martes, 17 de marzo de 2015

La leyenda de Aymara


La leyenda de Aymara
Los lotos sagrados de la luz

Cuando sonaron las trompetas sagradas del templo, la esfera de cristal centelleante del oráculo empezó a vibrar y se alzó lentamente hasta situarse unos centímetros por encima de su pedestal. Poco después, se abrió como una flor, desplegando sus pétalos, y descubriendo una diminuta hélice central. Se elevó hacia el cielo girando sobre sí misma con un suave silbido, mientras lanzaba  una lluvia de destellos irisados sobre los habitantes de Onyria. Un murmullo admirado recorrió como una gran ola la asamblea. ¡La suerte estaba echada!
Conteniendo el aliento, los espectadores contemplaron boquiabiertos su gracioso revoloteo  debajo de la hermosa cúpula transparente del templo. De repente, se paró justo en medio de la estancia, en el punto más alto de la bóveda. Todos los ojos miraron hacia arriba, expectantes. La pequeña esfera se desintegró de repente en una explosión de luz. Miles de diminutas partículas luminosas cayeron formando un remolino que empezó a girar cada vez más de prisa hasta dirigirse como una flecha de luz hacia la persona que había sido escogida entre los asistentes.
─ ¡Aymara! ─ gritó la muchedumbre asombrada.
Y Aymara, aturdida, contempló con una mezcla de sorpresa y desconcierto su joven cuerpo bañado en la luz divina, a todos los habitantes de Onyria aclamándola de pie, a sus padres mirándola atónitos y apesadumbrados.
En aquel preciso momento supo que su vida acababa de dar un giro dramático, y que nada volvería a ser igual. El oráculo de la Diosa acababa de escogerla entre todos sus fieles para salvar a Onyria, y no estaba muy segura de estar a la altura de los acontecimientos que se avecinaban.

            Horas después, y terminada la ceremonia, Aymara se apresuró a regresar a casa. Sus padres eran mayores y se habían marchado mucho antes, agotados. La luz solar estaba menguando y a lo lejos, los primeros murciélagos gigantes empezaban a surcar los cielos. Tenía que volver antes que se hiciera de noche. Subió a lomos de su inseparable amiga Lían y dejó atrás las suaves colinas multicolores sobre las que se erigía el templo. Mientras la hermosa libélula volaba ligera por encima de la ciudad, Aymara contempló las cúpulas resplandecientes de Onyria, sus calles y sus puentes de cristal, la belleza de las plantas y las flores y no pudo evitar emocionarse. Su mundo, su hermoso mundo estaba amenazado.  Igneus, el dios del volcán, había despertado después de años, y siguiendo las instrucciones de Morlock, empezaba a expulsar cenizas y gases tóxicos.
Lían hablaba sin parar, intentando parecer animada pero Aymara la conocía  demasiado para no percibir su preocupación. Poco después, y con voz inaudible, Lían se sinceró.
            ─Onyria se está muriendo─ murmuró observando el cielo─ mira los soles, casi no se distinguen.
            Mientras señalaba a los dos astros gemelos, dejó escapar un pequeño sollozo. Aymara no supo qué contestar, y observó con tristeza cómo el delicado cuerpo azulado de la libélula temblaba de emoción. Estaba llorando.
            ─Esto es lo que quiere conseguir este monstruo ─añadió podo después apesadumbrada ─, destruir nuestro mundo y todas sus criaturas, acabar con la luz.
            ─¿Cómo hemos llegado  a este extremo? ─ preguntó Aymara─, la luz y la oscuridad siempre han existido, hemos vivido durante siglos en armonía, ¿por qué se ha destruido este equilibrio?
            ─Siempre han existido batallas entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad, y esto que llamas equilibrio quizás no haya sido más que una larga tregua─ explicó la libélula─. Por lo visto Morlock y sus murciélagos se han cansado de la paz.
            ─¿Así, de repente? ─preguntó la niña con los ojos llenos de lágrimas─ no lo puedo entender.
            ─No tan de repente amiga, te olvidas que el rey Morlock lleva años intentando desposar a Shaya, y por lo visto no ha podido soportar sus repetidos rechazos. No ha conseguido el amor de la Diosa, ni ha podido apoderarse de Onyria, así que ha decidido destruirla y acabar con su mundo.
            ─Nuestra diosa con este monstruo ─murmuró Aymara horrorizada─, no puedo ni imaginarlo.
            ─Tienes razón, sería inconcebible, impensable, la luz y la oscuridad no pueden unirse bajo ningún concepto…
            ─¿Pero por qué le está ayudando el Dios del volcán? ¿Por qué nos está asfixiando día tras día lanzándonos estas horribles cenizas?
            ─Igneus  es un Dios iracundo, impredecible. Lleva siglos adormilado y ahora que se ha despertado, está deseando exhibir su poder.
─¿Convirtiéndose en nuestro enemigo? ¿Por qué?
─Me imagino que Morlock le habrá prometido algo a cambio de su traición.
            ─Ya… y por desgracia ya estamos viendo su obra, las nubes son cada vez más densas, las cenizas empiezan a cubrir los árboles y los bosques, el calor de nuestros soles cada vez nos llega con más dificultad…        
            ─Aymara, agárrate, necesito posarme enseguida…
            ─¿Te encuentras bien Lían? ¿Qué te ocurre?
            ─Sin sol, sin luz ni calor, apenas tengo energía para volar, y cada día me siento más agotada. Además… este olor a azufre me pone enferma.
            ─Déjame aquí mismo y vete a casa amiga, continuaré andando.
            La libélula se posó suavemente en un claro del bosque. Aymara la abrazó tiernamente. Observó con pesar que los grandes ojos de su amiga estaban tristes y que sus maravillosas alas estaban perdiendo su brillo. Respiraba con dificultad, estaba enferma.
─¿Qué vas a hacer pequeña?─preguntó Lían antes de marchar─ estoy preocupada por ti. ¿Cómo piensas cumplir tu misión?
Aymara suspiró pensativa. Sus grandes ojos verdes reflejaban un total desamparo. En su larga melena negra, se habían depositado algunas cenizas traídas por el viento. No hacía frio pero la niña estaba temblando.
─No sé por dónde empezar, no soy una heroína. Acabo de cumplir quince años, y no entiendo por qué el oráculo de Shaya me ha escogido. ¿Cómo puedo yo salvar al pueblo de Onyria? ¿A quién pido ayuda? La diosa ya no está aquí para protegernos, y entiendo que se haya marchado para refugiarse en un lugar secreto, pero desde entonces, Morlock e Igneus se están haciendo cada día más fuertes. ¡Estamos perdidos!
Lían acarició el rostro de su amiga con una de sus delicadas patas y murmuró:
─Tú eres la elegida. Shaya te ha designado porque solo tú puedes lograrlo. Aún no comprendes cómo, pero todo se irá aclarando. Tienes que aceptar tu destino.
─Lo acepto, pero… no sé qué hacer, ni cómo cumplirlo. ¿Quién me podría aconsejar?
Lían reflexionó unos instantes y poco después sus ojos se iluminaron.
─Si hay alguien en Onyria capaz de ayudarte, es sin lugar a dudas Koriak.
─¿El decano de los búhos? 
─No sólo de los búhos, es el más antiguo habitante de Onyria, nadie conoce su edad y dicen que  su sabiduría es infinita.
─¿Cómo lo puedo encontrar y dónde?
─El te encontrará. Si de verdad le necesitas, responderá a tu llamada.
─Gracias Lían, lo haré. ¿Cómo vas a volver a tu casa si no puedes volar?
─Creo que aún tengo fuerzas para tele transportarme. No me gusta hacerlo pero no me queda más remedio hoy. Buenas noches.
La libélula desapareció  y poco después Aymara llegó a casa. Sus padres que llevaban horas esperando su regreso, estaban disgustados.  La decisión del oráculo ponía su única hija en peligro y por lo tanto se sentían abatidos, así que la cena transcurrió en una atmósfera algo triste. Aymara, que también se sentía algo deprimida, no fue capaz de tranquilizarles y prefirió retirarse pronto a su habitación.
Estaba a punto de quedarse dormida cuando una voz grave la llamó por su nombre.
─Aymara, ¡despierta!
Aymara se sobresaltó y miró por la ventana. En la repisa, bañado por la luz violeta de la luna, distinguió una silueta… un  búho.
─¿Koriak?
─ ¡Ábreme pequeña, tenemos que hablar!
Aymara saltó de la cama con el corazón acelerado por la emoción y abrió la ventana de par en par. El búho entró volando y se posó en la cabecera de la cama.
─Así que tú eres la elegida de Shaya, enhorabuena.
─No sé si alegrarme, creo que ha habido un error, yo no soy capaz… no sé cómo…
─Tranquila Aymara, el oráculo nunca se equivoca. Si te eligió, significa que tú y sólo tú puedes cumplir esta misión.
─¿Cómo puedo  librar a Onyria de la oscuridad, de las nubes de cenizas, conseguir que la luz de nuestros soles nos alumbre como antes? Tendría que vencer al rey Morlock y a su ejército de murciélagos y también al dios del volcán. Todos ellos tienen poderes maléficos y yo solo soy una niña.
─Tú también tienes poderes que ellos ignoran. Puedes comunicarte telepáticamente con tu pueblo, puedes tele transportarte, crear fuego y generar luz en caso de peligro. Y también… puedes volar si tu vida depende de ello. Los murciélagos no lo saben porque desconocen al pueblo de Onyria, son seres primitivos, casi ciegos, que rehúyen de la luz. En sus debilidades radica tu fuerza: tú eres luz, pureza, inocencia. Esta es tu magia y te ayudará en esta misión. Pero hay algo más.
─Espero que lo haya porque por mucho que me animes, me siento incapaz de salvar a mi pueblo, no sé por dónde empezar.
─No te desesperes ─murmuró el búho en tono reconfortante─ estoy aquí para ayudarte. Aunque te parezca imposible, tú puedes vencer a las tinieblas.
─¿Cómo? ─preguntó Aymara incrédula.
─Existe una flor, una delicada y maravillosa flor, capaz de acabar con la oscuridad y la negrura.  Se trata del loto sagrado de la luz. Crece en aguas cenagosas en el fondo de un pantano oscuro. Este paraje desolado se halla cerca de la morada del dios Igneus, lo llaman el  Valle sin retorno. Las semillas del loto germinan y crecen muy rápidamente. Buscan la luz y el calor y para conseguirlo se alimentan de la oscuridad, absorben las cenizas y las impurezas del aire devolviendo al ambiente su pureza.  Si eres capaz de llegar hasta allí y traer un puñado de sus semillas, habrás cumplido tu misión.
─Lo haré─ decidió la niña con los ojos brillantes─, iré hasta el Valle sin Retorno,  encontraré el loto sagrado y traeré sus semillas.
─Eres una chica valiente Aymara, la diosa no se ha equivocado al elegirte.  Descansa esta noche y mañana al alba nos pondremos en marcha. Te guiaré hasta la frontera de Onyria, pero solo hasta  allí. Después deberás continuar sola.

Aquella fue una de las noches más largas de la vida de Aymara. Transcurrió lentamente, poblada de pesadillas, murciélagos gigantes y negrura infinita. Vio en  sueños los lotos sagrados, sus semillas luminosas,  pero cada vez que las iba a recoger, desaparecían.
Por fin llegó el alba y Koriak tosió discretamente para despertarla. Aymara se levantó de golpe, se vistió, y después de dejar una nota a sus padres, salió de casa acompañada del búho. La luna violeta de Onyria aún se distinguía en el cielo, pero sus rayos no conseguían traspasar la atmósfera opaca, densa, cargada de cenizas y olor a azufre.
─Debemos apresurarnos ─ aconsejó Koriak─ Morlock y Igneus han decidido aumentar su asedio, Onyria se está asfixiando. ¡Mira el cielo!
Aymara contempló a lo lejos cómo las nubes oscuras se acumulaban en torno a las cúpulas del templo, quitándole la luz y el aire, y supo que si no lograba cumplir su misión, sería el fin de su mundo.
El camino era largo y difícil, Koriak se lo había avisado la víspera y debían recorrerlo andando. No podían bajo ningún concepto utilizar sus poderes para tele transportarse o recurrir a la magia. De hacerlo, Morlock los descubriría al instante. Siguiendo las instrucciones de Koriak, Aymara sólo se llevó un bolso, se vistió con ropajes oscuros y se recogió el pelo. Debía pasar desapercibida  y taparse, porque según el viejo sabio, la luz que emanaba su cuerpo podía atraer a  una de las especies más mortíferas del reino de las tinieblas: el vampiro fotófago. La mayoría de los murciélagos se solían alimentar de insectos, otros de bayas y muy pocas especies de pequeñas presas. Pero esta clase de vampiro, la más grande de todos,  se alimentaba de luz. Atacaba a las criaturas de Onyria y cuando conseguía morderlas, absorbía toda su energía dejándolas exangües.
Después de una larga y silenciosa caminata, Koriak y Aymara llegaron a los confines de Onyria, lugar donde se tenían que separar.
─Te deseo mucha suerte en esta empresa. Que el poder y la sabiduría de Shaya te acompañen Aymara. Acuérdate que estamos conectados, si necesitas consejo, llámame.
─Descuida Koriak, lo haré… muchas gracias por todo.
─Recuérdalo niña, tu pueblo depende de ti. Cuídate de los vampiros, no uses la magia a no ser que tu vida dependa de ello, y ten fe en ti misma. Puedes conseguirlo.

Poco después, Koriak se marchó y Aymara se encontró sola frente a un paisaje  siniestro. Divisó  a lo lejos el volcán emergiendo de la niebla y un poco más allá… el valle sin retorno, su destino. Pensativa, contempló la inmensa planicie que aún tenía que cruzar para llegar hasta allá. La vegetación era casi inexistente, sólo crecía una hierba escasa entre las rocas oscuras y un viento helado azotaba  la tierra estéril donde no se divisaba ni un árbol.
Calculó que necesitaría por lo menos una hora para atravesar este paraje desolado y la llanura no le ofrecía ningún lugar donde esconderse. Se acordó de los vampiros y se estremeció. Emprendió el camino a pesar del miedo que intentaba apoderarse de su espíritu y del frío que entumecía su cuerpo. La landa era un lugar inhóspito y solitario dónde se sentía amenazada y vulnerable. Tenía que salir de allí cuanto antes, no podía permitirse parar a descansar ni un minuto. Aquel lugar encerraba algo maléfico. Lo presentía.
La sensación de que alguien la seguía o la observaba se hacía cada vez más evidente. Aymara se paró y miró a su alrededor. El cielo, de un horrible color plomizo, estaba vacío. No había nadie delante ni detrás, sin embargo sentía una opresión, un malestar inexplicable.
Continuó su camino apretando  el paso, con la cabeza agachada y el cuerpo encogido, para no sentir el gélido abrazo del viento. Notó en varias ocasiones que algo le estaba acechando en la sombra y tuvo miedo de no ser capaz de continuar pero se sobrepuso. Quedaba poco para llegar al volcán, apenas unos metros, un esfuerzo más y lo habría conseguido. Cuando por fin lo logró, miró hacia atrás y sonrió. Alejarse de las lúgubres landas que acababa de atravesar, le producía una sensación de profundo alivio,  como si acabara de salvarse de un gran peligro.
Se sentó unos segundos en una gran piedra volcánica para descansar y beber un sorbo de agua. Fue en este preciso instante cuando  la atacó Rapax, el más cruel de los vampiros. No tuvo tiempo de ver de dónde había salido, se vio envuelta de repente en dos inmensas alas viscosas, vislumbró un horrible hocico de rata, dos dientes largos y afilados, notó un aliento fétido sobre su rostro, y sólo tuvo tiempo de pronunciar el conjuro.
─Invoco a Shaya, diosa de Onyria. ¡Que te ciegue su luz!
Un relámpago de luz de un blanco intenso deslumbró al animal que cayó retorciéndose en el suelo antes de huir despavorido. Aymara se levantó de un salto y se alejó corriendo sin mirar atrás, en dirección al volcán.
Tenía que darse prisa, acababa de utilizar la magia y esto avisaría sin duda a los murciélagos de Morlock. Era preciso alejarse de allí. En las laderas del volcán, el aire estaba casi irrespirable y grandes columnas de humo salían de su cráter. Aymara apretó el paso. Mientras corría en dirección al Valle sin retorno, echó la vista atrás, y vio que en el cielo volaban hacia ella decenas de murciélagos gigantes. ¡Estaba perdida!
─ ¡Koriak! ─llamó angustiada─ he usado la magia para librarme de un vampiro  y me han detectado los murciélagos. Estoy llegando al Valle sin Retorno… ¿Qué puedo hacer?
─Detente y ve hacia el cráter del volcán. Tienes que entrar en él y recoger azufre, todo el que puedas. Es fácil de reconocer por su color amarillo. Ve y llena tu bolso de esta substancia. No pierdas ni un instante.
Aymara no entendió por qué tenía que volver atrás para entrar en el cráter del volcán pero lo hizo sin cuestionarse. Tuvo que taparse la boca y aguantar la respiración mientras se adentraba en él y recogía las piedras de azufre. Mientras lo hacía, oía el estruendo provocado por Igneus, contemplaba atónita a unos metros de ella los gases, las piedras y las grandes llamas que vomitaba el Dios iracundo. Sintió que estaba a punto de abrasarse pero resistió hasta llenar su bolsa de azufre. Después, salió tan de prisa como se lo permitieron sus piernas temblorosas y se alejó a toda prisa hacia el Valle sin retorno.
Los murciélagos, que se habían cansados de surcar el cielo sin encontrarla,  habían desaparecido. El adentrarse en el cráter del volcán había sido muy útil para despistarles. Aymara se alejó del lugar y caminó durante horas por un aciago paisaje que solo inspiraba tristeza y desolación. Ni un árbol, ni un animal, ni un rayo de sol. Se sentía descorazonada por las nubes oscuras y maléficas y el viento gélido que azotaba su rostro pero contemplar esta tierra infausta le daba fuerzas para continuar. De no lograr su misión, Onyria se acabaría pareciendo a este infierno.
Por fin, después de dejar atrás las últimas colinas, se encontró delante del gran pantano, en el mismo corazón del  Valle sin retorno. Sus maléficas aguas cenagosas parecían encerrar una sorda amenaza, y todo estaba muy oscuro, como si se hubiera hecho de noche. Resultaba impensable que en un lugar tan tétrico pudiera crecer el sagrado loto de la luz.
─Koriak, estoy delante del pantano, pero no veo las flores por ninguna parte.
Todo está oscuro, los murciélagos se han ido pero creo que Rapax me ha estado siguiendo.
            ─Seguramente está esperando el momento oportuno para actuar. Para ver las flores tendrás que generar luz y mantenerla unos segundos hasta llegar hasta ellas. Para conseguirlo vas a tener que gastar mucha energía. Ten presente que en cuanto se apague la luz, Rapax te atacará y tendrá ventaja,  pues la oscuridad es su elemento. Y la única manera de derrotarlo será adelantándote a su ataque.
            ─¿Cómo?
─Haz un gran círculo de azufre alrededor de ti, será tu protección. Cuando el vampiro te ataque, préndele fuego y los vapores de la combustión lo mantendrán alejado. Quizá consigas escapar entonces.
─Tengo miedo Koriak, pero no por mí, sino por no conseguirlo.
            ─Lo conseguirás, estoy seguro. ¡Que Shaya te ilumine pequeña!
            Aymara cerró los ojos y respiró hondo, después se encomendó mentalmente a la diosa y después de unos segundos de concentración, reunió toda su energía y pronunció la frase:
            ─Que brille la luz de Shaya!
            El pantano se iluminó de repente y los ojos incrédulos de Aymara contemplaron dentro del agua un grupo de flores maravillosas: los lotos sagrados de la luz. Desgraciadamente, se dio cuenta también que el lugar estaba infestado de murciélagos, miles de ojos rojos relucían en la sombra, siniestros. Morlock había mandado su ejército tras ella y allí estaban, listos para atacar.
“Que Shaya me ampare” ─murmuró Aymara. y se puso a correr con desesperación hacia las flores. Al llegar cerca de ellas, formó rápidamente un gran círculo de azufre en el suelo vaciando el contenido de su bolsa y corrió hacia el agua. Se quedó sin respiración cuando se sumergió en las gélidas aguas. Los lotos se encontraban solo a cinco o seis pasos, pero el agua le llegaba al pecho cuando las alcanzó. Recogió a toda velocidad  todas las semillas que pudo guardar en su bolso y volvió hacia la orilla manteniéndolo en alto para que no se mojara su preciado botín. La luz que emanaba de su cuerpo ya estaba menguando y los murciélagos aleteaban, nerviosos.
Apenas estuvo fuera del agua,  saltó al interior del círculo protector justo antes de que se apagara la luz. Un gran ruido de alas le confirmó que el ataque había comenzado. Al borde del agotamiento, reunió sus últimas fuerzas para lanzar una llamarada que encendió el azufre. Las llamas azules empezaron a arder, produciendo nubes de gases sulfurosos. Los murciélagos se lanzaban una y otra vez contra el círculo protector y caían aturdidos después de rebotar contra esta barrera tóxica.
En aquel instante aparecieron sus dos enemigos Rapax y Morlock. Se lanzaron sobre ella con las alas abiertas. El círculo de fuego los detuvo en un primer momento, pero volvieron una y otra vez, furiosos, enseñando sus fauces. El resto de los murciélagos les apoyaban agolpándose alrededor del círculo,  amenazantes. No podía escapar. Aymara, al borde del agotamiento, visualizó el volcán, y con un último estallido de energía se tele transportó hasta allá.
Rodó por el suelo, aturdida. Afortunadamente, había conseguido llegar al otro lado de las peligrosas landas y no había rastros de los murciélagos, no habían tenido tiempo de reaccionar. Pero su alivio fue de corta duración. No había contado con Igneus. Una gran explosión la hizo sobresaltarse, el volcán entraba en erupción. Cuando se puso a correr, la lava incandescente bajaba en grandes ríos por la ladera de la montaña. Unos rugidos aterradores resonaban, el Dios estaba furioso, había decidido encargarse personalmente de ella. Apretando contra su cuerpo su precioso botín, siguió corriendo para escapar a la muerte.
─¿Aymara?¿Dónde estás? ─preguntó la voz de Koriak en su cabeza.
─He salido del valle y tengo las semillas, pero no sé si lo conseguiré. Igneus se ha despertado y me persigue.  La lava me está alcanzando…
─¡Corre pequeña, corre, por lo que más quieras!
─No puedo más, no me quedan fuerzas, no lo voy a conseguir.
─Entonces invoca a Shaya y vuela, es tu última oportunidad.
─Pero ¿Cómo? Nunca lo he hecho antes…
─ ¡Simplemente, hazlo!
Aymara notó a sus espaldas el aliento abrasador de Igneus y reuniendo sus últimas fuerzas, abrió sus brazos de par en par, y saltó con todas sus fuerzas gritando:
─Shaya, ¡Ayúdame!
Toda sensación de gravidez desapareció y Aymara se elevó suavemente por el cielo. Incrédula y aturdida, contempló la tierra allá abajo, los ríos de lava que habían estado a punto de  sepultarla, el volcán furioso vomitando su odio y su cólera. Sintió con alivio el viento fresco en sus cabellos y por un momento lo olvidó todo, embargada por la euforia, la alegría indescriptible de volar. La frontera de Onyria estaba cerca y mientras apretaba contra su cuerpo las semillas del loto sagrado, se sintió profundamente feliz y emocionada. ¡Lo había conseguido!
─Koriak, estoy volando, lo he conseguido, estoy volando…
─Shaya no se equivoca nunca en sus elecciones Aymara, sabía que tú podrías salvar a Onyria y así fue. Así que regresa a casa amiga, tu pueblo te espera.

Aymara dejó atrás la siniestra tierra de las tinieblas y continuó su vuelo con el corazón henchido de alegría y emoción. Cuando por fin cruzó la frontera y divisó las primeras cúpulas de cristal de su tierra, supo que su misión había terminado y un sentimiento de plenitud  la invadió.
Sin saberlo, había entrado a formar parte para siempre de la leyenda de Onyria.

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