jueves, 20 de agosto de 2015

El asombroso viaje de Pluma de Ángel , primer capítulo



Buenas tardes, 

Hoy, os traigo en esta entrada el primer capítulo de mi cuento infantil recién publicado en Amazon: El asombroso viaje de Pluma de Ángel. 
Espero que os guste y os animéis a regalarlo a vuestros hijos, hermanos, nietos, amigos, etc...
¡Feliz lectura!










Descripción: angel-305502
Todos estaban profundamente dormidos en casa, cuando Paul se deslizó furtivamente fuera de su habitación. Era verano, un verano especialmente caluroso aquel año, y las altas temperaturas habían devuelto sentido a la odiosa tradición de la siesta diaria.
Pero Paul tenía apenas nueve años. Solo se dejaba derrotar por el sueño después de vivir cada día, con la máxima intensidad posible. Convertía cada jornada en una larga sucesión de aventuras y peripecias, que solo se acababan cuando Mamá le obligaba a ir a la cama.
Las vacaciones acababan de comenzar y estaba lleno de energía, con ganas de moverse, de descubrir cosas nuevas y vivir aventuras emocionantes. Se sentía incapaz de desperdiciar la tarde durmiendo.
─¡La siesta, que la hagan los demás! ─murmuró, mientras salía a hurtadillas de la habitación.
No pudo reprimir una mueca cómica, cuando oyó la vieja puerta de cedro chirriar, al cerrarse detrás de él. Esperó unos segundos, con el corazón encogido, para comprobar que el ruido no había despertado a nadie. Afortunadamente, no ocurrió nada, todo seguía en calma. ¡La vía estaba libre!
Con todos los sentidos en alerta, empezó a caminar sigilosamente por la tupida alfombra roja que adornaba el pasillo. Percibió el ruido regular de la respiración de sus padres, y, un poco más lejos, en la última habitación, los sonoros ronquidos de su abuelo. Sonrió, divertido.
¿Cómo conseguiría su pobre abuela dormir al lado de una persona que provocaba tal estruendo?
Se dirigió lentamente hacia las escaleras y empezó a bajarlas muy despacio.
─Dos, tres, cuatro… Qué ton­tería, ¿por qué estoy contando los escalones? Siete, ocho, nueve, falta poco… once, doce... ¡Ya estoy!
Al pasar delante del gran comedor, a su derecha, reparó en el gato de su abuela que parecía profundamente dormido. Lo miró de reojo, con recelo. Se había colocado estratégicamente, en el lugar exacto donde caía un rayo de sol. El animal bostezó y entreabrió un ojo de un horrible color amarillo. Paul masculló:
─No te hagas el dormido, monstruo peludo, te conozco. Hoy tienes suerte, te salvas porque no tengo tiempo para ocuparme de ti, pero si quieres un buen consejo, no te acerques a mí…. ¡Ni me mires!
Oscar y Paul no eran precisamente buenos amigos. Paul no soportaba a Oscar, y el gato le demostraba con su desprecio que sentía lo mismo hacia él. El animal, acostumbrado a ser todo el año el rey de un universo tranquilo, veía llegar el niño cada verano, con una mezcla de terror y celos. El pequeño pisoteaba su territorio, y, a su  llegada, transformaba su imperio en un caos. Lo perseguía por toda la casa y el jardín, lo duchaba continuamente con la manguera, lo agarraba cruelmente por la cola, y, lo que era mucho peor, acaparaba toda la atención de sus amos.
Para Paul, Oscar era poco más que una “bola de pelo estúpida y apestosa”. No podía jugar con él, ni adiestrarlo. No le traía ninguno de los objetos que le lanzaba. Se pasaba todo el día durmiendo y, de vez en cuando, cuando se hartaba de sus travesuras, le propinaba buenos zarpazos. 
En una palabra, era un GATO. Y Paul odiaba a los gatos.
Sin embargo, hoy no le apetecía molestarle. Tenía previsto algo mucho más importante. Hoy, tenía en mente un proyecto emocionante, estaba decidido, iba a explorar… la biblioteca.
Al pensar en ello, un escalofrío recorrió su espalda y sintió un extraño cosquilleo en el fondo del estómago. La biblioteca era como un santuario, adentrarse en ella era como aventurarse en territorio Apache. Su abuelo le adoraba y solía consentir todos sus caprichos, permitir todos sus juegos. Sin embargo, había un tema sobre el cuál era inflexible: a Paul, le estaba formalmente prohibido entrar en SU biblioteca.
Esta norma, la había dictado unos meses antes, después de un desgra­ciado incidente. Varios ejemplares de libros valiosos habían tenido un trágico final en  manos de Paul. No los había destrozados por maldad, sino por torpeza, por simple ignorancia de su valor.
Por primera vez en su vida, había tenido la oportunidad de presenciar la furia de su abuelo. El cariñoso anciano se había metamorfoseado de repente, en un gigante iracundo y su rostro se había puesto de un color rojo, casi morado, mientras rugía, amenazándole con un dedo severo.
─¡Que sea la última vez que entres en MI biblioteca! Los libros son sagrados para mí, lo son todo. Contienen historias, aventuras, sen­timien­tos, vidas enteras. Transmiten el saber de generación en generación. Cuando seas capaz de comprenderlo, de respetarlos, podrás volver a entrar aquí. Hasta entonces, aléjate de mi biblioteca, y ¡pobre de ti que tengas la osadía de desobedecerme!
Al recordar la terrible cólera de su abuelo, y el tiempo que tardó en perdonarle su travesura, se es­tremeció. Sin saber por qué, le vino a la mente la historia de Barba Azul y del cuarto prohibido. Sabía que estaba a punto de infringir una regla tan sencilla y clara como estricta, la que su abuelo le había impuesto meses atrás, y le constaba que las con­secuencias podían ser memorables. Pero ¡qué demonios!, Barba Azul era un personaje de cuentos y su abuelo tampoco era tan temible. Además, no tenía por qué enterarse de que le había desobedecido, no iba a darse cuenta porque no iba a hacer nada malo. Solo miraría.
Al fondo del pasillo, se detuvo unos instantes delante de la regia puerta de madera de la biblioteca. Parecía tentadora, temible y misteriosa a la vez, como la puerta de un templo. Representaba una verdadera invitación a la desobe­diencia. Respiró hondo un par de veces, y contempló brevemente la posibilidad de cambiar de idea, volver atrás, regresar a su habitación y respetar la prohibición, pero la curiosidad fue más fuerte que la prudencia.
Posó su mano temblorosa en el tirador, respiró hondo y empujó la puerta. Ya no había vuelta atrás, la suerte estaba echada. Conteniendo la respiración, se asomó a la entrada. Una suave luz se filtraba a través de las cortinas de encaje, restando severidad a la estancia prohibida. Arrugó la nariz. El cuarto olía a cuero y tabaco de pipa, al perfume de su abuelo y también a libros, a libros viejos. Miró a su alrededor. Todo parecía tranquilo y reinaba el silencio en la casa. Olvidando su temor, entró de puntillas.
Cerró la puerta detrás de él y contempló la estancia. Nada había cambiado desde su última y desafortunada visita al lugar. Todo estaba exactamente igual, justo como lo recordaba. Su mirada recorrió los estantes cubiertos de libros, el imponente reloj de pared, con su balanceo regular, y la silueta familiar de los dos enormes sillones de cuero. Un poco más lejos, el globo terráqueo recubierto de inscripciones en latín y de dibujos antiguos representando animales exóticos y monstruos marinos. Nadie se lo había dicho, pero sabía que escondía en su interior un pequeño bar.
Se acercó y levantó la tapa con mucho cuidado para comprobarlo y sonrió. Contó tres botellas, una de coñac, otra de whisky y otra que llevaba un nombre francés que no entendió. Observó también un par de copas que le parecieron enormes. ¿Para quién sería la segunda? ¿Para su abuela? La idea le pareció cómica y sonrió, antes de volver a cerrar la tapadera con sumo cuidado.
Sus ojos contemplaron el resto de la habitación donde alternaban recuerdos de viaje, máscaras afri­canas y trofeos de caza, para posarse finalmente en lo más fascinante: el escritorio. Allí se instalaba su abuelo para escribir en soledad, para “trabajar” como solía decir. ¡Qué extraño sonaba esto de “trabajar”, si lo único que hacía allí era escribir! ¿Cómo podía estar tanto rato escribiendo?
El mueble tenía muchos cajones que ejercían desde siempre una fascinación enorme sobre Paul, pero que nunca había podido ver de tan cerca. Jamás se había atrevido a abrirlos. Se sentó con deleite en la gran butaca, como si de un trono se tratara, y pasó suavemente su mano sobre la madera noble del antiguo secreter.
En un rincón, se apilaban cuidadosamente libros, cuadernos y folios, recubiertos por la letra regular de su abuelo. Un enorme diccionario servía de pisapapeles y parecía el rey absoluto de este universo literario. A su lado, contempló una pequeña colección de tinteros de plata que le parecieron muy antiguos. Estaban cuidadosamente alineados, alrededor de una pluma maravillosamente blanca que des­prendía reflejos irisados sobre su pedestal de plata.
Se quedó perplejo unos instantes. No recordaba haberla visto antes. Instintivamente, tendió su pequeña mano hacia ella, con la intención de tocarla, pero se paró en el último momento, a escasos centímetros. La vocecita interior que había intentado frenarle desde que había salido de su habitación, le estaba gritando ahora frenéticamente.
─¡Noooo! ¡No toques nada! ¡Ni se te ocurra!
Paul se conocía y se temía. Sabía que debía alejarse inmediatamente del escritorio, de lo contrario, no podría resistir mucho tiempo a la tentación de explorar y revolverlo todo. Inevitablemente, su abuelo se acabaría enterando de su desobediencia y esto no, no quería ni imaginar su reacción.
─¡Acuérdate de la última vez! ─repitió la voz en su cabeza.
Paul recordó por un instante el tremendo enfado de su abuelo, el castigo que le impusieron sus padres, y pensó que sería mejor marcharse. Pero solo consiguió levantarse con desgana, alejarse unos metros para ir a sentarse un poco más lejos en uno de los grandes sillones de cuero. Sus ojos no conseguían apartarse ni un segundo de la pluma, que le parecía cada vez más estilizada y brillante, más fascinante. Se sentía como hipnotizado por su color tan blanco que parecía irreal. Su tacto parecía maravillosamente suave, y sentía deseos irresistibles de tocarla.
¿A qué tipo de ave podía pertenecer? ¿Sería tan suave como parecía? ¿Se podía escribir con ella, o era solo un objeto de decoración?
Mientras iba meditando sobre las posibles respuestas, no se dio cuenta de que por la puerta entreabierta, se acababa de colar un invitado ines­perado. Óscar, aprovechando su descuido, había entrado discre­tamente en la biblioteca, y se acercaba sigilosamente. Encantado de encontrar la puerta abierta, cosa que no solía ocurrir nunca, el animal había decidido él también explorar este cuarto misterioso.
Pasó silenciosamente detrás del niño, se deslizó debajo del escritorio, y subió de un salto ágil a la butaca. Fue entonces cuando vio la pluma. Un largo escalofrío recorrió la espalda del pequeño felino. Se quedó fascinado, presa de una mezcla de interés y desconfianza. La tentación atravesó, fugaz, su mente felina y empezó a contemplar la posibilidad de cazar aquella presa tan apetitosa.
“Qué sería aquella cosa tan brillante? ¿Estaría buena? ¿Y si intentaba atraparla?”
Dicho y hecho, sin pensarlo dos veces, el animal se lanzó hacia la pluma.
En aquel instante, un pequeño grito agudo sacó a Paul de su ensoñación. En una escena que le pareció eterna e irreal, como a cámara 
lenta, vio el gato abalanzarse sobre la maravillosa pluma. Le pareció incluso oír una vocecita suplicante, pedir ayuda.
─¡Socorro!
Sin pensarlo dos veces, saltó del sillón y se precipitó sobre Óscar en el momento exacto en que, de un zarpazo, derribaba la pluma de su pedestal de plata. Lo agarró por la cola con las dos manos, antes de que se llevara su botín en la boca, y lo obligó a soltarla.
─¡Miauuuuu!─protestó el animal indignado que se volvió en el acto con la intención de hacerle pagar su atrevimiento.
Pero Paul conocía todas y cada una de sus técnicas de ataque, pues no era el primero de sus combates con Óscar. Fue más rápido y retiró la mano ágilmente. Aprovechó la sorpresa y la confusión del animal, para propinarle un fuerte cachete en el culo. El gato huyó, furioso, y desapareció en el pasillo, con un horrible maullido.
Paul, aún temblando por todo lo que acaba de ocurrir, y la rapidez con la que había tenido que actuar, sentía su corazón latir a toda velocidad, como si fuera a escaparse de su pecho, y no conseguía calmar su respiración. Se dejó caer en el sillón, sin soltar la pluma que acababa de rescatar de un triste final.
─Menos mal que he podido parar a tiempo este maldito gato! ─suspiró aliviado─. ¡Hubiera sido una auténtica catástrofe! No quiero ni imaginar cuál hubiera sido la reacción del abuelo.
─¡Hola!
Se sobresaltó.
Unos segundos antes, le había parecido oír una voz pidiendo ayuda, pero pensaba haber sido víctima de su imaginación. Y ahora… ¡no!, ¡no podía ser! ¡Qué tontería! Nadie podía haber hablado.
─¡Hooolaaa!
Paul sintió como se le erizaban los pelos de la cabeza, pero antes de haber podido reaccionar, volvió a suceder.
─¡Estoy aquiiiiiiiiiÍ!
Atónito, miró cautelosamente a su alrededor, pero no vio a nada, ni nadie. Luego, con una enorme sensación de ridículo, bajó la cabeza y observó la pluma blanca que descansaba en su mano. Preguntó con voz temblorosa:
─¿Eres tú? ¿Estoy soñando o has hablado tú?
Una pequeña risa ahogada le hizo estremecerse.
─No, no estás soñando ─murmuró la pluma─ ¡Mírame con atención!
─Llevo un rato mirándote pero no veo nada especial… ─balbuceó Paul─ veo eso, una pluma.
─No estás mirando de verdad, estás mirando con los ojos… ─suspiró la pluma.
─¿Y con qué otra cosa quieres que mire? ─preguntó Paul, desconcertado.
─Mirar con los ojos, no es mirar de verdad. Tienes que mirarme sin juzgar, sin pensar en lo que parezco ser, sin decidir de antemano lo que vas a ver. Al fin y al cabo, tú no me conoces. Mírame con los ojos del corazón.
─¿Los ojos del corazón? Ya está, me estoy volviendo loco. Ya sabía yo que no tenía que haber entrado en la cueva de Barba Azul.
─No te estás volviendo  loco ─continuó la vocecita─, lo que pasa, es que no tienes imaginación. Demasiados juegos electrónicos quizás. ¡Anda!, ¡Atrévete!, ¡Pruébalo otra vez por favor! ¿Qué te cuesta?
Paul cerró los ojos, y respiró profundamente. Intentó no pensar en nada y abrir su corazón, aunque no sabía exactamente cómo conseguir esto. Antes de volverlos a abrir murmuró:
─¡Háblame otra vez! Quiero oírte pero sin verte, un poco como si fuera ciego, así intentaré esto que dices de no pensar de antemano lo que mis ojos van a ver. Quizás eso me ayude.
La pluma le contestó con una voz que esta vez, le pareció mucho más dulce y melodiosa:
─Será un placer hablar más. Hace años que no hablaba con nadie. Incluso creo que me había olvidado de cómo hacerlo.
Paul abrió los ojos, la miró, y esta vez, tuvo la sensación de hacerlo con ojos nuevos. Ya no le parecía un simple objeto. Empezaba a vislumbrar como una carita, unos ojitos que brillaban debajo de un mechón de pelo, de un blanco inmaculado.
Incrédulo, se froto los ojos.
─¡No me lo puedo creer! Es asombroso, tenías razón, ahora te veo diferente, estás… ¡viva!
─Así es, y te lo debo a ti. Debo reconocer que has sido muy valiente. No sé cómo darte las gracias. Dime, ¿cómo te llamas?
─Me llamo Paul, ¿y tú?
─Me llamo Plume, Plume d’Ange
─¿Pluuuume d’Annnnge? ─repitió Paul, retorciéndose la boca y haciendo un enorme esfuerzo para imitar su pronunciación─. ¿Qué significa?
La pluma soltó una alegre carcajada.
─Es francés, significa Pluma de Ángel.
─¿Por qué te llaman así? ¿Por lo suave que eres, o por qué eres muy blanca?
─Esta Paul, es una historia un poco larga, y francamente, no creo que te interese.
─¿Por qué lo dices? ¿Qué te hace pensar esto?
Plume d’Ange hizo una pequeña mueca triste.
─No estamos precisamente en la era de los cuentos. Será que ya nadie sabe escuchar, ni tiene tiempo para hacerlo. A los niños ya no les gustan las historias. A ti por ejemplo no te gustan los libros, supongo que preferirás las consolas, los ordenadores, y estas cosas de hoy. Me lo imagino, porque vienes muy poco por aquí. Y cuando vienes...
La pluma se interrumpió, como si estuviera recordando algo, y continuó.
─¿Sabes? ─añadió─, fui testigo de la última vez que entraste, y no lo he olvidado.
─Bueno, bueno, ¡no me lo recuerdes por favor! ─pidió el niño, protestando débilmente ─lo que hice estuvo muy mal pero no lo comprendía, era mucho más pequeño. He cambiado, desde entonces. Anda, por favor, ¡cuéntame tu historia!
─Te cuesta mirar más allá de la apariencia, no te gusta leer, no respetas a los libros, ¿cómo vas a ser capaz de escuchar la historia de una simple pluma?
─Lo haré, déjame intentarlo. Te prometo que te escucharé, y no solo con los oídos, sino también con el corazón. Además, ya no creo que seas una simple pluma.
─¿Y si aparece tu abuelo? ¿Te imaginas su reacción si te encuentra aquí?
─Esto no ocurrirá, puedes estar tranquila. Es aún muy pronto, dormirá como mínimo una hora más.
Plume d’Ange sonrió, convencida, se instaló confortablemente en la mano de su nuevo amigo, y se aclaró la voz antes de empezar su relato.







No hay comentarios:

Publicar un comentario