martes, 3 de marzo de 2015

El último regalo


El último regalo


Diego se despertó sobresaltado en medio de la noche, con la sensación de una presencia extraña en la habitación.
¿Dónde se encontraba?
En una fracción de segundos, enumeró mentalmente todos los lugares que solía frecuentar: aquél no era ninguno de ellos.
Se incorporó, inquieto y desorientado, con todos los sentidos en alerta y sus ojos escrutaron la oscuridad durante unos instantes.
Poco a poco, emergieron de las tinieblas las siluetas austeras y casi hostiles de unos muebles aún desconocidos para él: el gran armario de roble en frente de la cama, el tocador a su derecha, el baúl y la cómoda. En un rincón de la habitación, divisó la silueta siniestra, casi fantasmal del galán de noche, dando vida a la ropa cuidadosamente preparada para el día siguiente. La atmósfera de la habitación era tan gélida como su temperatura y un suave olor a naftalina flotaba en el ambiente, añadiendo melancólicos matices de soledad y de olvido a la estancia.
Hacía mucho tiempo que nadie dormía en esta inmensa cama, ni vivía en la vieja casa. Las risas, la alegría y la vida se habían cristalizado en el pasado, muchos años atrás.
Sus pensamientos, al principio confusos, empezaron a organizarse de forma coherente en su mente. Cuando por fin recordó donde estaba, un inmenso peso descendió sobre sus hombros y una nube negra se posó sobre su alma. El dolor le volvió a asaltar con intensidad redoblada, como para recuperar en un segundo las horas de tregua que el sueño le había concedido.
Ya se acordaba…Se encontraba en el norte de Francia, en el pueblo natal de Claire. Había viajado todo el día anterior para asistir al funeral.
Sus párpados irritados le escocían y sabía, sin necesidad de mirarse al espejo, que estarían deformados por la hinchazón al día siguiente. La ridiculez de este pensamiento trivial le hizo esbozar una sonrisa amarga.
¿Qué importancia tenía su aspecto? ¿Quién demonios se iba a fijar en esto?
Tenía derecho a llorar  y el llanto no tenía por qué ser estético…
Se volvió a estirar e inspiró profundamente. Al hacerlo, noto que su cuerpo entero le dolía. Sus costillas, su espalda, su pecho, sus hombros, le recordaban dolorosamente que había sollozado durante horas sin poderse contener. Se sentía como si le hubiesen dado una paliza.
Instintivamente, su mano buscó a tientas al otro lado de la cama, el calor del cuerpo de Claire. Giró la cabeza en su dirección y contempló la belleza de su silueta, bañada por un mágico rayo de luna. La luz dorada entraba suavemente por la ventana recubierta de una fina capa de escarcha.
Su mirada acarició con amor la melena rubia que se derramaba en cascada sobre las sábanas de hilo blanco, siguió los contornos de la espalda de Claire y las hermosas curvas de su feminidad.
Se acercó suavemente para abrazarla…
─¿Qué haces despierto?- preguntó Claire entre sueños─. No es la hora todavía,  ¿Por qué no duermes un poco más?
─No puedo dormir─ balbuceó Diego con una voz inaudible─. Estoy roto, me duele todo, me duele el alma.
─Tranquilízate cariño. No te atormentes más. Ven aquí a mis brazos, llora si te hace sentir mejor, llora y te quedaras dormido.
─No quiero dormirme, no quiero que llegue mañana, no quiero despertarme y acordarme del porque estoy aquí. No quiero.
Y volvió a sollozar como un niño desconsolado.
Claire, sin decir una palabra, acariciaba su pelo con una ternura casi maternal.
─Te quiero ─susurró─, estoy contigo. Estoy a tu lado, siempre lo estaré. Lo sabes, verdad?
─Lo sé, Claire, lo sé. Yo también te quiero.
Cuando llegó el alba, Claire le despertó de un beso en la frente.
─Es la hora, Diego, hemos de prepararnos.
Se levantaron silenciosamente.
Después de asearse rápidamente, Diego se puso los pantalones y la camisa blanca que parecían amenazarle desde la víspera, desde el anticuado galán de noche, anudó con manos temblorosas la corbata negra y se puso finalmente la chaqueta del traje oscuro que había escogido para la ocasión.
Claire, sentada delante del tocador, peinaba su larga melena con gesto ausente y de vez en cuando, se detenía para contemplarle en el espejo con una mezcla de admiración y de ternura. Le sonrió…
─Te has puesto mi traje preferido. Que guapo estás. Sólo te falta una flor en el ojal.
─¡No, una flor no! No procede un día como hoy, Claire.
─Te lo pido por favor, hazlo por mí ─le pidió Claire─, ponte una rosa, blanca como mi vestido.
─De acuerdo, Claire, si te hace ilusión ─suspiró, sintiéndose incapaz de resistir a su tono implorante.
Salieron poco después. Claire había escogido en el jardín un capullo de rosa blanca par Diego, y una rosa abierta del mismo color para su pelo. 
Afuera, la gente del pueblecito estaba congregada en la plaza, esperando la llegada del coche fúnebre. La lluvia, una fina y desesperante lluvia, caía sin cesar, con sempiterna monotonía.
─Fíjate cuanta gente ─murmuró Claire, al oído de Diego─, han venido todos.
Diego no pudo contestar. Su rostro, contraído por la emoción y el dolor, estaba ahora desencajado. De vez en cuando, largos escalofríos recorrían su espalda, y le hacían estremecerse una y otra vez, con sus grandes olas. Se sentía ligeramente mareado, y un repentino calambre en el estomago le recordó que no había ingerido alimento en muchas horas.
La gente le miraba con simpatía pero sin osar acercarse, respetando el dolor profundo que emanaba de todo su ser y el sufrimiento que sus ojos delataban.
El coche fúnebre hizo finalmente su aparición y empezó a subir lentamente por la calle principal. Parecía no poder soportar el peso de  las coronas de flores que casi le recubrían. Las cintas de color blanco, rosa y violeta, bailaban en el aire, susurrando su último adiós. Pudo leer  frases como: “No te olvidaremos”, “Siempre estarás en nuestro corazón”  o bien “De tu familia que te quiere”,
En aquel momento, Diego sintió que una mano de hierro se deslizaba bajo su piel para  apretar sin piedad su corazón. Hubiera querido estar sólo para gritar, aullar, para caerse de rodillas y dar salida al dolor inconcebible que le estaba paralizando.
Claire, que le estaba mirando con amor, captó su total desamparo y su desesperación y le rodeó con sus brazos.
─Te quiero.
La gente se persignó silenciosamente, al darse cuenta que el coche continuaba su recorrido, sin parar delante de la iglesia.
─Nada de misa ─murmuró Claire─. Es importante respetar las últimas voluntades. ¿No crees?”
─Así es, Claire, ni misa, ni oraciones, ni discursos.
─Ya sabes lo que pienso de todo esto Diego. Estas ceremonias sólo sirven para consolar a los vivos, pero los que se van no necesitan nada ya.
Empezaron a caminar detrás del coche, encabezando el cortejo, dignos y silenciosos.
La inmensa silueta oscura de Diego contrastaba con la de Claire, menuda y frágil. Su largo vestido blanco le confería una belleza angelical y sorprendente a la vez.
Más que caminar, parecía volar, ligera, transparente, casi irreal, cogida del brazo de Diego.
El cielo se había vestido de luto para la ocasión y unas nubes negras se estaban  preparando para derramar sobre el pueblecito normando todas sus lágrimas, y participar así de su llanto.
La gente del pueblo caminaba lentamente detrás de ellos, en dirección al cementerio. Otros, se escondían detrás de los visillos, para observar el paso de la procesión.
Claire miraba discretamente alrededor de ella, buscando con los ojos a sus allegados.
De repente, su rostro se iluminó al reconocer unas siluetas familiares que intentaban acercarse a ellos entre la multitud…
─Mira, han llegado mis padres, allí vienen. ¿Los ves Diego? También ha venido mi hermano. ¿Te lo puedes creer? Hacía siglos que no le veía ─continuó─, veinte años creo… me ha costado reconocerle. ¡Qué lástima que nos tengamos que volver a ver en estas circunstancias!
Diego lloraba silenciosamente, sin poder pronunciar una palabra, contemplando ausente por ambos lados de la pequeña carretera, las vacas pastando en los prados verdes, los manzanos, y los siniestros cipreses del cementerio cada vez más cercanos.
─Que pueblo más deprimente! ─murmuró en voz baja.
─No digas esto, cariño, me ofende. Creo que te estas dejando impresionar por las circunstancias, y por el tiempo.
Este lugar en primavera es una maravilla, verde, lleno de vida, exuberante. Deberías ver los manzanos en flor, los campos de trigo, los acantilados y las playas. Te encantaría.
─No consigo imaginarlo ahora mismo, ni quiero, discúlpame.
Claire no insistió.
Tenía razón, aquél no era un buen momento para hablar de la belleza del paisaje.
Se estaban acercando ya sus padres. Cuando Diego les vio, se le encogió el corazón pero hizo un esfuerzo inhumano para intentar sonreír.
Se dio cuenta que habían envejecido mucho desde su último encuentro.
Estaban agarrados uno al otro, frágiles y empequeñecidos, cogidos del brazo. Se tambaleaban, derrotados, como si les faltarán las fuerzas.
A su lado, incómodo, caminaba cabizbajo el hijo que llevaba veinte años sin dar señales de vida. El no lo había visto nunca, ni lo conocía.
─No me lo imaginaba así. Desde luego, no podía haber escogido peor día para reaparecer. 
─Sé amable cariño, te lo suplico. Es mi hermano, a pesar de todo.
─Descuida Claire, lo seré.
Sin decir una palabra, se pusieron los tres a caminar a su lado. Claire se colocó entre su hermano y sus padres y los abrazó. Miró a Diego con una discreta sonrisa  como para decirle
─Por fin, hoy estamos todos reunidos!
La puerta del cementerio estaba abierta de par en par, como para dar la bienvenida al difunto en su último viaje. El coche aparcó un poco más lejos, pues no podía entrar en el diminuto cementerio, y la gente espero respetuosamente el paso del ataúd para entrar.
Diego observó aterrado, las tumbas cavadas en el suelo y sintió que iba a desfallecer.
Claire esbozó una sonrisa traviesa y murmuro:
─Cuando era pequeña, entraba aquí a robar flores para mi madre ¿Te acuerdas mama?
La gente se dispuso lentamente alrededor de la tumba que los empleados habían preparado el día anterior. Trajeron el ataúd que bajaron con cuerdas, poco a poco, hasta posarlo finalmente sobre la tierra mojada.
Se estableció un silencio denso, casi insoportable.
─Vamos, Diego, tienes que empezar tú.
Diego, pálido se tambaleó y recogió con una pequeña pala un poco de tierra. La dejó caer, lentamente sobre el ataúd y sintió al hacerlo que estaba enterrando allí lo mejor de su existencia. Sabía que su alma quedaría presa de aquel lugar para siempre.
Para siempre… Pensar en el futuro le resultaba insoportable. Lentamente, se sucedieron los familiares, los amigos, y todos los demás.
Diego apretaba manos, recibía besos, abrazos, palabras cariñosas pero era incapaz de reaccionar, su mente se hallaba en otro lugar. ¿Dónde estaba Claire?  Su mirada enajenada la buscaba desesperadamente. Necesitaba verla, era su fuerza, su apoyo, era su vida entera.
Cuando por fin la vio constató que se había distanciada un poco del resto de los asistentes. Caminaba, lentamente, hacía el fondo del cementerio. De vez en cuando, se giraba para mirar atrás, mirarle a él.
─Claire, Claire, ¡espera! ¿Adónde vas?
Empujando con todas sus fuerzas a la gente que se agrupaba a su alrededor, se fue corriendo en su dirección.
Cuando la alcanzó, se dio cuenta de que la rosa blanca se había caído de su pelo. Sin saber porque, Diego la buscó con la mirada en el suelo, pero no consiguió encontrarla…
Claire cuya palidez era extrema, extendió la mano y acarició muy lentamente su mejilla antes de decir:
─Adiós, Diego.
─Espera, espera … ¿Como que adiós? ¿A dónde vas? 
Más que una pregunta, había sido un grito desgarrado. Su voz desesperada rasgó el silencio, asustando unas palomas torcaces que levantaron su vuelo pesado precipitadamente.
─A esta pregunta, no te puedo contestar, amor mío…
─Claire, dime que no es verdad. Es una pesadilla. Esto no puede estar pasando.
Dime que no has escogido precisamente este día para dejarme, cuando más te necesito.
─No he escogido nada, cariño y no te dejo… Simplemente me voy.
Diego estaba ahora de rodillas, agarrado a su vestido, suplicando, negándose a aceptar lo que estaba sucediendo. Ella le hizo levantar y le abrazó con una sonrisa triste. Le susurró:
─Hasta que la muerte nos separe, amor mío, esta fue nuestra promesa ¿Recuerdas? 
Y muy lentamente, sin dejar de abrazarle, su silueta se volvió cada vez mas transparente,  hasta desvanecer completamente…

Terminó de leer el relato, escrito un mes antes, y dos lágrimas silenciosas se escaparon de sus ojos cansados. Habían sido unos días terribles.
El traqueteo regular del tren que se alejaba lentamente de Normandia  le pareció entrañable, casi reconfortante.
Claire ya no tenía fuerzas para intentar comprender lo ocurrido. No tenía contra quién rebelarse, a quién preguntar porque Diego, que había descrito con tanto realismo el dolor insoportable de perderla, acababa de fallecer, dos días antes, durante su primera visita a Francia.
Sostenía en sus manos su relato. Las páginas habían sido escritas con una letra febril que denotaba angustia, casi terror.  Ahora, sólo le quedaba esto, y la absoluta certeza que de alguna manera, había vuelto a nacer gracias a él, a su amor.  Inexplicablemente, Diego había conseguido cambiar al último momento su destino por el de ella, haciéndole su último regalo.



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