las tropas de Sauda están al llegar.
Sirhan se levantó y, aunque su cara reflejaba una mezcla de terror y asombro, no hizo preguntas. Poco después, salían al galope sobre el lomo de Azahara, en dirección al oasis.
Azahara les explicó que aquel lugar era para ella el refugio más seguro. Sus aguas le daban fuerza y vigor, y conocía todos y cada uno de sus rincones. Podía burlar a sus perseguidores, cambiar de apariencia y esconderse fácilmente. Daïa  y Sirhan se miraron, desconcertados. No podían  evitar preguntarse por qué Khalil  les había mandado a ayudar a Azahara, parecía todo menos indefensa. Si su poder era tan grande,  si tenía el secreto de la inmortalidad, ¿de qué le podía servir la presencia de dos adolescentes?
─Puedo leer en vuestros corazones, niños ─murmuró el lagarto─ pero aún no puedo aclarar vuestras dudas. La verdad  os pondría en peligro. Khalil era un buen hombre, y os ha mandado hacia mí, porque os necesito a los dos, creedme. Ya lo comprenderéis.
─ ¡Azahara! ¡Mira detrás de nosotros! Están aquí ─gritó de repente Sirhan.
Cientos de escorpiones gigantes corrían detrás de ellos, eran tan numerosos que las arenas doradas se habían convertido en un mar ondulante de oscuras olas. Azahara galopaba cada vez más de prisa pero los repugnantes insectos iban ganando terreno hasta que…
Todo ocurrió muy rápido, como en un sueño, en un abrir y cerrar de ojos, Sirhan y Daïa se encontraron volando por encima de las dunas. Seguían a lomos de Azahara pero ya no era un reptil, sino un hermoso caballo alado de color plateado. La sensación del vuelo era tan maravillosa que por un momento los dos muchachos olvidaron sus preocupaciones y se pusieron a reír de pura alegría. Habían dejado atrás los escorpiones que ya no podían darles alcance.
La alegría fue de corta duración pues  a lo lejos, detrás de ellos, empezaron a vislumbrar lo que en un primer momento tomaron por murciélagos. Poco después se dieron cuenta de que se trataban de serpientes, serpientes aladas, infinidad de ellas que se acercaban siseando, ondulando  en el cielo. La visión era escalofriante y también desalentadora. Eran solo tres contra un ejército entero.
─Estamos perdidos ─ murmuró Daïa con tristeza─, jamás escaparemos. Son demasiado numerosos para vencerlos y la magia de Sauda es poderosa.
─Confía en mí, pequeña ─la tranquilizó Azahara─ y preparados los dos.
─¿Para qué?
─Para desaparecer─ contestó el hermoso animal con una carcajada.
Unos segundos después, seguían volando por el cielo pero se habían hecho invisibles a los ojos de las serpientes, que desconcertadas, dieron varias vueltas, volvieron atrás y surcaron el cielo en todas las direcciones sin conseguir encontrarles. Se habían volatilizado. Cuando se cansaron, dieron media vuelta y se marcharon tal como habían venido.
Mientras tanto, los tres amigos llegaban al oasis. Azahara se posó suavemente al pie de unas palmeras y poco después, volvieron a ser visibles.
─Necesito reponer fuerzas ─ murmuró con una voz cansada─ seguidme.
Se dirigió hasta el riachuelo que recorría el oasis y se sumergió completamente en sus aguas, bajo la atenta mirada de sus amigos. Cuando volvió a emerger a la superficie, ya no era caballo sino que había adoptado otra forma.
─¿Una serpiente? ─balbuceó Daïa asombrada─ ¿Esta es tu forma verdadera?, ¿la de una serpiente?
─De un Uróboros, es una de mis muchas formas─ murmuró la criatura ondulando suavemente a sus pies─, todas ellas son simbólicas y ninguna verdadera. La serpiente Uróboros que se muerde la cola simboliza la inmortalidad, la vida eterna, el aspecto cíclico de la existencia y esta es mi esencia.
─No consigo entenderlo─ contestó nerviosamente Sirhan, que hasta ahora había permanecido callado─ por mucho que lo intente, esto es demasiado para mí.
Azahara dejó escapar una risa melodiosa.
─Eres muy joven aún, y no puedes vencer las apariencias, las serpientes te provocan rechazo, lo puedo entender. Yo soy tan mayor que he superado hace tiempo el engaño de las apariencias, pero no importa… quiero que estés cómodo. Mírame ahora.
La serpiente se volvió a transformar en un instante y adoptó el aspecto de una muchacha joven, de una belleza deslumbrante.
─Tú… ¿tú eres mayor? ─balbuceó el muchacho sonrojado.
─No os podéis imaginar cuanto─ sonrió Azahara─ pero seguidme, quiero hablar con vosotros.
Azahara les llevó a una gruta que solo ella conocía. Entraron y se sentaron delante de ella, sabiendo que aquel iba a ser un momento importante. La belleza de Azahara era tal que casi dolía mirarla, y Sirhan no se sentía capaz de sostener su mirada. Intentaba no pensar, sabía que ella captaría al instante sus emociones. Daïa la miraba expectante, consciente de que les iba a revelar algo importante.
─Antes os he hablado antes de la inmortalidad ─comenzó mirándoles con una sonrisa luminosa─  y aunque os parezca contradictorio, tengo que continuar hablando de la muerte. Mi tiempo se acaba, estoy perdiendo facultades, y por este motivo, por esta debilidad Al-Khem y Sauda han sido capaces de detectarme, porque está fallando mi escudo protector.
─¿Cómo se puede acabar tu tiempo si eres inmortal? ─se sorprendió Sirhan.
─La inmortalidad, Sirhan, no significa vivir eternamente,  sino que algo de ti, de tu alma y de tu esencia continúa existiendo para siempre. Esta esencia divina,  puede transmitirse a través de los siglos y perdurar. Los amantes de las fuerzas oscuras quieren apoderarse de este precioso don de la inmortalidad creyendo que esto les hará invencibles. Lo que pretende Al-Khem, me imagino, es desposarme a la fuerza y robármelo. Pero yo no se lo voy a permitir. Puedo y quiero regalarlo, quiero ofrecerlo a la única persona que considero digna y merecedora de ello.
Azahara dejó de hablar y miró tiernamente a sus dos amigos que le estaban dedicando toda su atención. Luego, murmuró:
─A ti Daïa.
Daïa se sobresaltó y se puso de repente muy colorada.
─Azahara, yo… no soy digna…no me siento capaz…
─Khalil me habló de ti y no se equivocó, tu corazón es noble y tu alma pura. Si aceptas, heredarás mis poderes y sabiduría, así como este precioso don de la inmortalidad, y usarás estos conocimientos para el bien de todos, para aliviar el sufrimiento de los demás. Sirhan te protegerá, igual que Khalil me protegió durante toda su vida, y así se cumplirá mi destino y el vuestro.
Sirhan y Daïa se miraron con lágrimas en los ojos. Estas palabras parecían irremediables, sonaban a despedida.
─Daïa, está anocheciendo, se acerca el momento y necesito tu contestación. ¿Aceptas ser el receptáculo de la inmortalidad, permitirás que mi esencia perdure a través de ti?
─Sí, lo acepto ─murmuró Daïa emocionada.
─¿Y tú Sirhan, aceptas ser el protector de Daïa y cuidar de ella? 
─Claro que acepto.
─Entonces vámonos, ha llegado la hora. Debemos apresurarnos antes de que lleguen los siervos de Sauda.
Azahara les condujo hacia su lugar favorito, desde donde empezaba a brillar espléndida la Cruz del Sur.
─Pase lo que pase, no debéis asustaros, yo estaré bien. Mi cuerpo se quedará aquí para que las hordas de Al-Khem  me encuentren y den por finalizada su búsqueda. Vosotros tendréis que marchar sin perder un instante, Daïa es joven y fuerte, no podrán localizarla, su escudo protector es muy fuerte.  No tengáis miedo ni sintáis pena por mí, mi existencia ha sido muy larga y plena, además, seguiré viva, seguiré viviendo en ti, Daïa.
Se dieron la mano y miraron a las estrellas.   En aquel instante, una  luz maravillosa pasó  del corazón de Azahara al de Daïa y las mantuvo unidas durante unos instantes. Daïa sintió una sensación poderosa  recorrer su cuerpo y un estallido de energía en su interior. En aquel momento las manos de Azahara se soltaron de las suyas y su cuerpo cayó inerte en la arena.

Respetaron la voluntad de Azahara y reprimieron sus lágrimas. Cuando se marcharon del lugar, ya no eran Sirhan y Daïa, sino que se habían transformado en un maravilloso caballo alado de color plata y su jinete. Así fue como Daïa,  desplegando sus alas, se llevó volando a Sirhan lejos de Al-Arahat, hacia la cruz del sur, hacia su destino.

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