domingo, 1 de marzo de 2015

El atrapasueños





El atrapasueños


            ─Damián, yo me tengo que ir. Creo que lo principal está hecho. Si quieres, me llevo estas cajas  y las tiro a la basura.
            Damián respiró hondo, empezaba a estar cansado. Llevaban todo el día limpiando la casa que acababa de alquilar, y necesitaba un descanso. Se acercó sin embargo para comprobar lo que se iba a llevar Dana.
            ─Vale, tíralo todo, es increíble lo que este hombre había acumulado aquí. ¡Madre mía! ¡Cuántas cosas! 
            ─Hablamos de un escritor ─contestó su amiga con una sonrisa─ así que papeles, libros, periódicos, revistas, y un cierto desorden no son extraños, ¿no crees?
            ─Sí pero… ¿por qué no se llevó nada? Es lo que no entiendo.
            ─La agencia dijo que había vendido precipitadamente y que se había marchado sin dejar dirección. Tendría prisa…
            ─Esto será ─contestó Damián pensativo─. Oye, ¡espera un momento! No te lleves  esto, ¿qué es?
            ─¿Esto? Un atrapasueños, creo.
            ─¿Atrapa qué?
            ─Atrapasueños, es una artesanía  tradicional de los nativos americanos.
─¿Para qué sirve?
─Según la creencia popular ─explicó Dana─, su función consiste en filtrar los sueños de las personas. Las visiones positivas, se quedan allí en esta redecilla que tiene forma de estrella. Los sueños que no recuerdas son los que bajan lentamente por las plumas. Las pesadillas se quedan atrapadas en las piedras y, a la mañana siguiente, se queman con la luz del día. Supuestamente, esto evita que se hagan realidad.
─ ¡Qué interesante! ─murmuró Damián rescatando el objeto de la caja─ no lo tires, creo que me lo voy a quedar. Es bonito.
─Como quieras, yo ya me voy. Si quieres, volveré mañana por la mañana para ayudarte con lo que queda. Pero tendrá que ser pronto, porque a la tarde, estoy ocupada. ¿Vale?
─Vale, no sabes cuánto te lo agradezco. ¡Hasta mañana!
Damián se asomó a la ventana de la cocina y miró como se iba Dana por el sendero. Suspiró. Odiaba las mudanzas, sabía que durante días se sentiría aturdido y desplazado, que le costaría adaptarse a su nuevo hogar. Hasta entonces, le esperaba aún mucho trabajo. La casa estaba llena de cajas, todas ellas acumuladas en cada una de las estancias. El único cuarto que estaba más o menos arreglado era su habitación. Por lo menos, podría dormir en un ambiente casi normal.
Abrió una lata de cerveza y mientras tomaba una cena improvisada, contempló el atrapasueños. En el centro de un aro de color violeta, nacía lo que parecía una estrella o una flor de once pétalos, cuyo centro estaba tejido de otro color. Fuera del aro, colgaban unas piedrecitas, unas perlas y unas plumas de colores. El objeto era bonito, alegre y colorido. Quedaría muy bien colgado encima de su cama. Según le había explicado Dana, serviría para atrapar las pesadillas y garantizar un sueño sereno. Le iba a venir muy bien, porque desde hace meses, padecía insomnio. Esto es precisamente lo que le había empujado a huir de la ciudad, por este motivo se había refugiado en esta casa en el campo.
La tensión y el cansancio acumulado durante el día no tardaron en hacerse notar. Damián se sintió de repente agotado, y decidió irse a dormir, no sin antes llevarse  el atrapasueños a su habitación. Encontró un gancho en el techo  cerca de la ventana, y allí lo colgó. Después de una ducha rápida, se cayó agotado en la cama. Fue lo último que miró antes de cerrar los ojos, el aro violeta con sus plumas de colores girando muy despacio, mientras él se hundía muy lentamente en las olas profundas del sueño.
Abrió los ojos de repente, sobresaltado. Todas las alarmas se dispararon en su mente. Un viento fresco acariciaba su cara. Se encontraba en medio de un prado oscuro, caminando descalzo por la hierba mojada. ¿Qué había ocurrido? Levantó los ojos y contempló la luna rodeada de un halo de niebla, y el cielo negro. Un escalofrío recorrió su espalda y notó como su corazón se aceleraba. Tuvo que respirar hondo, por dos o tres veces para no dejarse ganar por el pánico.
 ─Tranquilo ─pensó  abrumado─ es una pesadilla, nada de eso es real, voy a despertarme en seguida.
Intentó recordar los típicos trucos que se suelen emplear para saber si se está soñando, pellizcarse, mirar su reloj, intentar atravesarse la palma de la mano con un dedo. Lo intentó todo,  con la intención de demostrarse a sí mismo que estaba dormido, pero nada funcionó. Aquello, lo que fuera que estaba ocurriendo, estaba ocurriendo de verdad. Entonces empezó a sentirse realmente mal. 
La oscuridad era total y Damián no conseguía distinguir lo que le rodeaba. Su primer impulso fue volver atrás, en un ingenuo intento de desandar el camino, y retroceder al punto de partida. Pero cuando empezó a caminar, notó como sus pies se hundían en un terreno cada vez más fangoso. A la luz de la luna, vio como saltaban del barro unos curiosos animales. Parecían sapos, pero con extrañas patas de insecto, patas de araña. Se sintió mareado por una potente sensación de asco. ¿Qué demonios era aquello? No podía retroceder. Aturdido, se alejó de allí a toda prisa y siguió vagando sin rumbo. Así lo hizo toda la noche.
Con las primeras luces del alba, Damián salió de la llanura y se encontró en la entrada de un bosque frondoso. Se sentía cansado, muerto de frío, cubierto de barro y completamente desanimado. Se sentó sobre una roca para intentar ordenar sus ideas. Llevaba toda la noche caminando, esperando desesperadamente despertarse en su cama. Ahora, lo tenía claro, esto no iba a ocurrir. Pensó en su vida, en Dana, en la mudanza del día anterior, y se sintió de repente tan deprimido que las lágrimas empezaron a brotar sin que pudiera reprimirlas.
Se levantó apesadumbrado, y comenzó a andar, en dirección al bosque. No tenía elección. Al adentrarse entre los grandes árboles, se encontró con una vegetación densa, casi impenetrable.  El sendero estaba invadido por la maleza, por lo que intentó desviarse a la derecha. Enseguida se lamentó de esta decisión. Unas plantas parecidas a las hiedras empezaron a enrollarse rápidamente alrededor de sus tobillos y a apretarle, cada vez más. Pronto, la presión de las hiedras constrictoras se hizo tan insoportable que un grito de dolor se escapó de sus labios. Con las fuerzas decupladas por el miedo, Damián arrancó con rabia las finas ramas de sus piernas, y regresó tan pronto como pudo al sendero.
A partir de allí, empezó a prestar más atención a todos los detalles del camino. Aquel sitio desprendía algo malévolo, lo notaba, la naturaleza que le rodeaba era peligrosa y hostil. Siguió caminando con todos los sentidos aguzados, hasta que empezó a notar algo. Creyó percibir un ruido de hojas secas, como si algo o alguien le estuviera siguiendo.
 En varias ocasiones, se giró rápidamente, pero solo consiguió ver sombras. Divisó confusamente animales parecidos a gatos, pero fue todo muy fugaz. Inquieto, apretó el paso, hasta que tropezó con una raíz y rodó por el suelo. En aquel momento, se desencadenó el ataque. Antes de poderse levantar, notó que le saltaban encima varios animales, sintió sus uñas hundiéndose cruelmente en su espalda. Se levantó como un resorte, y empezó a bracear con desesperación para deshacerse de sus atacantes. Mientras luchaba,  se dio cuenta, horrorizado, que se estaba enfrentando a una especie que jamás había visto antes. Los animales tenían cuerpo de gatos pero eran multicolores, y su cabeza recordaba la de los loros. Le costó mucho librarse de ellos, eran muy fieros y sus ataques dolorosos, pero por fin lo consiguió y cuando se fueron los gatos, salió corriendo por el sendero, como alma perseguida por el diablo.
Sus manos y sus piernas estaban cubiertas de heridas, y una de ellas sangraba abundantemente. Sin embargo, no se atrevía a pararse en aquel horrible lugar para curarse, tenía que continuar y alejarse de allí cuanto antes. Después de un tiempo que le pareció eterno, salió por fin del bosque.  Notó sobre su piel dolorida, el calor del sol que empezaba a brillar con fuerza. Cuando levantó la cabeza para mirar el cielo, observó que por el cielo de un azul perfecto, pasaba volando un grupo de tortugas gigantes. 
─Me estoy volviendo completamente loco ─pensó  alucinado─ nada de esto tiene sentido. Tengo que salir de allí, pero ¿cómo? ¿Cómo?
Se puso a correr  sin dejar de observar todo lo que pasaba a sus alrededor, hasta que divisó a lo lejos, una gran mancha azul: el mar. No había motivo para ello, pero de repente, se sintió mejor, aliviado. Por lo menos, podría lavar sus heridas y la sal actuaría de desinfectante. Por algún motivo, se sentía atraído hacia esta playa,  le parecía que en ella, podía estar su salvación. No dejó de correr hasta que llegó a las primeras dunas y se fue directamente al agua. Se zambulló en las primeras olas, y a pesar de estar el agua del mar helada, se sintió bien, por primera vez en muchas horas.
Con los nervios algo relajados por la temperatura del agua, Damián miró hacia la orilla y observó un grupo de palmeras, y un sendero que ascendía por la ladera de una abrupta colina. Salió del agua y se secó al sol durante una hora. Aprovechó este rato para descansar un poco, pero no se atrevió a dormirse. No se fiaba en absoluto de aquel lugar poblado por criaturas de pesadilla. Por fin decidió que era hora de reemprender la marcha. Atenazado por el hambre, se acercó a unas palmeras, con la esperanza de encontrar algo comestible. Cuando solo le quedaban algunos metros para llegar a los árboles, un coco impactó con fuerza sobre su pecho. Otro se estrelló contra su pierna, y un tercero estuvo a punto de darle en la cabeza. No se lo podía creer. Los árboles le estaban atacando, le estaban lanzando cocos con toda su fuerza. Aterrorizado, dio la vuelta y se puso a correr en dirección al sendero, mientras los cocos seguían cayendo a su alrededor.
Toda clase de ideas empezaban a bombardear su mente, empezaba a tener miedo de verdad. De pronto, le asaltó la idea de que no iba a salir de aquel lugar con vida, y un poderoso sentimiento de ira lo sublevó. ¿Qué demonios había hecho él para merecer esto? ¿Qué había podido hacer para encontrarse perdido en aquel universo malévolo? Fue entonces cuando lo comprendió. El atrapasueños, el atrapasueños en vez de retener los sueños positivos, le había sumergido en algunas de las horribles pesadillas que había capturado. Subió la cuesta rápidamente y cuando llegó arriba, se encontró de repente con una visión que le dejó sin palabra. Se encontraba en un lugar familiar, aquel era el sendero situado en la parte trasera de su casa. Lo reconoció en seguida porque se acordaba de haber visto este paisaje  por la ventana de su habitación. 
Una ola de esperanza aceleró su corazón, estaba cerca de casa, un pequeño esfuerzo más y saldría de aquel infierno. Siguió corriendo en dirección a la casa, y pronto, apareció, entre los árboles. Cuando estaba a punto de llegar, una nube de insectos gigantes le atacó. Parecían moscas, más grandes de lo normal y de un color turquesa muy raro, pero después de las primeras picaduras, tuvo que rendirse a la evidencia de que no eran simples insectos. De pronto, se sintió muy vacío, desmotivado, sin ganas de continuar, completamente deprimido. Las picaduras le habían robado las fuerzas, las ganas de luchar, la esperanza. Continuó avanzando pensando que si flaqueaba ahora, jamás regresaría a la realidad. Aquellas moscas le habían dejado sin voluntad alguna, pero su desesperación era tan grande que continuó.
En condiciones extremas, llegó a escasos metros de la casa, pero chocó contra lo que parecía una barrera invisible. Apenas se encontraba a cinco metros de la puerta principal, pero un muro intangible le impedía pasar.  Aterrorizado, cayó en la cuenta de que si no hacía algo rápidamente, jamás volvería al mundo real, a su vida  y se quedaría preso de aquella pesadilla para siempre. Entonces, de repente, se acordó de Dana. Había dicho que volvería el día siguiente, por la mañana. Tenía que estar allí dentro, estaba seguro, tenía que encontrarse en la casa.
Un alarido salió de su garganta, mientras sus puños golpeaban la pared invisible.
─Dana, ¿me oyes? Dana por favor, ¡Te necesito!
Damián gritaba con todas sus fuerzas, con la desesperación del que lucha por su vida, sabiendo que le quedan pocas esperanzas. Pero Dana no contestaba. O no le oía, o había faltado a su promesa y no había venido. No, no podía ser, ella jamás le había fallado antes. Confiaba en ella.  Decidió no rendirse, y volvió a gritar con todas sus fuerzas.
─ ¡Dana! Por lo que más quieras, ¡ayúdame!
Cuando ya se veía perdido y atrapado en  aquel universo malévolo para siempre, la ventana de su habitación se abrió y el rostro familiar de Dana apareció.
─Damián, ¿eres tú? No te veo. ¿Dónde estás?
Damián volvió a gritar con todas sus fuerzas hasta que su amiga por fin le vio.
─Pero ¿qué haces allí abajo en pijama? Entra en casa.
─Dana, escúchame ─gritó Damián enloquecido, golpeando con los dos puños la pared invisible─ no puedo, no puedo volver. Dana, ¿me oyes? Mírame, algo me impide pasar, algo que no consigo atravesar. Me tienes que ayudar.
─Te oigo Damián, no te muevas, ahora bajo.
─No bajes, ¡noooo!, gritó Damián histérico─. Por favor no bajes. Dana, escúchame, te lo suplico, el atrapasueños… Descuelga el atrapasueños. Quítalo de mi habitación, Pero hazlo ¡yaaaaaa!
Dana no entendía nada, pero la visión de Damián, en pijama en medio del jardín, con un aspecto lamentable, le impulsó a dejar de pensar, y hacerle caso sin cuestionar sus palabras. Volvió a entrar en la habitación, se subió a un taburete y sin pensarlo, arrancó de un golpe seco el atrapa sueños de su gancho.
En el mismo momento, la pared invisible cedió y Damián rodó por el suelo. Poco después, Dana abrió la puerta y se encontró cara a cara con su amigo. Era la viva imagen del miedo y de la desesperación. Pálido, cubierto de barros, con heridas sangrantes en brazos y manos, hematomas  por todas partes y un brillo de locura en la mirada, la abrazó con tanta fuerza que casi le hizo daño.
─Pero ¿qué te ha ocurrido Damián?, ¿De dónde vienes?
Damián iba a contestarle cuando vio que su amiga aún sostenía el malévolo atrapasueños, causante de todos sus desvelos. Con un grito salvaje, se lo arrancó de las manos y lo tiró lo más lejos que pudo, por encima del acantilado. Luego, miró hacia abajo, pero se dio cuenta de que no quedaba ni rastro de la playa donde se había lavado las heridas poco antes, dónde las palmeras le habían acribillado, lanzándole salvajemente sus cocos.
            El paisaje ya no era el mimo, todo lo que había visto había desaparecido, el atrapasueños se había llevado consigo su universo malvado, su naturaleza hostil, y los monstruos salidos de la imaginación de algún ser desequilibrado. ¿Los habría creado la mente del escritor? No se detuvo ni un segundo en pensarlo, estaba vivo, era lo único que le importaba. Volvió a casa, abrazó a Dana más tiernamente esta vez, y murmuró emocionado:
─No te puedes imaginar lo contento que estoy de verte, y lo mucho que te debo.
─Pero ¿qué dices tonto? ─contestó su amiga abochornada─. No sé lo que has estado haciendo esta noche, pero me lo vas a tener que explicar todo muy despacio. ¿Cómo te has hecho todas estas heridas?  Ni que hubieras estado luchando toda la noche. Parece que vuelves de las puertas del más allá.
─Ay Dana, es una larga historia ─murmuró Damián emocionado─ y creí por un momento que no iba a contarla. Verás, creo que todo empezó con el atrapasueños…

No hay comentarios:

Publicar un comentario