sábado, 4 de abril de 2015

El gran viaje del guerrero sin nombre











El gran viaje del guerrero sin nombre

 

La imponente silueta del guerrero  se recortaba, solitaria, sobre  la inhóspita inmensidad  nevada. Bajaba lentamente por la ladera escarpada, hundiéndose en la nieve que le llegaba casi hasta las rodillas, encogiendo el cuerpo para resistir al gélido abrazo del viento. A pesar de su voluntad inquebrantable, sus fuerzas empezaban a flaquear. Llevaba horas caminando por la montaña, alejándose para siempre de lo que había sido hasta ahora su poblado y su vida, el clan del Reno Blanco.    

La tormenta que había estallado una hora antes, le sorprendió antes de que pudiera buscar refugio. El tiempo estaba empeorando por momentos.  El guerrero se detuvo un instante para recobrar el aliento, respiró hondo, y miró hacia atrás. La nieve no paraba de caer, casi había borrado las profundas pisadas que había dejado. Pronto no quedarían huellas de su paso por aquel paraje, ni siquiera en el recuerdo. Estaba completamente solo en medio de aquel universo blanco, caminando sin rumbo, con el cuerpo entumecido por el frío, y el corazón lleno de amargura.

¡Desterrado! 

Esta palabra resonaba una y otra vez en su cabeza, mientras el viento rugía, alborotando sus largos cabellos rubios. No podía borrar de su mente los últimos acontecimientos que habían hundido su destino en la adversidad. El día anterior, que tenía que haber sido el día más glorioso de su existencia, había sido el de la vergüenza. No había superado la prueba de valor, a la cual se tenían que someter todos los jóvenes varones del clan a los dieciséis años.  No se lo habían permitido. Cuando se había despojado de su ropa para unirse a los compañeros de su edad, y luchar con el torso desnudo en la nieve, tal como marcaba la tradición de los guerreros del Reino de Hielo, el brujo había levantado la mano para detener la ceremonia. Luego, llamándole por su nombre, le había hecho colocarse en medio del grupo y había señalado desdeñosamente una marca, una extraña marca encima de su hombro izquierdo. Todos se habían apartado de inmediato, mostrando su rechazo.

─No eres de los nuestros ─había declarado el brujo despectivamente─. Esta marca lo demuestra, no perteneces a nuestro clan.

─Pero yo… he nacido aquí ─ había respondido abochornado─,  yo siempre he vivido con vosotros, esta marca no significa nada. Mi madre…

─Ella ya no está entre nosotros para defenderte ─le había interrumpido el brujo─. Nunca quiso decir quién era tu padre, pero ahora lo comprendo, está claro que no fue uno de nosotros. Todos los hombres del clan del Reno Blanco llevan nuestra marca al nacer, todos menos tú. Tendrás que marcharte.

─No tengo a donde ir ─había protestado débilmente el guerrero─, lejos de la aldea, no sobreviviré al invierno. 

─Mañana al alba, saldrás del poblado para no volver nunca. A partir de ahora, ya no eres nadie aquí, y jamás volverá a ser pronunciado tu nombre.

¡Proscrito! Se había convertido en un proscrito sin nombre, sin familia ni identidad. La tempestad arreciaba entorno a sí,  pero más fuerte rugía la cólera en su interior. De pronto, cayó de rodillas en la nieve y, levantando el puño hacia al cielo, dejó estallar el dolor y la rabia que llevaba dentro. Su largo gritó desgarró el silencio.

La montaña pareció estremecerse y, con un rugido profundo, respondió a su desafío. El guerrero giró la cabeza,  miró hacia atrás y se quedó por un instante paralizado por el estupor. Una impresionante masa de nieve bajaba hacia él, a una velocidad vertiginosa, engullendo todo a su paso. Antes de que pudiera encomendarse a los dioses de sus ancestros, la avalancha le vino encima y le arrastró.

Ocurrió muy rápidamente, en apenas unos segundos. El guerrero no tuvo miedo, ni siquiera tuvo tiempo. De pronto todo se volvió frío, oscuro y muy quieto. No podía moverse ni sentía dolor. Entonces, supo que había muerto.

 

Muruk salió despacio de la cueva donde se había refugiado cuando empezó el alud,  miró entorno a sí, y olisqueó el viento. Algo llamaba poderosamente su atención, algo que no acertaba a identificar. Después de unos segundos, esta sensación desapareció, así que decidió marcharse,  y regresar junto a los suyos. Pero en el momento en que se alejaba, volvió a olerlo otra vez, era algo extraño, diferente. Sin pensarlo más, dio la vuelta, tenía que averiguar de qué se trataba.

Siguiendo el rastro, empezó a ascender por la ladera de la montaña, donde el alud había dejado una gruesa capa de nieve. Se hundía a cada paso, pero el olor que se hacía cada vez más penetrante le impulsaba a continuar. Ya estaba cerca, faltaban solo unos metros… Se detuvo de repente. ¡Allí! Aquello estaba allí debajo.

Se puso a rascar enérgicamente, con las dos patas delanteras. Al principio fue fácil, la nieve era ligera y polvorosa, pero a medida que avanzaba, la encontraba densa, más endurecida, y le costaba mayor esfuerzo. Muruk no desistía, y el agujero que cavaba se hacía cada vez más profundo. Pronto, pudo introducirse casi entero en él. El olor le llegaba ahora con fuerza y le alentaba a seguir. Faltaba poco, lo sabía…

Aparecieron primero unos mechones de pelo rubio, luego un rostro cuya palidez reflejaba la cercanía de la muerte. Sin embargo, cuando le olio y le lamió, supo que aquel ser aún vivía. ¡Tenía que sacarle de allí! Empezó a rascar frenéticamente el suelo alrededor de su cara para intentar agrandar el túnel que había cavado, pero la nieve se estaba poniendo cada vez más dura. No llegaría a tiempo. Tenía que pedir ayuda.

No podía darse la vuelta, así que salió  del estrecho túnel hacia atrás, todo lo rápido que se lo permitieron sus patas que empezaban a entumecerse. Luego, levantó la cabeza hacia el cielo, y emitió un largo aullido. Al rato, le respondió otro inconfundible.  ¡Nukka!

Poco después apareció una loba blanca, acompañada de dos lobos jóvenes, su familia. Se pusieron inmediatamente a cavar con todas sus fuerzas y, poco después, desenterraron el cuerpo del guerrero. Muruk, el más fuerte, lo arrastró hacia fuera y  sus hijos se tumbaron alrededor del guerrero para darle calor. Nukka se estiró con delicadeza encima de él y le lamió suavemente hasta que por fin, pareció recobrar el conocimiento. Entonces, entre los cuatro, le arrastraron sobre la nieve, hasta llegar abajo de la ladera.

 El guerrero sintió un rayo de sol sobre su rostro y parpadeó. Siempre había pensado en el mundo de los muertos como en un lugar húmedo y tenebroso, pero se sentía bien, extrañamente bien, y todo le parecía cálido y luminoso.

─Por fin has despertado ─murmuró una voz femenina en algún lugar de su mente.

Abrió los ojos y sonrió. Una gran loba blanca estaba estirada a su lado y le miraba con ternura.

─¿Quién eres? –preguntó la voz.

─No tengo nombre, ya no ─murmuró el guerrero que empezaba a recordar─ pero no creo que en el mundo de los muertos me vaya a hacer falta.

─Tú no estás muerto ─murmuró la voz─ levanta los ojos y mírame, mira entorno a ti.

El guerrero levantó la vista y la vio. Primero, sus ojos se perdieron en dos ojos rasgados de color violeta que le miraban con curiosidad. Luego, su mirada acarició un rostro angelical, un pelo largo de color fuego, un cuerpo diminuto pero delicado y hermoso.

─¿Quién eres? ─balbuceó sorprendido─. Pensaba que era la loba, la que hablaba en mi mente.  

─¿Nukka? ─preguntó la hermosa criatura con una carcajada─ No, ella no habla tu idioma, pero yo sí. Soy Yakone.

─A qué raza perteneces, Yakone?

─A las hadas de la luz, ¿y tú?
─Yo… no lo sé, ya no sé quién soy. 
─Muruk y Nukka te encontraron sepultado en la nieve, en la ladera de la montaña. ¿De dónde venías? ¿Del poblado del clan del Reno Blanco?
─No lo recuerdo ─mintió el guerrero girando la cabeza.
─Quizás te interese saber que este poblado fue destruido por la avalancha hace una semana ─murmuró el hada─,  y que  nadie se salvó.
─No puede ser ─murmuró el guerrero impactado─ todos han muerto…  ¿Por qué he sobrevivido yo? ¿Llevo una semana aquí?
─Así es. ¿Crees en el destino?
─Ya no sé en lo que creo…
─Pues el destino ha querido que te salves, cuando todos los de tu clan han muerto…Era tu clan, ¿verdad? ¿Por qué te marchaste?
─Por esto ─murmuró el guerrero destapando su hombro y enseñando la marca que había cambiado su vida. Me echaron por esto, porque según decían, esta marca demostraba que no era uno de ellos. ¿Qué tendrá que ver el destino con todo esto?
─Soy un hada de la luz, no una adivina, pero creo que esta marca te salvó la vida. Debes averiguar por qué. Necesitas saber quién eres, de dónde vienes, porque solo así, podrás encaminar tu vida.
─¿Dónde me encuentro Yakone?
─En Iridessa.
─¿Iridessa? ─balbuceó el guerrero atónito. ¿Qué lugar es este?
─Es el Reino de la luz ─sonrió Yakone─.  Los lobos te han salvado y nos han avisado. Son nuestros aliados desde hace muchos siglos. Ha sido complicado traerte hasta aquí, eres muy grande y fuerte y nos costó mucho cruzar contigo el río helado, pero hemos unido nuestra magia y entre todos,  lo hemos logrado.
─¿Por qué lo habéis hecho?
─Por muchas razones ─susurró el hada─, sobre todo porque respetamos la vida en todas sus formas y la protegemos siempre que nos es posible, pero también por eso─ añadió, enseñando la marca de su hombro─, los lobos lo vieron cuando te sacaron de la nieve.
─¿Conoces esta marca? ¿La habías visto antes? ─ preguntó el guerrero esperanzado.
─Por supuesto que sí, pero tienes que descubrir su significado tú solo, debes reencontrar tu camino y tus orígenes.
─¿Y el reino de hielo? ¿Dónde quedó?
─Lejos, lejos en la distancia y también en el pasado.  Iridessa se encuentra al sur de tu tierra, mejor dicho, de la que fue alguna vez tu tierra.
─No creo que vuelva nunca ─observó con amargura el guerrero.
─No debes mirar atrás, guerrero, debes pensar que de alguna manera, has muerto en la avalancha. Ahora eres un hombre nuevo, y tienes un largo camino que recorrer. Y para iniciarlo, para viajar, necesitarás un nombre, por lo menos hasta que sepas quien eres.
─Yo no puedo escoger mi propio nombre, los padres son los que dan los nombres a sus hijos al nacer, pero a mí, no me queda familia.
─Acabas de nacer,  y ya que los lobos te han encontrado, ¿qué tal si te ponen ellos un nombre?

El guerrero asintió. Yakone habló con Nukka y con Muruk y su respuesta fue inmediata.
─Te llamaras Inuk ─anunció Yakone─, Inuk el viajero.
─Por qué Inuk? ¿Qué significa?
─Inuk significa hombre, solo esto. De momento es lo que eres, solo un hombre. Cuando sepas quién eres de verdad, podrás cambiarlo o añadir algo más, pero hasta entonces, serás Inuk.
─ ¡Que así sea! ─murmuró Inuk, agradecido─. Mañana, haciendo honor a mi nuevo nombre, me pondré en camino.
─Que los dioses guíen tus pasos y protejan tu viaje ─murmuró la voz de Yakone en el fondo de su mente─. No te olvidaré, tienes un sitio entre nosotros, y serás bienvenido siempre que quieras volver.
─Yo tampoco te olvidaré Yakone, ni a vosotros Muruk y Nukka, os debo la vida.
 El día siguiente al alba, se despidió de Yakone un hombre nuevo, Inuk el viajero. Ya no se parecía en nada al joven proscrito que caminaba sin rumbo, con el corazón lleno de ira y de vergüenza. Los acontecimientos le habían hecho madurar muy de prisa, y el hecho de haberlo perdido había dejado un extraño vacío en su espíritu. Había recogido su pelo rubio en una larga trenza, anudado un lazo de cuero en su frente, y cambiado las pieles de reno que siempre había vestido, por un pantalón de paño oscuro y una túnica blanca,  con un cinturón de cuero. En el Reino de la luz, el invierno no existía y la temperatura era suave. Para Inuk, el frío ya solo era un recuerdo, y el dolor se había mitigado. Sus ojos grises no reflejaban ya rabia, ni sed de venganza, sino tranquilidad  y seguridad. Yakone y los lobos no sólo habían salvado su vida y curado su cuerpo, sino que también habían conseguido  sanar su alma.  
Inuk inició su viaje hacia el sur, alejándose cada vez más del Reino de Hielo,  sin más proyecto que el de ir a donde le llevasen sus pasos. Cuando descubrió Iridessa y su vegetación exuberante, comprendió por qué lo llamaban el reino de la luz. Encontró paisajes de todos los colores, montañas turquesas y valles violetas, playas blancas y bosques de color esmeralda Se cruzó con criaturas extrañas que jamás había visto y ninguna de ella demostró agresividad ni violencia. Aquella era sin lugar a dudas una tierra de paz y su estancia, aunque breve, llenó su corazón de serenidad y su alma de luz.  
Una semana después, el paisaje empezó a cambiar y la vegetación a escasear. El suelo se volvió pedregoso, y el aire seco  se tornó cada vez más irrespirable. Por fin, una mañana, divisó las primeras rocas  del desierto que según le había avisado Yakone, marcaban la frontera de Iridessa con el reino vecino: Kebakaran.
 Allí empezaba un mundo desconocido y lleno de peligros. Sus amigos le habían prevenido, las criaturas que poblaban el Reino del Fuego no eran amistosas ni pacíficas,  las temperaturas eran insoportables y el agua escasa. Kebakaran era un auténtico infierno, y cruzarlo podía suponer la muerte de cualquier viajero. Pero Inuk no era un viajero cualquiera.

       Después de llenar su odre de agua de la última charca, puso en orden sus escasas pertenencias. Sacó de su bolsa un cuchillo que se ató firmemente a la cintura. Acarició con nostalgia la piel de reno que le protegía del frío durante las noches, era el único recuerdo de su anterior modo de vida. Se comió los últimos dátiles que le había dado Yakone antes de partir de Iridessa. El cielo era de un azul oscuro, sin rastro de nubes, cuando se puso en marcha.

       Desde el momento en que se adentró en el desierto de Kebakaran, Inuk se encontró incómodo, con la extraña sensación de sentirse observado. Sin embargo, por mucho que mirara entorno a sí, no veía más que una planicie aciaga y solitaria, que parecía no tener fin. A mediodía, el calor ya se había vuelto tan insoportable, que decidió parar  para descansar, y buscar algún lugar donde resguardarse del sol abrasador. Pero todo fue en vano, no halló ni un árbol, ni una sombra.

       Agotado, se despojó de su túnica y cayó de rodillas sobre la tierra resquebrajada por la sequía.  Impotente, levantó la mirada para contemplar un cielo de un despiadado color azul marino,  donde el sol brillaba, indiferente a su sufrimiento.

       ─ ¡Agua! ─rugió con desesperación golpeando el suelo con su puño cerrado. 

       Un trueno le contestó,  retumbando con tal fuerza que todo pareció estremecerse. La tierra tembló, un gran relámpago rasgó el cielo, y la tormenta se desencadenó. Mientras una lluvia torrencial caía sobre su cuerpo, Inuk miraba sin comprender su puño cerrado que parecía haber provocado la furia de la naturaleza. Se levantó aturdido, y en aquel momento le vio.

       El guerrero de piel oscura se encontraba de pie, a unos metros de él, aguantando impasible la lluvia que caía con fuerza. Inuk miró su imponente estatura, y se dio cuenta, atónito que casi le doblaba en altura. Jamás había visto un ser humano tan alto, si es que aquella criatura era humana. Los ojos negros del guerrero le miraron desafiantes, sin demostrar ninguna clase de emoción. Luego, desenvainó una gran espada y dio un paso hacia delante.

       ─No he venido a esta tierra para matar ─declaró Inuk  sorprendido por su reacción─, estoy de paso, soy un viajero, no un guerrero.

       ─¿Qué buscas? ─preguntó el guerrero receloso.

       ─Mis raíces, quiero saber de dónde vengo y quién soy.

       Los ojos del guerrero gigante le miraron con atención y cuando se posaron sobre la marca de su hombro, su expresión cambió. Guardó su espada lentamente, dio un paso hacia atrás y murmuró:

       ─Sigue tu camino, viajero, estás aún muy lejos de tu tierra. Cuídate de las bestias irracionales, no sabrán reconocer tu marca ni la respetarán.

       ─¿Qué sabes de esta marca? ─preguntó Inuk con la esperanza de saber algo más.

           

       Antes de que se pudiera dar cuenta, el guerrero gigante había desaparecido sin contestar a su pregunta. Inuk se quedó de pie, viendo como se alejaba, con un sentimiento de impotencia. Con los brazos abiertos, dejó que el agua corriera libremente por su cuerpo.  La lluvia duró poco, solo unos minutos, y cesó tan repentinamente como había empezado.

       Inuk volvió a vestirse y, con ánimos renovados, reemprendió su camino, pensando en el enigmático guerrero gigante que había renunciado a luchar con él, al observar su marca de nacimiento. ¿Qué podía significar aquello? A causa de esta marca le habían desterrado los de su clan, le había acogido Yakone, y le había perdonado la vida el guerrero de piel oscura.

       Dio vueltas a estas preguntas durante toda la tarde, mientras caminaba por el desierto, sin más compañía que la de un sol implacable. Jamás antes se había sentido tan solo ni tan pequeño frente a la adversidad. ¿Dónde se habían escondido todas las criaturas de Kebakaran? 

Sus ojos cansados escrutaron el horizonte sin divisar nada reconfortante, piedras, tierra resquebrajada por el sol, hasta donde alcanzaba la vista. Aquello parecía no tener fin. De repente, le pareció divisar una pequeña nube de polvo. ¿Sería un espejismo? Con la manga de su túnica, frotó sus ojos sudorosos. La nube estaba creciendo muy rápidamente. Algo o alguien se estaba acercando. Pronto, la polvareda creció hasta oscurecer todo el horizonte,  como si un ejército entero se estuviera acercando al galope. Por instinto, Inuk agarró la navaja que llevaba colgada de su cinturón, apretó el paso  y se preparó a luchar. Cuando por fin sus ojos distinguieron lo que causaba la polvareda, supo que no iba a tener la mínima oportunidad de combatir. Decenas, cientos de lagartos gigantes se arrastraban a toda velocidad hacia él, enseñando sus fauces amenazantes. No había nada que pudiera detener aquel ejército de reptiles, nada salvo… Se imaginó de repente el desierto en llamas, y los lagartos huyendo despavoridos.

─ ¡Fuego!  ─Gritó con todas sus fuerzas─. ¡Necesito fuego!

En aquel momento, el desierto empezó a arder. Una barrera de grandes llamas se elevó de repente, cortando el paso a las hordas de reptiles que se empezaron a dispersar, reptando en todas las direcciones. El espectáculo era dantesco, el fuego devoraba sin piedad los lagartos que intentaban cruzarlo, y las bestias se retorcían abrasadas, mientras negras columnas de humo oscurecían el horizonte, propagando un horrible olor a carne quemada.   

       Cuando todo hubo terminado, Inuk se sentó sobre una roca. Contempló con un profundo asco, el suelo cubierto de cadáveres de lagartos chamuscados. ¿Cómo había sido capaz de provocar aquello?  Primero había sido la avalancha, luego la tormenta, y ahora el fuego. Miró sus manos, sin comprender… ¿Qué clase de poder encerraban?

       Encima de él, el sol brillaba con todas sus fuerzas y los buitres ya volaban en círculo, esperando el momento de dar buena cuenta de los restos de la batalla. Era mejor alejarse de aquel lugar cuanto antes. Inuk reanudó su viaje con amargura, con el alma abrumada por el pesar de haber sido el causante de tanta muerte. Solo quería seguir su camino, no deseaba luchar, ni causar daño a nadie, pero parecía que hacer uso de la violencia era imprescindible para sobrevivir en aquella tierra inhóspita. Le reconfortó pensar que pronto saldría del Reino de Fuego. Según Yakone, el país era pequeño y se podía cruzar en unas horas. Pero le quedaba un último desafío: atravesar el puente que cruzaba el río de fuego para salir de Kebakaran.

      Una hora después, el aire empezó a traer cenizas y la temperatura se volvió casi insoportable. El viento abrasador había quemado la tierra que estaba completamente carbonizada. Inuk divisó el puente a los lejos, y las grandes llamas que subían del río. No había criatura humana capaz de acercarse y cruzar el puente. Bebió las últimas gotas de agua que quedaban en su odre y respiró hondo. Tenía que salir de aquel infierno,  no tenía alternativa y nada ni nadie le iba a detener. 

      El puente estaba cerca ya, a tan solo unos metros, pero el calor era asfixiante, el humo irrespirable quemaba los pulmones. Inuk se detuvo impotente, mirando el rio de fuego que convertía Kebakaran en una trampa mortal.

      ─ ¡Aire! ─ gritó sin aliento─ ¡Aire!─ volvió a gritar justo  después, con todas sus fuerzas.

      Entonces un gélido viento huracanado se levantó y se puso a soplar con fuerza, despejando el puente de sus llamas y abriéndole paso. Con un gesto pidió más, y el aire se precipitó con fuerza hacia el río haciendo recular las inmensas llamas que terminaron por apagarse. Entonces, satisfecho, cruzó el puente, mirando con orgullo como su poder había apagado para siempre el rio de fuego, y liberado la tierra de aquel maleficio.

      Se alejó de Kebakaran sin saber a dónde le llevaban sus pasos. Yakone no había podido decirle más. Nadie había conseguido jamás cruzar la tierra de fuego y volver para contarlo. Inuk siguió caminando con  la esperanza de respirar un poco de aire fresco y encontrar paisajes más agradables, pero la densa cortina de humo parecía continuar por el otro lado del río. La atmósfera era densa, el aire pestilente, y no había rastro de vida ni de vegetación. Pronto, encontró unas dunas de oscuras arenas que atravesó sin dificultad. El terreno cambió paulatinamente, la tierra substituyó  a la arena y se volvió cada vez más húmeda. Sus pies empezaron a hundirse en el suelo cenagoso. La luz cada vez más escasa, y el ambiente tétrico ralentizaban su marcha y pesaban sobre su alma. ¿En qué clase de mundo se encontraba ahora? Divisó en la oscuridad lo que parecía un pasadizo de piedra, que atravesaba lo que se había convertido en una auténtica marisma. Se hizo de noche en cuestión de minutos. Inuk miró el cielo oscuro donde la luz de la luna, rodeada de niebla, brillaba sin fuerza. Entonces empezó a oír las voces. Primero, fueron apenas audibles, como susurros. Luego crecieron, y se convirtieron en gemidos ahogados, en llantos desconsolados. Entonces distinguió en las aguas cenagosas, rostros y brazos elevándose hacia él en busca de ayuda. Su mirada horrorizada contempló aquel abismo de almas en pena, creyó reconocer entre ellas, los rostros de los que fueron alguna vez sus amigos, sus hermanos, la gente del clan del Reno blanco, y su corazón se conmovió. Oyó como le llamaban con desesperación por su nombre antiguo, y a pesar de no albergar rencor, no pudo hacer nada para ayudarles. Por mucho que tendiera sus manos hacia ellos para rescatarles, jamás conseguía alcanzarles, estaban separados por un  abismo de niebla y oscuridad que nadie podía vencer. Entonces comprendió que se hallaba en el Reino de la Oscuridad. ¿Por qué le habrían guiado sus pasos hacia allí? ¿Qué hacía él en la tierra de los muertos?

─Grandes son tus poderes viajero─, contestó una voz profunda que surgió de las tinieblas─, pero no hay nada que puedas hacer para los que se fueron. La marca que llevas te protege, y te ayudará a salir con vida de las marismas del más allá. Pero solo te está permitido cruzar esta tierra maldita, no puedes ni debes interferir en ella. Continúa tu camino, viajero, y vete en paz,  pero no regreses jamás.

      Apesadumbrado, Inuk siguió caminando en las tinieblas, sin atreverse a mirar atrás. Tenía frío, y sentía un profundo desasosiego, pero notaba como su corazón latía desbocado dentro de su pecho. Significaba que estaba vivo, y esto era lo único importante. Debía alejarse cuanto antes de las ciénagas del más allá.

Caminó sin descanso toda la noche, y con las primeras luces del alba, salió de la marisma. El paisaje por fin se volvió agradable y la vegetación exuberante. Llenó sus pulmones de aire limpio, respiró el olor de las flores, y caminó entre árboles frondosos. A media mañana, llegó a una pequeña playa de arenas blancas. Una suave brisa le trajo perfumes marinos y acarició su rostro. Las palmeras balanceaban lentamente sus ramas, y la temperatura era fresca y agradable. Se encaminó hacia el mar y se sumergió completamente en sus suaves olas. Permaneció en el agua durante largos minutos para purificar su cuerpo y su alma.

      Al salir, se dejó caer sobre la arena con los brazos abiertos de par en par, y contempló el cielo azul donde pasaban unas pequeñas nubes algodonosas. Se durmió agotado, sin saber que por fin había acabado su viaje.

      Cuando se despertó, horas después,  el sol brillaba muy alto en el cielo. Se sentó, y miró entorno a sí. Vio rostros dulces y hermosos, niños, mujeres y hombres, y observó en sus hombros una marca que conocía muy bien.

       ─¿Dónde estoy?─preguntó aturdido.

       ─En el reino de los dioses ─murmuró una niña con una sonrisa maravillosa.

       ─¿Acaso soy un Dios?─ balbuceó Inuk aturdido.

       ─Eres hijo de un Dios─ contestó una voz profunda, y todos se apartaron para dejarle pasar.

─Pero yo soy Inuk, el viajero, solo soy un hombre.

─Ya no hijo mío, es hora de que conozcas tu verdadero nombre y tu familia. Eres Bjorn, hijo de Sigurd, dios del trueno, de la lluvia y del viento. Has superado todas las pruebas de valor y coraje que se te han presentado, has demostrado nobleza y voluntad y por ello has ganado el derecho a llevar tu verdadero nombre con honor. Bienvenido a casa, hijo mío.

Bjorn se levantó, abrazó a su padre y saludó a su pueblo. En su mente desfilaron las imágenes de su pasado, en el Reino de los Hielos. Pensó en todas las aventuras que había tenido que vivir y sonrió. Por fin sabía quién era, por fin había encontrado el camino de vuelta a casa.

 

 


2 comentarios:

  1. Me ha gustado el relato. Demuestra la capacidad de la autora para trasladar al lector hacia diversos mundos de fantasía en compañía del protagonista en la búsqueda de su identidad. El relato enseña también que una característica personal puede ser motivo de rechazo en un contexto determinado sin que ello signifique que sea algo negativo, sino el principio de un nuevo comienzo que revela la auténtica identidad. Enhorabuena Michelle!

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  2. Muchas gracias por detenerte en mi página y tomar el tiempo dejarme tu opiión. Agradezco tus comentarios Jesús y me alegra que te haya gustado.
    Espero volverte a ver pronto por aquí. Saludos. Michèle

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