jueves, 20 de agosto de 2015

El asombroso viaje de Pluma de Ángel , primer capítulo



Buenas tardes, 

Hoy, os traigo en esta entrada el primer capítulo de mi cuento infantil recién publicado en Amazon: El asombroso viaje de Pluma de Ángel. 
Espero que os guste y os animéis a regalarlo a vuestros hijos, hermanos, nietos, amigos, etc...
¡Feliz lectura!










Descripción: angel-305502
Todos estaban profundamente dormidos en casa, cuando Paul se deslizó furtivamente fuera de su habitación. Era verano, un verano especialmente caluroso aquel año, y las altas temperaturas habían devuelto sentido a la odiosa tradición de la siesta diaria.
Pero Paul tenía apenas nueve años. Solo se dejaba derrotar por el sueño después de vivir cada día, con la máxima intensidad posible. Convertía cada jornada en una larga sucesión de aventuras y peripecias, que solo se acababan cuando Mamá le obligaba a ir a la cama.
Las vacaciones acababan de comenzar y estaba lleno de energía, con ganas de moverse, de descubrir cosas nuevas y vivir aventuras emocionantes. Se sentía incapaz de desperdiciar la tarde durmiendo.
─¡La siesta, que la hagan los demás! ─murmuró, mientras salía a hurtadillas de la habitación.
No pudo reprimir una mueca cómica, cuando oyó la vieja puerta de cedro chirriar, al cerrarse detrás de él. Esperó unos segundos, con el corazón encogido, para comprobar que el ruido no había despertado a nadie. Afortunadamente, no ocurrió nada, todo seguía en calma. ¡La vía estaba libre!
Con todos los sentidos en alerta, empezó a caminar sigilosamente por la tupida alfombra roja que adornaba el pasillo. Percibió el ruido regular de la respiración de sus padres, y, un poco más lejos, en la última habitación, los sonoros ronquidos de su abuelo. Sonrió, divertido.
¿Cómo conseguiría su pobre abuela dormir al lado de una persona que provocaba tal estruendo?
Se dirigió lentamente hacia las escaleras y empezó a bajarlas muy despacio.
─Dos, tres, cuatro… Qué ton­tería, ¿por qué estoy contando los escalones? Siete, ocho, nueve, falta poco… once, doce... ¡Ya estoy!
Al pasar delante del gran comedor, a su derecha, reparó en el gato de su abuela que parecía profundamente dormido. Lo miró de reojo, con recelo. Se había colocado estratégicamente, en el lugar exacto donde caía un rayo de sol. El animal bostezó y entreabrió un ojo de un horrible color amarillo. Paul masculló:
─No te hagas el dormido, monstruo peludo, te conozco. Hoy tienes suerte, te salvas porque no tengo tiempo para ocuparme de ti, pero si quieres un buen consejo, no te acerques a mí…. ¡Ni me mires!
Oscar y Paul no eran precisamente buenos amigos. Paul no soportaba a Oscar, y el gato le demostraba con su desprecio que sentía lo mismo hacia él. El animal, acostumbrado a ser todo el año el rey de un universo tranquilo, veía llegar el niño cada verano, con una mezcla de terror y celos. El pequeño pisoteaba su territorio, y, a su  llegada, transformaba su imperio en un caos. Lo perseguía por toda la casa y el jardín, lo duchaba continuamente con la manguera, lo agarraba cruelmente por la cola, y, lo que era mucho peor, acaparaba toda la atención de sus amos.
Para Paul, Oscar era poco más que una “bola de pelo estúpida y apestosa”. No podía jugar con él, ni adiestrarlo. No le traía ninguno de los objetos que le lanzaba. Se pasaba todo el día durmiendo y, de vez en cuando, cuando se hartaba de sus travesuras, le propinaba buenos zarpazos. 
En una palabra, era un GATO. Y Paul odiaba a los gatos.
Sin embargo, hoy no le apetecía molestarle. Tenía previsto algo mucho más importante. Hoy, tenía en mente un proyecto emocionante, estaba decidido, iba a explorar… la biblioteca.
Al pensar en ello, un escalofrío recorrió su espalda y sintió un extraño cosquilleo en el fondo del estómago. La biblioteca era como un santuario, adentrarse en ella era como aventurarse en territorio Apache. Su abuelo le adoraba y solía consentir todos sus caprichos, permitir todos sus juegos. Sin embargo, había un tema sobre el cuál era inflexible: a Paul, le estaba formalmente prohibido entrar en SU biblioteca.
Esta norma, la había dictado unos meses antes, después de un desgra­ciado incidente. Varios ejemplares de libros valiosos habían tenido un trágico final en  manos de Paul. No los había destrozados por maldad, sino por torpeza, por simple ignorancia de su valor.
Por primera vez en su vida, había tenido la oportunidad de presenciar la furia de su abuelo. El cariñoso anciano se había metamorfoseado de repente, en un gigante iracundo y su rostro se había puesto de un color rojo, casi morado, mientras rugía, amenazándole con un dedo severo.
─¡Que sea la última vez que entres en MI biblioteca! Los libros son sagrados para mí, lo son todo. Contienen historias, aventuras, sen­timien­tos, vidas enteras. Transmiten el saber de generación en generación. Cuando seas capaz de comprenderlo, de respetarlos, podrás volver a entrar aquí. Hasta entonces, aléjate de mi biblioteca, y ¡pobre de ti que tengas la osadía de desobedecerme!
Al recordar la terrible cólera de su abuelo, y el tiempo que tardó en perdonarle su travesura, se es­tremeció. Sin saber por qué, le vino a la mente la historia de Barba Azul y del cuarto prohibido. Sabía que estaba a punto de infringir una regla tan sencilla y clara como estricta, la que su abuelo le había impuesto meses atrás, y le constaba que las con­secuencias podían ser memorables. Pero ¡qué demonios!, Barba Azul era un personaje de cuentos y su abuelo tampoco era tan temible. Además, no tenía por qué enterarse de que le había desobedecido, no iba a darse cuenta porque no iba a hacer nada malo. Solo miraría.
Al fondo del pasillo, se detuvo unos instantes delante de la regia puerta de madera de la biblioteca. Parecía tentadora, temible y misteriosa a la vez, como la puerta de un templo. Representaba una verdadera invitación a la desobe­diencia. Respiró hondo un par de veces, y contempló brevemente la posibilidad de cambiar de idea, volver atrás, regresar a su habitación y respetar la prohibición, pero la curiosidad fue más fuerte que la prudencia.
Posó su mano temblorosa en el tirador, respiró hondo y empujó la puerta. Ya no había vuelta atrás, la suerte estaba echada. Conteniendo la respiración, se asomó a la entrada. Una suave luz se filtraba a través de las cortinas de encaje, restando severidad a la estancia prohibida. Arrugó la nariz. El cuarto olía a cuero y tabaco de pipa, al perfume de su abuelo y también a libros, a libros viejos. Miró a su alrededor. Todo parecía tranquilo y reinaba el silencio en la casa. Olvidando su temor, entró de puntillas.
Cerró la puerta detrás de él y contempló la estancia. Nada había cambiado desde su última y desafortunada visita al lugar. Todo estaba exactamente igual, justo como lo recordaba. Su mirada recorrió los estantes cubiertos de libros, el imponente reloj de pared, con su balanceo regular, y la silueta familiar de los dos enormes sillones de cuero. Un poco más lejos, el globo terráqueo recubierto de inscripciones en latín y de dibujos antiguos representando animales exóticos y monstruos marinos. Nadie se lo había dicho, pero sabía que escondía en su interior un pequeño bar.
Se acercó y levantó la tapa con mucho cuidado para comprobarlo y sonrió. Contó tres botellas, una de coñac, otra de whisky y otra que llevaba un nombre francés que no entendió. Observó también un par de copas que le parecieron enormes. ¿Para quién sería la segunda? ¿Para su abuela? La idea le pareció cómica y sonrió, antes de volver a cerrar la tapadera con sumo cuidado.
Sus ojos contemplaron el resto de la habitación donde alternaban recuerdos de viaje, máscaras afri­canas y trofeos de caza, para posarse finalmente en lo más fascinante: el escritorio. Allí se instalaba su abuelo para escribir en soledad, para “trabajar” como solía decir. ¡Qué extraño sonaba esto de “trabajar”, si lo único que hacía allí era escribir! ¿Cómo podía estar tanto rato escribiendo?
El mueble tenía muchos cajones que ejercían desde siempre una fascinación enorme sobre Paul, pero que nunca había podido ver de tan cerca. Jamás se había atrevido a abrirlos. Se sentó con deleite en la gran butaca, como si de un trono se tratara, y pasó suavemente su mano sobre la madera noble del antiguo secreter.
En un rincón, se apilaban cuidadosamente libros, cuadernos y folios, recubiertos por la letra regular de su abuelo. Un enorme diccionario servía de pisapapeles y parecía el rey absoluto de este universo literario. A su lado, contempló una pequeña colección de tinteros de plata que le parecieron muy antiguos. Estaban cuidadosamente alineados, alrededor de una pluma maravillosamente blanca que des­prendía reflejos irisados sobre su pedestal de plata.
Se quedó perplejo unos instantes. No recordaba haberla visto antes. Instintivamente, tendió su pequeña mano hacia ella, con la intención de tocarla, pero se paró en el último momento, a escasos centímetros. La vocecita interior que había intentado frenarle desde que había salido de su habitación, le estaba gritando ahora frenéticamente.
─¡Noooo! ¡No toques nada! ¡Ni se te ocurra!
Paul se conocía y se temía. Sabía que debía alejarse inmediatamente del escritorio, de lo contrario, no podría resistir mucho tiempo a la tentación de explorar y revolverlo todo. Inevitablemente, su abuelo se acabaría enterando de su desobediencia y esto no, no quería ni imaginar su reacción.
─¡Acuérdate de la última vez! ─repitió la voz en su cabeza.
Paul recordó por un instante el tremendo enfado de su abuelo, el castigo que le impusieron sus padres, y pensó que sería mejor marcharse. Pero solo consiguió levantarse con desgana, alejarse unos metros para ir a sentarse un poco más lejos en uno de los grandes sillones de cuero. Sus ojos no conseguían apartarse ni un segundo de la pluma, que le parecía cada vez más estilizada y brillante, más fascinante. Se sentía como hipnotizado por su color tan blanco que parecía irreal. Su tacto parecía maravillosamente suave, y sentía deseos irresistibles de tocarla.
¿A qué tipo de ave podía pertenecer? ¿Sería tan suave como parecía? ¿Se podía escribir con ella, o era solo un objeto de decoración?
Mientras iba meditando sobre las posibles respuestas, no se dio cuenta de que por la puerta entreabierta, se acababa de colar un invitado ines­perado. Óscar, aprovechando su descuido, había entrado discre­tamente en la biblioteca, y se acercaba sigilosamente. Encantado de encontrar la puerta abierta, cosa que no solía ocurrir nunca, el animal había decidido él también explorar este cuarto misterioso.
Pasó silenciosamente detrás del niño, se deslizó debajo del escritorio, y subió de un salto ágil a la butaca. Fue entonces cuando vio la pluma. Un largo escalofrío recorrió la espalda del pequeño felino. Se quedó fascinado, presa de una mezcla de interés y desconfianza. La tentación atravesó, fugaz, su mente felina y empezó a contemplar la posibilidad de cazar aquella presa tan apetitosa.
“Qué sería aquella cosa tan brillante? ¿Estaría buena? ¿Y si intentaba atraparla?”
Dicho y hecho, sin pensarlo dos veces, el animal se lanzó hacia la pluma.
En aquel instante, un pequeño grito agudo sacó a Paul de su ensoñación. En una escena que le pareció eterna e irreal, como a cámara 
lenta, vio el gato abalanzarse sobre la maravillosa pluma. Le pareció incluso oír una vocecita suplicante, pedir ayuda.
─¡Socorro!
Sin pensarlo dos veces, saltó del sillón y se precipitó sobre Óscar en el momento exacto en que, de un zarpazo, derribaba la pluma de su pedestal de plata. Lo agarró por la cola con las dos manos, antes de que se llevara su botín en la boca, y lo obligó a soltarla.
─¡Miauuuuu!─protestó el animal indignado que se volvió en el acto con la intención de hacerle pagar su atrevimiento.
Pero Paul conocía todas y cada una de sus técnicas de ataque, pues no era el primero de sus combates con Óscar. Fue más rápido y retiró la mano ágilmente. Aprovechó la sorpresa y la confusión del animal, para propinarle un fuerte cachete en el culo. El gato huyó, furioso, y desapareció en el pasillo, con un horrible maullido.
Paul, aún temblando por todo lo que acaba de ocurrir, y la rapidez con la que había tenido que actuar, sentía su corazón latir a toda velocidad, como si fuera a escaparse de su pecho, y no conseguía calmar su respiración. Se dejó caer en el sillón, sin soltar la pluma que acababa de rescatar de un triste final.
─Menos mal que he podido parar a tiempo este maldito gato! ─suspiró aliviado─. ¡Hubiera sido una auténtica catástrofe! No quiero ni imaginar cuál hubiera sido la reacción del abuelo.
─¡Hola!
Se sobresaltó.
Unos segundos antes, le había parecido oír una voz pidiendo ayuda, pero pensaba haber sido víctima de su imaginación. Y ahora… ¡no!, ¡no podía ser! ¡Qué tontería! Nadie podía haber hablado.
─¡Hooolaaa!
Paul sintió como se le erizaban los pelos de la cabeza, pero antes de haber podido reaccionar, volvió a suceder.
─¡Estoy aquiiiiiiiiiÍ!
Atónito, miró cautelosamente a su alrededor, pero no vio a nada, ni nadie. Luego, con una enorme sensación de ridículo, bajó la cabeza y observó la pluma blanca que descansaba en su mano. Preguntó con voz temblorosa:
─¿Eres tú? ¿Estoy soñando o has hablado tú?
Una pequeña risa ahogada le hizo estremecerse.
─No, no estás soñando ─murmuró la pluma─ ¡Mírame con atención!
─Llevo un rato mirándote pero no veo nada especial… ─balbuceó Paul─ veo eso, una pluma.
─No estás mirando de verdad, estás mirando con los ojos… ─suspiró la pluma.
─¿Y con qué otra cosa quieres que mire? ─preguntó Paul, desconcertado.
─Mirar con los ojos, no es mirar de verdad. Tienes que mirarme sin juzgar, sin pensar en lo que parezco ser, sin decidir de antemano lo que vas a ver. Al fin y al cabo, tú no me conoces. Mírame con los ojos del corazón.
─¿Los ojos del corazón? Ya está, me estoy volviendo loco. Ya sabía yo que no tenía que haber entrado en la cueva de Barba Azul.
─No te estás volviendo  loco ─continuó la vocecita─, lo que pasa, es que no tienes imaginación. Demasiados juegos electrónicos quizás. ¡Anda!, ¡Atrévete!, ¡Pruébalo otra vez por favor! ¿Qué te cuesta?
Paul cerró los ojos, y respiró profundamente. Intentó no pensar en nada y abrir su corazón, aunque no sabía exactamente cómo conseguir esto. Antes de volverlos a abrir murmuró:
─¡Háblame otra vez! Quiero oírte pero sin verte, un poco como si fuera ciego, así intentaré esto que dices de no pensar de antemano lo que mis ojos van a ver. Quizás eso me ayude.
La pluma le contestó con una voz que esta vez, le pareció mucho más dulce y melodiosa:
─Será un placer hablar más. Hace años que no hablaba con nadie. Incluso creo que me había olvidado de cómo hacerlo.
Paul abrió los ojos, la miró, y esta vez, tuvo la sensación de hacerlo con ojos nuevos. Ya no le parecía un simple objeto. Empezaba a vislumbrar como una carita, unos ojitos que brillaban debajo de un mechón de pelo, de un blanco inmaculado.
Incrédulo, se froto los ojos.
─¡No me lo puedo creer! Es asombroso, tenías razón, ahora te veo diferente, estás… ¡viva!
─Así es, y te lo debo a ti. Debo reconocer que has sido muy valiente. No sé cómo darte las gracias. Dime, ¿cómo te llamas?
─Me llamo Paul, ¿y tú?
─Me llamo Plume, Plume d’Ange
─¿Pluuuume d’Annnnge? ─repitió Paul, retorciéndose la boca y haciendo un enorme esfuerzo para imitar su pronunciación─. ¿Qué significa?
La pluma soltó una alegre carcajada.
─Es francés, significa Pluma de Ángel.
─¿Por qué te llaman así? ¿Por lo suave que eres, o por qué eres muy blanca?
─Esta Paul, es una historia un poco larga, y francamente, no creo que te interese.
─¿Por qué lo dices? ¿Qué te hace pensar esto?
Plume d’Ange hizo una pequeña mueca triste.
─No estamos precisamente en la era de los cuentos. Será que ya nadie sabe escuchar, ni tiene tiempo para hacerlo. A los niños ya no les gustan las historias. A ti por ejemplo no te gustan los libros, supongo que preferirás las consolas, los ordenadores, y estas cosas de hoy. Me lo imagino, porque vienes muy poco por aquí. Y cuando vienes...
La pluma se interrumpió, como si estuviera recordando algo, y continuó.
─¿Sabes? ─añadió─, fui testigo de la última vez que entraste, y no lo he olvidado.
─Bueno, bueno, ¡no me lo recuerdes por favor! ─pidió el niño, protestando débilmente ─lo que hice estuvo muy mal pero no lo comprendía, era mucho más pequeño. He cambiado, desde entonces. Anda, por favor, ¡cuéntame tu historia!
─Te cuesta mirar más allá de la apariencia, no te gusta leer, no respetas a los libros, ¿cómo vas a ser capaz de escuchar la historia de una simple pluma?
─Lo haré, déjame intentarlo. Te prometo que te escucharé, y no solo con los oídos, sino también con el corazón. Además, ya no creo que seas una simple pluma.
─¿Y si aparece tu abuelo? ¿Te imaginas su reacción si te encuentra aquí?
─Esto no ocurrirá, puedes estar tranquila. Es aún muy pronto, dormirá como mínimo una hora más.
Plume d’Ange sonrió, convencida, se instaló confortablemente en la mano de su nuevo amigo, y se aclaró la voz antes de empezar su relato.







La isla de la imaginación, primera reseña de mi amigo Fran JM, del blog Sueños y Metas


Buenas tardes a todos, 

Por fin llega la primera reseña de La isla de la imaginación, de la mano de mi amigo Fran JM, del blog Sueños y Metas. Me alegro saber que le ha gustado y que ha sabido captar mi intención, al crear este cuento.

Al escribir esta historia infantil pretendía, aparte de aportar diversión a los más pequeños, hacer un guiño a los grandes clásicos de la literatura que poblaron nuestra infancia. Tom Sawyer, Principito, El libro de la Selva, La isla del tesoro y muchos más... 

Espero que los niños que lean este libro tengan curiosidad por conocer un poco más a todos estos héroes, y que les dé ganas de adentrarse en el maravilloso mundo de la literatura.

Podéis leer la reseña en este enlace  






domingo, 9 de agosto de 2015

Nueve de Agosto en otra parte

Buenos días a todos,

Hoy os traigo de entrada una poesía que escribí hace muchos años, un nueve de agosto, muy lejos de aquí, de Granada. 

En aquellos tiempos, aún tenía casa en Normandía. Me enteré que esta casa, mi casa, posteriormente se incendió y se quemó...igual que se quemó el pasado y la infancia, se calcinaron la ilusión, la rebeldía y los sueños, dejando escondidas bajo las cenizas del recuerdo, algunas brasas rojas como mi sentimiento, brasas que creo seguirán ardiendo, eternamente...

¡Feliz domingo!



Nueve de Agosto en otra parte...
El sol juega al escondite
detrás de las nubes.
A lo lejos,
el sonido nostálgico de una campana,
eco de otros tiempos, de otra época,
un atardecer delirante de belleza...


El jardín comienza a dibujar
el arco iris de sus verdes más oscuros.
Los árboles se dejan engañar
por las promesas locas de los vientos,
las golondrinas se retiran en sus nidos,
cansadas de tanto cantar.
Es hora de hablarse a media voz,
es la hora dulce de conversar...



Mientras vuelvo a leer la poesía
mientras empiezo a guardar mi pluma,
se transforma el paisaje.
El cielo se pinta de malva,
se prepara para la noche,
levanto los ojos, contemplo
la primera estrella en su timidez
y me siento feliz como un niño,
descubriéndo todo  por primera vez...


Fue un día tranquilo y entrañable,
suspendido en el silencio
en la quietud del verano,
un día inolvidable,


Cuando te alegra la belleza
cuando tienes alma de niño,
cuando no importa nada,
solo el instante, el momento,
y ya no existe el tiempo,
ya nada es importante.

Nueve de agosto en otra parte
quedarás en mi recuerdo...



sábado, 8 de agosto de 2015

SORTEO EJEMPLAR DEDICADO DE INTEMPORALIS







Buenas tardes,


Tal y como acabo de publicarlo en Twitter, sorteo un ejemplar 

dedicado de mi novela Intemporalis, 
hasta  el 8/09/2015.

Para participar, solo tienes que:

─Escribir lo que evoca para ti la portada y la sinopsis de la novela


con el #Intemporalis

─Seguirme

─RT



¿Buena suerte a todos!

viernes, 7 de agosto de 2015

¿Te apetece leer el primer capítulo de intemporalis?




Capítulo 1


Llegada a la Mansión del Lago




Han transcurrido muchos años desde el día en que vi abrirse por primera vez las verjas de la vieja mansión del lago.
El cincel del tiempo ha esculpido desde entonces finas arrugas en mi rostro, y la edad ha dejado pinceladas plateadas en mis sienes, pero mis recuerdos, los de aquel inolvidable verano, siguen intactos, inalterables, desafiando para siempre el tiempo y el olvido.
Recuerdo haber viajado durante horas con la cara pegada a la ventanilla del coche, mirando con fascinación los paisajes de Francia desfilar por primera vez delante de mis ojos. Viajaba hacia una nueva vida, un nuevo país, con la única familia que tenía entonces, mi madre.
A nuestra llegada y después de que se marchara el taxi que nos había llevado hasta allí, mamá me miró a los ojos como para darse valor y apretó mi mano. Luego, tocó tímidamente la gran campana de bronce. Nos miramos sin pronunciar una palabra y esperamos expectantes a que apareciera alguien. Poco después, la anciana propietaria del lugar se acercó sonriente por el sendero principal, con la dignidad y el porte propios de su condición aristocrática.
—¡Hola¡ Bienvenidos a Normandía! —nos saludó alegremente, mientras introducía una gran llave en la cerradura sin edad.
Forcejeó durante unos segundos antes de conseguir hacerla girar. Luego se oyó un chirrido desagradable y finalmente Madame de Caumont abrió las rejas con una sonrisa triunfal.
Yo no sabía que estaba abriendo ante mí las páginas aún en blanco del libro más inolvidable y hermoso que me iba a tocar descubrir.
Reparé por primera vez en que llevaba horas lloviendo. La lluvia, fina y persistente, nos había acompañado durante todo nuestro viaje. Había escoltado  nuestro tren mientras atravesaba interminables trigales y verdes praderas, y acompañado el coche que nos había llevado desde Caen por carreteras comarcales serpenteando entre los árboles. Ahora caía plácidamente sobre el viejo caserón, confiriendo al paisaje una atmósfera melancólica y entrañable.
Mis ojos se posaron tímidamente sobre la centenaria construcción. Era lo más imponente y señorial que en mis catorce años recién cumplidos hubiese visto nunca. Seguí boquiabierto el atrevido avance de una hiedra exuberante que había conquistado buena parte de la fachada y se disponía a pasar al asalto de la torre oeste. Luego, mi mirada recorrió los alrededores, contemplando la armoniosa acuarela de tonos verdes, acariciando las fuentes, las estatuas barrocas y las esculturas vegetales de los jardines a la francesa.
A lo lejos, se divisaba el oscuro espejo plateado de un lago, sin duda el que había dado su nombre al lugar. Parecía infinito. Sus confines se perdían en un pequeño bosque, envuelto en un denso manto de niebla plomiza.
—¿No es hermosa Normandía Alex? —murmuró mamá—, el pueblo donde me he criado está muy cerca de aquí, ¿sabes?
Miré los ojos de mi madre y advertí en ellos un brillo casi olvidado. En aquel instante me prometí que haría lo imposible para que no se apagara aquella llama, aquel destello de alegría que la vuelta a su país había encendido. ¡Por fin volvía a sonreír!
Seguimos a Madame de Caumont por el camino central que conducía a la mansión y mientras me recreaba en el crujido agradable de mis pasos hundiéndose en la gravilla, observé a nuestra anfitriona. Me gustaba, no hubiera sabido explicar por qué, pero algo había en la vieja dama que me había gustado a primera vista: su paso firme, su silueta frágil y elegante, sus cabellos blancos recogidos pulcramente sobre la nuca, su profundo acento francés al darnos la bienvenida…
Se giró de repente y clavó sus ojos azules en los míos antes de dedicarme una cálida sonrisa. ¿Habría captado mis pensamientos? No tenía ningún sentido pensarlo, sin embargo me sonrojé y de pronto sentí que me ardían las mejillas.
Por fin, llegamos a la gran escalera de piedra de la casa.
—El viaje desde Barcelona habrá sido muy pesado Claire, así que no os voy a retener mucho tiempo. Os enseño la mansión rápidamente y os llevo a vuestro  nuevo hogar.
Mamá asintió, agradecida, se sentía agotada.
—¿Y a ti qué te parece muchacho? quiero decir Alejandro… Te llamas Alejandro, ¿verdad?
—Si Señora, me llamo Alejandro, pero me suelen llamar Alex. Y… me parece bien.
—¿El qué? Ah sí, lo de la visita, claro. Pues adelante Alex, sígueme, pero llámame Sylvianne si no te importa, lo prefiero.
Entramos en un magnífico vestíbulo circular. Una suave luz se filtraba por las vidrieras de colores y bañaba la estancia. Procuré disimular mi admiración y contener mi entusiasmo, pero sin demasiado éxito. Me lo confirmó la sonrisa divertida de nuestra anfitriona al ver mi expresión asombrada. La mano de mamá apretó la mía como implorándome discreción, mientras seguimos a Madame de Caumont de sala en sala, deslumbrados y atónitos. Yo no me atrevía siquiera a pisar las alfombras cuyos colores maravillosos destacaban sobre el suelo de mármol blanco. Mamá por su parte, no se cansaba de admirar la suntuosidad de los cuadros, las lámparas,  los espejos. 
—He guardado lo mejor para el final y estoy segura de que te encantará, Alex. Me ha dicho tu madre lo mucho que te gusta leer.
Al pronunciar estas palabras, abrió de par en par unas magnificas puertas de roble con grandes flores de Lys grabadas en las cuatro esquinas y descubrió ante mis ojos incrédulos el sueño de todo lector asiduo: una grandiosa biblioteca. Contemplé las estanterías de madera llenas de libros. Recubrían las paredes desde el suelo hasta el techo abovedado adornado de maravillosos frescos barrocos. Admiré la chimenea, los enormes sillones de cuero, la gran alfombra persa y sólo pude balbucear:
—¡Es impresionante! ¿Cuántos libros puede haber aquí?
Sylvianne, complacida por mi expresión de total admiración se rió alegremente.
—Más de lo que podrás leer, amigo mío, pero están todos a tu disposición. Así que cuando quieras, te pasas por aquí y escoges. No tengas miedo a aceptar mi ofrecimiento, agradeceré tus visitas y la casa también. Será muy… refrescante.
Se quedó pensativa durante unos segundos antes de añadir:
—El silencio se ha ido apoderando de este lugar. Sin embargo, no siempre ha sido así, ¿sabéis? En otros tiempos la mansión estuvo llena de gente, de vida, de idas y venidas… Desempeñó un papel importante durante la segunda guerra mundial, cooperó con la resistencia, como muchos de los lugares de Normandía.
Suspiró profundamente.
—¡Ah! Si estos viejos muros pudieran hablar, seguro que nos contarían historias apasionantes. Yo recuerdo algunas, sólo tenía veinte años entonces… Pero basta de discursos, vamos a ver vuestro nuevo hogar.
Salimos de la mansión por la parte de atrás y tuve la impresión de asomarme a un paisaje completamente distinto. Aquel lado del jardín había abandonado la rigidez y simetría del estilo francés para dar paso a un espacio más libre, más informal, devolviendo a la naturaleza su exuberancia y protagonismo. Los senderos ya no eran anchos y rectos, se habían vuelto sinuosos y serpenteaban entre la vegetación, regalando a nuestros ojos sorpresa tras sorpresa. Un banco de piedra casi sepultado en los rododendros, un querubín tocando la flauta al pie de un árbol centenario, una glicina cayendo en cascada sobre un viejo muro, un quiosco de música emergiendo de la loca vegetación…
Y por fin, después de unos diez minutos caminando, vislumbré la casa a la vuelta de un sendero. Apareció de pronto como por arte de magia, iluminada por la espléndida luz que derrochaba la tarde. 
—¡Et voila! —exclamó Sylvianne, mirando con visible expectación a mi madre—, es vuestro hogar, vuestra “chaumière”.
—¿Chaumière? —repetí, sin captar el sentido de esta palabra francesa nueva para mí.
—Es una casa rural típica de Normandía —explicó mi madre.
—Debe su nombre al techo de paja, “chaume” en francés —añadió Madame de Caumont.
—Fíjate en la pendiente tan fuerte que tiene —puntualizó mamá—, es para evacuar el agua de lluvia. La construcción es estrecha porque la pendiente del techo no permite más anchura. Por lo general, las chaumières son alargadas, cada cuarto tiene su ventana y una puerta que da a la habitación siguiente.
—También es muy típico el entramado de las vigas aparentes que ves en los muros exteriores, es lo que llamamos “colombages” —explicó Madame de Caumont.
—¿Por qué han plantado estas flores azules arriba del tejado?
Mamá miró a nuestra anfitriona esperando su respuesta. Aparentemente, ella tampoco lo sabía.
—Estas flores son iris. Antiguamente, acostumbraban a rematar el tejado con una buena capa de arcilla, y allí plantaban los bulbos para que con el tiempo se multiplicaran los rizomas y sujetaran fuertemente la paja del techo. Aquí lo hemos hecho simplemente para recordar la tradición.
—Me gusta mucho la chaumière Sylvianne. Es muy antigua?
—Lo era querida, del siglo diecinueve para ser exacta, pero los bombardeos casi la destrozaron durante la batalla de Normandía en el año mil novecientos cuarenta y cuatro. Afortunadamente conseguimos restaurarla después de la guerra. Hemos tratado no sólo de respetar los planos iníciales, sino también de devolverle su personalidad y su mobiliario original. Por supuesto hemos tenido que aportarle algunas comodidades imprescindibles hoy en día, electricidad, agua caliente y calefacción, pero la chaumière conserva su carácter auténtico, como tiene que ser.
Entramos directamente en la sala principal de la casa, una gran estancia luminosa presidida por una chimenea de piedra. Llamó mi atención, en la pared blanca, una colección de platos de cobre y estaño que representaban escenas típicas de la región. Me encantaron  las enormes vigas del techo, los dos sillones dispuestos en frente de la chimenea, me imaginé las entrañables veladas de invierno que habían debido presenciar. En el centro del comedor, una mesa de roble rectangular y grandes sillas de respaldo alto y asientos de paja que parecían invitar al descanso.
A la izquierda de la sala, una escalera de madera subía hacia lo que parecía un pequeño balcón. Sylvianne, siempre pendiente de mis reacciones preguntó:
—¿Te gustaría subir a ver la mezzanine?
—¿Qué es una mezzanine?
—Lo que estás mirando, un piso intermedio con un balcón que da hacia el interior. Arriba encontrarás una habitación y apuesto a que de las tres que tiene la chaumière, será tu preferida. Es la única que no es original, porque se ha tenido que reconstruir esta parte de la casa, pero es fantástica. Tiene vistas a la parte de atrás, al lago.
Dejé a mi madre visitar el resto de la casa con Sylvianne y subí entusiasmado para explorar la mezzanine. La estancia era pequeña, bañada por una luz suave y me pareció muy acogedora. Me gustó a primera vista. Al fondo, una cama barco recubierta de una antigua colcha de ganchillo se escondía bajo la pendiente del techo donde se había instalado una pequeña biblioteca. A sus pies, una mullida piel de cabra blanca y grandes cojines de colores vivos. Frente a la ventana, destacaba un antiguo escritorio de roble con muchos cajones, acompañado de un confortable sillón de madera de patas torneadas. El asiento y los brazos estaban tapizados de terciopelo de color púrpura.
En un rincón, un enorme baúl de viejas bisagras de hierro y un armario normando completaban el mobiliario.
No pude resistir y decidí probar el sillón. Me senté con cuidado frente al escritorio, apoyé mi espalda en el mullido respaldo y cerré los ojos. ¡Qué confortable! Me sentía como un rey en su trono. El sitio era fantástico para leer, escribir o dibujar, y la vista… la vista era realmente magnífica. Por la ventana se podía admirar en todo su esplendor el lago. 
Mi mirada se deslizó una y otra vez sobre su superficie de reflejos metálicos. Sentí que se me formaba un nudo en la garganta. No hubiera  podido definir la extraña sensación que me estaba invadiendo, pero algo en su atmósfera me atraía y me incomodaba a la vez. Sería probablemente cosa de mi eterna imaginación o la densa niebla que parecía emerger del bosque. Se me empezó a secar la boca y tragué saliva.
Contemplé el pequeño embarcadero y algunas barcas amarradas que parecían llevar siglos en desuso. Pinturas desconchadas de colores mustios, nombres desdibujados por el olvido. “El silencio se ha ido apoderando de este lugar”. Las palabras que Sylvianne había pronunciado poco antes resonaban en mi cabeza y empezaban a cobrar sentido. Por toda la propiedad se percibía el olvido y el abandono. 
De pronto, me sobresalté. Una silueta masculina había aparecido de repente, justo allí delante de mis ojos, donde un segundo antes no había nadie. No podía ser. Me froté los ojos, incrédulo, pero la sombra siniestra seguía allí. Volví a tragar saliva mientras se me aceleraba el pulso y empezaba a notar un latido muy rápido en mis sienes. De repente, levantó la cabeza y me miró. Luego esbozo un gesto ambiguo en mi dirección.
¿Qué había significado aquella mueca? ¿Se trataba de un aviso o quizás de una amenaza? Algo andaba mal, estaba seguro.
Presa del pánico, me levanté de un salto y me lancé escaleras abajo. Fui a caer en brazos de Sylvianne que se tambaleó. No la tiré al suelo de puro milagro.
—Pero muchacho, ¿qué es lo que te pasa? Parece que has visto un fantasma.
—Hay alguien —balbuceé como un idiota—, alguien muy raro en el embarcadero, ha aparecido de pronto y me ha estado mirando…
Al verme tan alterado, mamá arqueó las cejas sin comprender, mientras Madame de Caumont se reía a carcajadas.
—Pues es muy fácil que haya alguien aquí abajo Alejandro, pues hay varias personas trabajando en la mansión. La más probable es que hayas visto a Jürgen. Ayuda en los trabajos de jardinería y también se ocupa de las barcas. Mañana, cuando se te haya pasado el susto, te lo presentaré. Te aseguro que es completamente inofensivo.
Y ahora, os dejo instalaros y sobre todo descansar. Tenéis la nevera llena y os he dejado la cena en la cocina ¡Hasta mañana!
La vi alejarse riéndose a carcajadas y me sentí como un perfecto idiota. ¿Cómo había podido tener una reacción tan exagerada? ¿Por qué me había dejado llevar por el pánico sin ningún motivo real? No tenía respuesta, pero seguía con el convencimiento de que había algo extraño en este tal Jürgen, una pequeña voz interior me lo repetía.
Mamá me rodeó los hombros con su brazo y depositó un beso fugaz en mi mejilla.
—Me parece que tu imaginación te ha jugado una mala pasada, hijo, ¿no estarás leyendo demasiadas historias de terror últimamente?
No supe qué contestar y suspiré profundamente. Me sentía un poco confuso. Me preocupaba haber causado una pésima impresión en mi primer día. Seguro que Sylvianne aún se estaba riendo de mí.
Para distender un poco el ambiente, mamá me enseñó el resto de la casa. No era muy grande pero suficiente para nosotros dos y muy cómoda. El mobiliario era antiguo, de estilo normando, de madera oscura y pesada. Los “chiffoniers”, cuyos cajones olían a naftalina, parecían repletos de secretos, los armarios eran tan altos y profundos que intimidaban, las grandes camas barco invitaban a surcar océanos de sueños… El lugar parecía cargado de historia y de recuerdos. No era un lugar de paso, ni de vacaciones, era un hogar. A partir de ahora iba a ser nuestro hogar.
Cenamos en silencio, cansados pero ilusionados ante la oportunidad que nos había brindado el destino. Mi madre me explicó que conocía a Madame de Caumont desde la infancia. Superada por los enormes gastos de la mansión, la anciana señora había decidido rentabilizarla, alquilando algunas de las chaumières de la enorme propiedad. La mansión tenía grandes pistas de tenis y caballerizas. El lago ofrecía la posibilidad de organizar paseos en barca. Que vinieran turistas no era problema, ya que el pueblo atraía a toda clase de gente, interesados en el turismo rural, el senderismo, y la herencia histórica de la región.
Madame de Caumont se había enterado de que mamá buscaba trabajo y que estaba pensando regresar a Francia. Había pensado en contratarla para organizar el proyecto y poner todo en marcha. Aún había mucho que hacer, por lo menos todo un verano de duro trabajo. Después, se encargaría de supervisar el funcionamiento del establecimiento. El salario era bueno y las condiciones excelentes.
Estábamos los dos ilusionados, ella porque volvía a su tierra con un buen trabajo y una casa que superaba nuestras esperanzas, yo, porque intuía en esta tierra nueva para mí, un entorno propicio a la aventura, la imaginación y por qué no, al misterio, todo lo que mis catorce años recién cumplidos tanto anhelaban.
Me costó conciliar el sueño aquella primera noche. Una enorme luna llena rodeada de un halo de niebla pintaba reflejos de oro en la superficie del lago. Todo estaba en calma, todo menos mi mente inquieta que repasaba febrilmente los acontecimientos del día. Una y otra vez volvía a aparecer la siniestra silueta entre las barcas, y se me encogía el estomago sin saber muy bien por qué.
Con sólo un poquito más de valor me hubiera levantado y hubiera ido a investigar a la orilla del lago, pero no me arriesgué. Me venció el cansancio y sin apenas darme cuenta me deslicé suavemente en las profundas olas del sueño.