viernes, 7 de agosto de 2015

¿Te apetece leer el primer capítulo de intemporalis?




Capítulo 1


Llegada a la Mansión del Lago




Han transcurrido muchos años desde el día en que vi abrirse por primera vez las verjas de la vieja mansión del lago.
El cincel del tiempo ha esculpido desde entonces finas arrugas en mi rostro, y la edad ha dejado pinceladas plateadas en mis sienes, pero mis recuerdos, los de aquel inolvidable verano, siguen intactos, inalterables, desafiando para siempre el tiempo y el olvido.
Recuerdo haber viajado durante horas con la cara pegada a la ventanilla del coche, mirando con fascinación los paisajes de Francia desfilar por primera vez delante de mis ojos. Viajaba hacia una nueva vida, un nuevo país, con la única familia que tenía entonces, mi madre.
A nuestra llegada y después de que se marchara el taxi que nos había llevado hasta allí, mamá me miró a los ojos como para darse valor y apretó mi mano. Luego, tocó tímidamente la gran campana de bronce. Nos miramos sin pronunciar una palabra y esperamos expectantes a que apareciera alguien. Poco después, la anciana propietaria del lugar se acercó sonriente por el sendero principal, con la dignidad y el porte propios de su condición aristocrática.
—¡Hola¡ Bienvenidos a Normandía! —nos saludó alegremente, mientras introducía una gran llave en la cerradura sin edad.
Forcejeó durante unos segundos antes de conseguir hacerla girar. Luego se oyó un chirrido desagradable y finalmente Madame de Caumont abrió las rejas con una sonrisa triunfal.
Yo no sabía que estaba abriendo ante mí las páginas aún en blanco del libro más inolvidable y hermoso que me iba a tocar descubrir.
Reparé por primera vez en que llevaba horas lloviendo. La lluvia, fina y persistente, nos había acompañado durante todo nuestro viaje. Había escoltado  nuestro tren mientras atravesaba interminables trigales y verdes praderas, y acompañado el coche que nos había llevado desde Caen por carreteras comarcales serpenteando entre los árboles. Ahora caía plácidamente sobre el viejo caserón, confiriendo al paisaje una atmósfera melancólica y entrañable.
Mis ojos se posaron tímidamente sobre la centenaria construcción. Era lo más imponente y señorial que en mis catorce años recién cumplidos hubiese visto nunca. Seguí boquiabierto el atrevido avance de una hiedra exuberante que había conquistado buena parte de la fachada y se disponía a pasar al asalto de la torre oeste. Luego, mi mirada recorrió los alrededores, contemplando la armoniosa acuarela de tonos verdes, acariciando las fuentes, las estatuas barrocas y las esculturas vegetales de los jardines a la francesa.
A lo lejos, se divisaba el oscuro espejo plateado de un lago, sin duda el que había dado su nombre al lugar. Parecía infinito. Sus confines se perdían en un pequeño bosque, envuelto en un denso manto de niebla plomiza.
—¿No es hermosa Normandía Alex? —murmuró mamá—, el pueblo donde me he criado está muy cerca de aquí, ¿sabes?
Miré los ojos de mi madre y advertí en ellos un brillo casi olvidado. En aquel instante me prometí que haría lo imposible para que no se apagara aquella llama, aquel destello de alegría que la vuelta a su país había encendido. ¡Por fin volvía a sonreír!
Seguimos a Madame de Caumont por el camino central que conducía a la mansión y mientras me recreaba en el crujido agradable de mis pasos hundiéndose en la gravilla, observé a nuestra anfitriona. Me gustaba, no hubiera sabido explicar por qué, pero algo había en la vieja dama que me había gustado a primera vista: su paso firme, su silueta frágil y elegante, sus cabellos blancos recogidos pulcramente sobre la nuca, su profundo acento francés al darnos la bienvenida…
Se giró de repente y clavó sus ojos azules en los míos antes de dedicarme una cálida sonrisa. ¿Habría captado mis pensamientos? No tenía ningún sentido pensarlo, sin embargo me sonrojé y de pronto sentí que me ardían las mejillas.
Por fin, llegamos a la gran escalera de piedra de la casa.
—El viaje desde Barcelona habrá sido muy pesado Claire, así que no os voy a retener mucho tiempo. Os enseño la mansión rápidamente y os llevo a vuestro  nuevo hogar.
Mamá asintió, agradecida, se sentía agotada.
—¿Y a ti qué te parece muchacho? quiero decir Alejandro… Te llamas Alejandro, ¿verdad?
—Si Señora, me llamo Alejandro, pero me suelen llamar Alex. Y… me parece bien.
—¿El qué? Ah sí, lo de la visita, claro. Pues adelante Alex, sígueme, pero llámame Sylvianne si no te importa, lo prefiero.
Entramos en un magnífico vestíbulo circular. Una suave luz se filtraba por las vidrieras de colores y bañaba la estancia. Procuré disimular mi admiración y contener mi entusiasmo, pero sin demasiado éxito. Me lo confirmó la sonrisa divertida de nuestra anfitriona al ver mi expresión asombrada. La mano de mamá apretó la mía como implorándome discreción, mientras seguimos a Madame de Caumont de sala en sala, deslumbrados y atónitos. Yo no me atrevía siquiera a pisar las alfombras cuyos colores maravillosos destacaban sobre el suelo de mármol blanco. Mamá por su parte, no se cansaba de admirar la suntuosidad de los cuadros, las lámparas,  los espejos. 
—He guardado lo mejor para el final y estoy segura de que te encantará, Alex. Me ha dicho tu madre lo mucho que te gusta leer.
Al pronunciar estas palabras, abrió de par en par unas magnificas puertas de roble con grandes flores de Lys grabadas en las cuatro esquinas y descubrió ante mis ojos incrédulos el sueño de todo lector asiduo: una grandiosa biblioteca. Contemplé las estanterías de madera llenas de libros. Recubrían las paredes desde el suelo hasta el techo abovedado adornado de maravillosos frescos barrocos. Admiré la chimenea, los enormes sillones de cuero, la gran alfombra persa y sólo pude balbucear:
—¡Es impresionante! ¿Cuántos libros puede haber aquí?
Sylvianne, complacida por mi expresión de total admiración se rió alegremente.
—Más de lo que podrás leer, amigo mío, pero están todos a tu disposición. Así que cuando quieras, te pasas por aquí y escoges. No tengas miedo a aceptar mi ofrecimiento, agradeceré tus visitas y la casa también. Será muy… refrescante.
Se quedó pensativa durante unos segundos antes de añadir:
—El silencio se ha ido apoderando de este lugar. Sin embargo, no siempre ha sido así, ¿sabéis? En otros tiempos la mansión estuvo llena de gente, de vida, de idas y venidas… Desempeñó un papel importante durante la segunda guerra mundial, cooperó con la resistencia, como muchos de los lugares de Normandía.
Suspiró profundamente.
—¡Ah! Si estos viejos muros pudieran hablar, seguro que nos contarían historias apasionantes. Yo recuerdo algunas, sólo tenía veinte años entonces… Pero basta de discursos, vamos a ver vuestro nuevo hogar.
Salimos de la mansión por la parte de atrás y tuve la impresión de asomarme a un paisaje completamente distinto. Aquel lado del jardín había abandonado la rigidez y simetría del estilo francés para dar paso a un espacio más libre, más informal, devolviendo a la naturaleza su exuberancia y protagonismo. Los senderos ya no eran anchos y rectos, se habían vuelto sinuosos y serpenteaban entre la vegetación, regalando a nuestros ojos sorpresa tras sorpresa. Un banco de piedra casi sepultado en los rododendros, un querubín tocando la flauta al pie de un árbol centenario, una glicina cayendo en cascada sobre un viejo muro, un quiosco de música emergiendo de la loca vegetación…
Y por fin, después de unos diez minutos caminando, vislumbré la casa a la vuelta de un sendero. Apareció de pronto como por arte de magia, iluminada por la espléndida luz que derrochaba la tarde. 
—¡Et voila! —exclamó Sylvianne, mirando con visible expectación a mi madre—, es vuestro hogar, vuestra “chaumière”.
—¿Chaumière? —repetí, sin captar el sentido de esta palabra francesa nueva para mí.
—Es una casa rural típica de Normandía —explicó mi madre.
—Debe su nombre al techo de paja, “chaume” en francés —añadió Madame de Caumont.
—Fíjate en la pendiente tan fuerte que tiene —puntualizó mamá—, es para evacuar el agua de lluvia. La construcción es estrecha porque la pendiente del techo no permite más anchura. Por lo general, las chaumières son alargadas, cada cuarto tiene su ventana y una puerta que da a la habitación siguiente.
—También es muy típico el entramado de las vigas aparentes que ves en los muros exteriores, es lo que llamamos “colombages” —explicó Madame de Caumont.
—¿Por qué han plantado estas flores azules arriba del tejado?
Mamá miró a nuestra anfitriona esperando su respuesta. Aparentemente, ella tampoco lo sabía.
—Estas flores son iris. Antiguamente, acostumbraban a rematar el tejado con una buena capa de arcilla, y allí plantaban los bulbos para que con el tiempo se multiplicaran los rizomas y sujetaran fuertemente la paja del techo. Aquí lo hemos hecho simplemente para recordar la tradición.
—Me gusta mucho la chaumière Sylvianne. Es muy antigua?
—Lo era querida, del siglo diecinueve para ser exacta, pero los bombardeos casi la destrozaron durante la batalla de Normandía en el año mil novecientos cuarenta y cuatro. Afortunadamente conseguimos restaurarla después de la guerra. Hemos tratado no sólo de respetar los planos iníciales, sino también de devolverle su personalidad y su mobiliario original. Por supuesto hemos tenido que aportarle algunas comodidades imprescindibles hoy en día, electricidad, agua caliente y calefacción, pero la chaumière conserva su carácter auténtico, como tiene que ser.
Entramos directamente en la sala principal de la casa, una gran estancia luminosa presidida por una chimenea de piedra. Llamó mi atención, en la pared blanca, una colección de platos de cobre y estaño que representaban escenas típicas de la región. Me encantaron  las enormes vigas del techo, los dos sillones dispuestos en frente de la chimenea, me imaginé las entrañables veladas de invierno que habían debido presenciar. En el centro del comedor, una mesa de roble rectangular y grandes sillas de respaldo alto y asientos de paja que parecían invitar al descanso.
A la izquierda de la sala, una escalera de madera subía hacia lo que parecía un pequeño balcón. Sylvianne, siempre pendiente de mis reacciones preguntó:
—¿Te gustaría subir a ver la mezzanine?
—¿Qué es una mezzanine?
—Lo que estás mirando, un piso intermedio con un balcón que da hacia el interior. Arriba encontrarás una habitación y apuesto a que de las tres que tiene la chaumière, será tu preferida. Es la única que no es original, porque se ha tenido que reconstruir esta parte de la casa, pero es fantástica. Tiene vistas a la parte de atrás, al lago.
Dejé a mi madre visitar el resto de la casa con Sylvianne y subí entusiasmado para explorar la mezzanine. La estancia era pequeña, bañada por una luz suave y me pareció muy acogedora. Me gustó a primera vista. Al fondo, una cama barco recubierta de una antigua colcha de ganchillo se escondía bajo la pendiente del techo donde se había instalado una pequeña biblioteca. A sus pies, una mullida piel de cabra blanca y grandes cojines de colores vivos. Frente a la ventana, destacaba un antiguo escritorio de roble con muchos cajones, acompañado de un confortable sillón de madera de patas torneadas. El asiento y los brazos estaban tapizados de terciopelo de color púrpura.
En un rincón, un enorme baúl de viejas bisagras de hierro y un armario normando completaban el mobiliario.
No pude resistir y decidí probar el sillón. Me senté con cuidado frente al escritorio, apoyé mi espalda en el mullido respaldo y cerré los ojos. ¡Qué confortable! Me sentía como un rey en su trono. El sitio era fantástico para leer, escribir o dibujar, y la vista… la vista era realmente magnífica. Por la ventana se podía admirar en todo su esplendor el lago. 
Mi mirada se deslizó una y otra vez sobre su superficie de reflejos metálicos. Sentí que se me formaba un nudo en la garganta. No hubiera  podido definir la extraña sensación que me estaba invadiendo, pero algo en su atmósfera me atraía y me incomodaba a la vez. Sería probablemente cosa de mi eterna imaginación o la densa niebla que parecía emerger del bosque. Se me empezó a secar la boca y tragué saliva.
Contemplé el pequeño embarcadero y algunas barcas amarradas que parecían llevar siglos en desuso. Pinturas desconchadas de colores mustios, nombres desdibujados por el olvido. “El silencio se ha ido apoderando de este lugar”. Las palabras que Sylvianne había pronunciado poco antes resonaban en mi cabeza y empezaban a cobrar sentido. Por toda la propiedad se percibía el olvido y el abandono. 
De pronto, me sobresalté. Una silueta masculina había aparecido de repente, justo allí delante de mis ojos, donde un segundo antes no había nadie. No podía ser. Me froté los ojos, incrédulo, pero la sombra siniestra seguía allí. Volví a tragar saliva mientras se me aceleraba el pulso y empezaba a notar un latido muy rápido en mis sienes. De repente, levantó la cabeza y me miró. Luego esbozo un gesto ambiguo en mi dirección.
¿Qué había significado aquella mueca? ¿Se trataba de un aviso o quizás de una amenaza? Algo andaba mal, estaba seguro.
Presa del pánico, me levanté de un salto y me lancé escaleras abajo. Fui a caer en brazos de Sylvianne que se tambaleó. No la tiré al suelo de puro milagro.
—Pero muchacho, ¿qué es lo que te pasa? Parece que has visto un fantasma.
—Hay alguien —balbuceé como un idiota—, alguien muy raro en el embarcadero, ha aparecido de pronto y me ha estado mirando…
Al verme tan alterado, mamá arqueó las cejas sin comprender, mientras Madame de Caumont se reía a carcajadas.
—Pues es muy fácil que haya alguien aquí abajo Alejandro, pues hay varias personas trabajando en la mansión. La más probable es que hayas visto a Jürgen. Ayuda en los trabajos de jardinería y también se ocupa de las barcas. Mañana, cuando se te haya pasado el susto, te lo presentaré. Te aseguro que es completamente inofensivo.
Y ahora, os dejo instalaros y sobre todo descansar. Tenéis la nevera llena y os he dejado la cena en la cocina ¡Hasta mañana!
La vi alejarse riéndose a carcajadas y me sentí como un perfecto idiota. ¿Cómo había podido tener una reacción tan exagerada? ¿Por qué me había dejado llevar por el pánico sin ningún motivo real? No tenía respuesta, pero seguía con el convencimiento de que había algo extraño en este tal Jürgen, una pequeña voz interior me lo repetía.
Mamá me rodeó los hombros con su brazo y depositó un beso fugaz en mi mejilla.
—Me parece que tu imaginación te ha jugado una mala pasada, hijo, ¿no estarás leyendo demasiadas historias de terror últimamente?
No supe qué contestar y suspiré profundamente. Me sentía un poco confuso. Me preocupaba haber causado una pésima impresión en mi primer día. Seguro que Sylvianne aún se estaba riendo de mí.
Para distender un poco el ambiente, mamá me enseñó el resto de la casa. No era muy grande pero suficiente para nosotros dos y muy cómoda. El mobiliario era antiguo, de estilo normando, de madera oscura y pesada. Los “chiffoniers”, cuyos cajones olían a naftalina, parecían repletos de secretos, los armarios eran tan altos y profundos que intimidaban, las grandes camas barco invitaban a surcar océanos de sueños… El lugar parecía cargado de historia y de recuerdos. No era un lugar de paso, ni de vacaciones, era un hogar. A partir de ahora iba a ser nuestro hogar.
Cenamos en silencio, cansados pero ilusionados ante la oportunidad que nos había brindado el destino. Mi madre me explicó que conocía a Madame de Caumont desde la infancia. Superada por los enormes gastos de la mansión, la anciana señora había decidido rentabilizarla, alquilando algunas de las chaumières de la enorme propiedad. La mansión tenía grandes pistas de tenis y caballerizas. El lago ofrecía la posibilidad de organizar paseos en barca. Que vinieran turistas no era problema, ya que el pueblo atraía a toda clase de gente, interesados en el turismo rural, el senderismo, y la herencia histórica de la región.
Madame de Caumont se había enterado de que mamá buscaba trabajo y que estaba pensando regresar a Francia. Había pensado en contratarla para organizar el proyecto y poner todo en marcha. Aún había mucho que hacer, por lo menos todo un verano de duro trabajo. Después, se encargaría de supervisar el funcionamiento del establecimiento. El salario era bueno y las condiciones excelentes.
Estábamos los dos ilusionados, ella porque volvía a su tierra con un buen trabajo y una casa que superaba nuestras esperanzas, yo, porque intuía en esta tierra nueva para mí, un entorno propicio a la aventura, la imaginación y por qué no, al misterio, todo lo que mis catorce años recién cumplidos tanto anhelaban.
Me costó conciliar el sueño aquella primera noche. Una enorme luna llena rodeada de un halo de niebla pintaba reflejos de oro en la superficie del lago. Todo estaba en calma, todo menos mi mente inquieta que repasaba febrilmente los acontecimientos del día. Una y otra vez volvía a aparecer la siniestra silueta entre las barcas, y se me encogía el estomago sin saber muy bien por qué.
Con sólo un poquito más de valor me hubiera levantado y hubiera ido a investigar a la orilla del lago, pero no me arriesgué. Me venció el cansancio y sin apenas darme cuenta me deslicé suavemente en las profundas olas del sueño.


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