martes, 22 de septiembre de 2015

Ganadora del sorteo del ejemplar dedicado de Intemporalis


Buenas tardes a todos,

Hoy, os traigo en esta entrada la ganadora del sorteo del ejemplar dedicado de Intemporalis, Beatriz Martin Piña. 

Querida Beatriz, te agradezco que te hayas molestado en mandarme esta foto tuya con el libro. Espero, sinceramente, que te guste,  colme tus expectativas, y que pueda, en una próxima entrada, exponer a los lectores de este blog, tu opinión sobre la novela.

¡Que la disfrutes!




lunes, 7 de septiembre de 2015

El ángel de la desesperación






















Volvieron las mariposas negras en el macilento cielo de un agónico atardecer. 
Llegaron en multitud tenebrosa, oscureciendo el horizonte de su existencia. Aprovecharon las lluvias ácidas del desengaño para multiplicarse en el oscuro silencio, antes de iniciar un viaje sin retorno desde los humedales del olvido. Portadas por los vientos sulfurosos del rencor, volvieron en tumulto de desdichadas memorias.

Aparecieron de repente, cuando por fin se había convencido de que la vida puede ser bella, de que el amor puede ser verdadero, de que la felicidad es tan simple como vivir, amar o escribir.

No quiso mirar las señales, ni escuchar la voz interior que le avisaba de su inminente llegada, no percibió el rumor ahogado de sus alas, ni el llanto de la vida devorada a su paso.

Cuando las vio, ya era tarde. Se habían posado sobre su vida, sobre su casa, oscureciendo sus sueños, privándole de luz, robándole la paz , la belleza y la alegría.

Entonces, apareció. Oscuro, eterno, trágicamente bello, con sus grandes alas entreabiertas y sus ojos de tinieblas. Al reconocerle cerró los ojos y se acurrucó en el rincón más oscuro de su cuarto, pero no logró encontrar paz, ni lugar donde esconderse.

Allí estaba, como siempre estuvo, con su gélido abrazo, sus besos amargos, sus ásperas caricias de abandono. Allí estaba de nuevo, el Ángel de la desesperación.
   






sábado, 5 de septiembre de 2015

La isla de la Imaginación, primer capítulo







Un viaje inesperado




Las escuelas habían cerrado sus puertas la semana anterior. El verano ya estaba aquí. ¡Por fin empezaban las vacaciones escolares!
Pero a Jonathan, le daba igual. Todo le daba igual. No había planes de vacaciones este año. Sus padres habían intentado animarle, diciéndole que tenía la suerte de vivir en Barcelona, donde había mil maneras de pasarlo bien. Le habían explicado que mucha gente venía de lejos para conocer su ciudad porque ofrecía muchas posibilidades de diversión, pero esto no le consolaba, ni le hacía sentir menos desdichado.
¡No tendría vacaciones! Sus ocho años no le permitían aceptar que sería el único de su clase en quedarse en la ciudad. Todos sus amigos se marchaban. Hélène se iba a Paris, Martín viajaría a Nueva York, y ¿para qué continuar? todos los demás se iban también. Todos menos él.
Este año, no podría ir a pasar el verano a Granada a casa de sus tíos, ni a Francia a visitar a sus abuelos, ni a ninguna parte… Se tenía que quedar en Barcelona, porque sus padres no habían podido hacer coincidir sus vacaciones. Su madre las cogía en Julio y su padre en Agosto. No vería a sus primos ni a sus amigos, no recorrería los alrededores del pueblo con su bicicleta, ni correría por el campo como un caballo salvaje.
¡Nada de nada!
Allí estaba, encerrado en la ciudad, solo y aburrido. Su padre trabajaba de noche y dormía por la mañana. Su madre estaba de vacaciones y le llevaba un rato a la playa cada día, pero esto no le satisfacía. Además, hacía calor y por la tarde, no había manera de librarse de la odiosa siesta. ¡Cómo le hubiera gustado hacer las maletas para irse con su familia lejos de la ciudad!
Sabía que le tocaría jugar solo, como siempre, y estaba harto de aburrirse. Hoy mismo, había agotado todas las posibilidades del día, pero no había conseguido vencer su mal humor. Había mirado los dibujos animados, había estado un rato en la piscina, se había entretenido jugando con su consola, se había incluso disfrazado de pirata. Pero se le habían acabado todas las ideas, y ahora ya no sabía qué hacer, se sentía  solo, solo y triste.
Sentado en su habitación con su pañuelo de pirata atado en la cabeza, su parche negro en el ojo, Jonathan rumiaba su aburrimiento, enfadado con el mundo entero. Era la hora de la siesta pero no tenía sueño. A su lado, su gata negra Fidji ronroneaba, perezosa.
─Si por lo menos, consiguiera dormirme un rato, la tarde pasaría más rápido ─le dijo, como si el animal lo pudiera entender.
Jonathan se dejó caer de espaldas en la cama y cerró los ojos, intentando conciliar el sueño. Al cabo de un minuto, empezó a oír un zumbido molesto que se iba intensificando, cada vez que el insecto sospechoso se acercaba a su oído. Lo alejó una y otra vez con la mano, pero el mosquito volvía insistentemente.
Cuando ya parecía que le iba a dejar tranquilo, cuando estaba a punto de quedarse dormido, un picotazo tremendo le despertó de golpe. Se incorporó, sorprendido, mientras notaba una sensación fuerte de quemadura. El insecto le había picado justo en medio de la frente.
Contrariado y a punto de ponerse a llorar, Jonathan se sentó en la cama y con la punta de los pies, buscó sus zapatillas a tientas. Se levantó y se acercó al escritorio. Apartó la silla y se inclinó para verse mejor en el gran espejo colgado en la pared, apoyando sus codos en el mueble.
La cabeza le empezaba a dar vueltas y se sentía un poco mareado. Se dejó caer hacia atrás, en la silla.
─¿Qué me pasa? ─se preguntó inquieto─, no me encuentro bien. ¿Qué tipo de insecto me habrá picado?
Volvió a acercar su cara al espejo. Su reflejo le pareció ligeramente borroso, pero distinguió como una aureola roja se iba formando en segundos en medio de su frente, y se empezaba a hinchar.
El pañuelo de pirata anudado en la nuca y enmarcando su carita asustada le daba un aire cómico, así como el parche negro que se había movido y le tapaba solo medio ojo.
─¡Guay!
Sonrió a pesar del mareo que le invadía
─¿Verdad que parezco un autén­tico pirata Koko? ¿Tú qué crees lorito? ─le preguntó al loro de peluche que se balanceaba en un palo de madera colgado del techo. Pero evidentemente, el loro no le contestó.
Cuando Jonathan se acercó de nuevo al espejo, se dio cuenta que se había formado una niebla grisácea, que iba volviéndose vez más densa.
─¡Huy! ¡Qué mal estoy! Veo doble, me parece que tengo fiebre. Fidji, no me encuentro bien.
Y pronunciando estas palabras, se tambaleó. Su cabeza se inclinó hacia delante. En el momento en que su frente tocó el espejo, su sorpresa fue mayúscula. No recibió  la sensación fresca que esperaba. Tuvo más bien la impresión de apoyarse en algo tibio y blando, casi gelatinoso, algo que parecía ceder a la presión y se hundía.
Se asustó. Su primera reacción fue echarse hacia atrás precipitada­mente. Luego, al ver que no sucedía nada, se dejó llevar por su natural curiosidad. Se acercó y muy lenta­mente, con mucho cuidado, extendió la mano. Tocó lo que hasta ahora era el espejo, observando, atónito como su mano desaparecía en su interior. Intrigado, la movió para intentar adivinar donde había entrado,  pero no notó nada.
Decidido a averiguar lo que estaba pasando, se subió al escritorio, se sentó encima de la mesa, volvió a pasar una mano a través del espejo, la segunda, una pierna y luego la otra. Por fin, sin atreverse a abrir los ojos, pasó la cabeza y el resto del cuerpo hasta que… se precipitó en el vacío. El corazón le dio un vuelco mientras se sentía caer.
¡Chaf!
¡Agua! ¡Agua helada! Abrió los ojos, asustado, y cuando vio donde se encontraba, abrió la boca, muy grande, para gritar. Pero fue incapaz de emitir un sonido. La sorpresa le había dejado mudo.
 Se encontraba solo en medio del mar, bajo un sol de justicia. Sin darse cuenta, instintivamente, se había puesto a nadar.
─Es la fiebre, me he dormido y debo estar soñando ─pensó, inten­tando frenar el pánico que le invadía─. Si cierro los ojos y los vuelvo a abrir, seguro que despertaré.
Y así lo hizo pero no, no se despertó. Si aquello era un sueño, debía ser una pesadilla. A su alrededor flotaban barriles, trozos de madera, restos de objetos que parecían provenir de un naufragio. Delante de él, a lo lejos, se divisaba una playa, una isla montañosa…
¡Estaba solo!
Se acercó como pudo a un viejo baúl entreabierto que flotaba a unos metros de él y se agarró desesperada­mente.
─Esta isla parece desierta─pensó,  nadando con todas sus fuerzas─, y tengo  que llegar como sea. Este baúl no flotará mucho tiempo. Además, podría haber cualquier cosa en el mar, tiburones, monstruos, cadáveres… ¿Qué sé yo?
Este pensamiento hizo llegar una ola de calor a su estómago que se empezó a encoger, pero no cedió al pánico. Se obligó a controlar su respiración, como se lo había enseñado su madre.
“Si nadas tranquilamente, puedes nadar mucho tiempo” le repetía siempre”. Eres muy resistente pero tus nervios te colapsan. Olvídate del miedo, olvídate de que nadas, simple­mente hazlo, con tranquilidad…”
─¡Mamá! ─murmuró─ ¿Dónde es­tás?
Durante unos instantes, sintió unas enormes ganas de llorar. Pero no tenía tiempo para compadecerse de sí mismo, tenía que nadar y llegar a la orilla.
Una gaviota burlona pasó volando, bajó en su dirección hasta rasar su cabello. Le interpeló con una sonora carcajada.
─Deja de llorar, criatura, ¡ya tenemos bastante agua aquí!
─¡Cállate pajarraco! No existes. ¡Fuera de mi sueño!
─Si esto es un sueño, deja de nadar y despertarás. ¡Anda! ¡Pruébalo!
Jonathan lo probó y se hundió de golpe. Desapareció instantáneamente en las aguas heladas. Se asustó, pataleó, se debatió y bebió un gran trago de agua salada, pero afortuna­da­mente no se ahogó. A pesar de un ataque de tos, consiguió mantenerse a flote y seguir nadando.
No, no se trataba de un sueño.
Una enorme figura de proa pasó flotando a su  lado. Representaba un niño, un niño de su edad y su aspecto le recordaba mucho a alguien.
─¡Ahí va! Pero este soy yo!
Debajo de la figura el nombre del barco: El aburrimiento. Pensó que sería el barco que había naufragado allí, pero ¿por qué  se le parecía la estatua? No entendía nada.
Media hora después, Jonathan llegó por fin a la playa, completamente agotado, y se dejó caer  sobre la arena dorada y caliente. Antes de que pudiera descansar, una voz estridente le interpeló.
─¿Qué tal, marinero de agua dulce? ¿Piensas pasar todo el día durmiendo?
Jonathan abrió los ojos, levantó la cabeza y vio una silueta que le resultó familiar. Era un loro, un loro verde y naranja que se parecía mucho a…
─¿Koko? ¿Eres tú? Pero, ¿qué te ha pasado? ¿Estás vivo?
─¿A ti qué te parece? ─se desgañitó el loro─. ¿Acaso tengo pinta de pájaro muerto? Un poco de respeto, por favor.
─¿Qué haces aquí?
─¿Cómo que qué hago? Pues lo mismo que tú, pirata.
─Pues ya me lo explicarás, porque yo aún no sé lo que hago aquí. No sé cómo he venido, ni cómo voy a volver a casa.
─Vamos a ver niño, no te pongas a lloriquear, que tienes ocho años ya. ¿No te aburrías hace un momento? ¿No querías ser pirata?
─Sí pero…
─¡Nada de peros! ¿Dime, que buscan los piratas? ¿No lo sabes? Piensa un poco, haz un pequeño esfuerzo… Buscan un TE SO RO.
Ahora levántate y mira alrededor, dime, ¿qué es lo que ves?
─Una isla.
Koko puso los ojos en blanco, como si se le estuviera agotando la paciencia.
─No jovencito, respuesta equivo­cada, esta no es una simple isla, no es una isla cualq uiera. Es una isla desierta y misteriosa, y quien dice isla miste­riosa dice TE SO RO. ¿No has leído el libro?
─¿Qué libro?
─”La isla del tesoro”.
─Ya sabes que no me gusta leer.
─Me parece que no empeza­mos muy bien ─masculló Koko─. Bueno, da igual, ¡a lo que íbamos! Hoy es tu día de suerte, marinero, se acabó el aburrimiento y comienza la aventura.
─¿La aventura? ─repitió Jonathan perplejo─, ¿qué aventura?
Koko suspiró profundamente.
─Está visto que tengo que expli­cár­telo todo, muchacho. Estamos en la isla del tesoro, y ahora, solo nos falta encontrar el mapa que nos lleve a este tesoro. Por lo tanto, ¡pongámonos a buscarlo, pero ¡ya!
Jonathan, aún aturdido por todos estos acontecimientos, pero reconfor­tado por el hecho de tener compañía, volvió a anudar el pañuelo rojo sobre sus cabellos rubios y a colocarse el parche en el ojo. Sus mejillas, tan blancas habitualmente, empezaban a ponerse de un bonito color rosa. Miró sus pies, y se dio cuenta de que no llevaba zapatos, pero prefirió no protestar más y siguió el loro.
Se pusieron los dos a revisar los objetos que yacían esparcidos en la arena, a lo largo de toda la playa. Jonathan encontró unos catalejos, un cuchillo que se ató a la cintura, y el loro le trajo una bolsa de cuero. La abrió y vio que contenía una caja de cerillas. Decidió que podía serle útil, y se puso la bolsa en bandolera. También se hizo con unos viejos zapatos con suela de cuerda un poco grandes para él. Lo demás no era de ninguna utilidad.
¡Del mapa, ni rastro!
─¡Piensa!, chico, ¡piensa! ─gritaba el loro con su voz estridente─. ¿Dónde puede estar el mapa?
─¿En el baúl tal vez?
─¿Qué baúl?
Jonathan corrió hacia el viejo cofre que flotaba todavía en el agua. Lo arrastró sin dificultad, lo que probablemente era señal de que estaba vacío. Después de llevárselo a la arena, inspeccionó su contenido sin demasiada esperanza, mientras Koko se posaba en el borde del baúl para verlo todo mejor.
El corazón le dio un vuelco cuando en su interior, vio un pergamino enrollado. Estaba mojado, pero afor­tu­na­da­mente, el agua no había borrado las inscripciones. Era un mapa de la isla, con un camino, señalado en rojo que la recorría. En varios puntos del recorrido, había signos de interro­gación. Jonathan y Koko conta­ron hasta siete. Al final del camino, dentro de lo que parecía un volcán, habían dibujado un cofre con un corazón en su tapa.
En el fondo del baúl, en una pequeña bolsa de terciopelo, Jonathan encontró un cristal de roca tallado en forma de corazón, similar al símbolo del mapa.
Su pureza y transparencia eran extraordinarias y no presentaba nin­gún defecto.
Jonathan miró una y otra vez la piedra y el mapa, sin conseguir hallar la relación entre ambos. Después de guardar cuidadosamente los objetos en la bolsa, se pusieron en marcha. Dejaron atrás la playa de cocoteros y cogieron un sendero que se adentraba en la isla, serpenteando montaña arriba entre la vegetación.
Al cabo de un rato, Jonathan desplegó el mapa y lo miró atenta­mente.
─¿Qué debemos encontrar pri­mero, grumete? ¿A dónde vamos?
─Parece que debemos buscar un puente suspendido, Koko,  míralo,  está dibujado aquí. Pero justo antes de poderlo cruzar, hay un interrogante en el mapa. ¿Qué querrá decir? Todo esto es muy complicado y empiezo a tener hambre.
─Jona, no pienses en tu estómago ahora, compórtate como un pirata, ¡abre bien los ojos!
─Vale, si tú te comportas como el loro de un pirata y te subes en mi hombro, pero, ¡Huy! ¡Me estás clavando tus uñas!
─No gimotees, ya no eres Jonathan, niñito de ciudad, ahora eres el temido John Silver, alias  Long John─, gritó el loro con voz discordante.
Jonathan se puso a reír, y ambos se fueron cantando a dúo: “Jo, jo, jo, y una botella de ron”.
─Por cierto, ─preguntó Jonat­han─, ¿quién es este Long John?
─¡Ay, muchacho! No me digas que no sabes quién es.
─La verdad es que no, no tengo ni idea.
─Es el pirata de “La isla del tesoro”, uno de los libros que todo niño tendría que leer. Es la historia de un niño que conoce a un terrible pirata llamado Long John, y de una isla misteriosa, con tesoros escondidos. Es uno de estos libros que no puedes soltar cuando lo empiezas. Te convier­tes tú mismo en el héroe, viajas, buscas el tesoro, ¡Es genial!
─Puede que un día lo lea ─afirmó Jonathan─, quizás no sea tan aburrido al fin y al cabo.
─¡De aburrido, nada! ¿Te aburres aquí?
─De momento, no he tenido tiempo ─contestó Jonathan con una sonrisa.
─Pues leer es esto ─explicó Koko─, es vivir aventuras, es sumer­girse en un mundo diferente y olvidarse del tiempo. ¡Leer es no aburrirse nunca!


Long John─, gritó el loro con voz discordante.
Jonathan se puso a reír, y ambos se fueron cantando a dúo: “Jo, jo, jo, y una botella de ron”.
─Por cierto, ─preguntó Jonat­han─, ¿quién es este Long John?
─¡Ay, muchacho! No me digas que no sabes quién es.
─La verdad es que no, no tengo ni idea.
─Es el pirata de “La isla del tesoro”, uno de los libros que todo niño tendría que leer. Es la historia de un niño que conoce a un terrible pirata llamado Long John, y de una isla misteriosa, con tesoros escondidos. Es uno de estos libros que no puedes soltar cuando lo empiezas. Te convier­tes tú mismo en el héroe, viajas, buscas el tesoro, ¡Es genial!
─Puede que un día lo lea ─afirmó Jonathan─, quizás no sea tan aburrido al fin y al cabo.
─¡De aburrido, nada! ¿Te aburres aquí?
─De momento, no he tenido tiempo ─contestó Jonathan con una sonrisa.
─Pues leer es esto ─explicó Koko─, es vivir aventuras, es sumer­girse en un mundo diferente y olvidarse del tiempo. ¡Leer es no aburrirse nunca!


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Tercera reseña para Intemporalis, desde Colombia - Bogotá D.C. por Luisa Adriana Casas

De tiempo en tiempo, el amor. Reseña

INTEMPORALIS, Michèle Rodríguez, ebook (amazon-2015)

Michèle Rodríguez. Autora de origen francés, criada en Normandía, quien actualmente vive en España.

Historias con referencias claras y específicas al paso del tiempo, nos mueven a un determinado instante de la vida de alguien con su entorno y vivencias,  van envolviéndonos casi apresándonos, así de esta manera me ha llegado esta historia, una novela que parece entrometer un juego entre intervalos históricos lejanos, y el tiempo real  palpitante con personas idénticas y emociones intactas. Esta novela nos lleva desde un cierto período en 1998 hacia días de la segunda guerra mundial en retrospectiva pero infundado de hechos reales.

Con la mirada escrutadora, ansiosa y juvenil Alex, nos llevara a través de este  tiempo, desafía la imaginación y la naturaleza, el paso de épocas permitiéndonos igual que él viajar en el tiempo, descubrirse en el amor y traspasar ese espacio con una memorable historia de amor, que dejara una huella esbozada sobre un lienzo.

El estilo natural de la autora nos va sorprendiendo en cada página, una buena narración con el ideal de Alex y su madre, quienes son muy unidos, llegan a algún lugar a refugiar sus soledades, y casi renacer de ellas;  Alex se siente muy atraído, a nuevas vivencias y a pesar de que interiormente quiere prevalecer el cuidado de su madre, esa nueva fuerza que hallara en el bello lugar, le ofrecerá vivir toda una experiencia, a conocer la vida de otros, en sufrimiento y desprotección, pero al mismo tiempo, la bondad, la fuerza del espíritu y la lucha por ideales.
La narración nos ofrece la descripción de lugares: como en Normandía, de algunos paisajes, de la visión del artista y su manera de crear una pintura, de rostros que permanecen, del miedo y los recuerdos.

Los personajes, son entrañables eternos de convicciones fuertes Sylvianne, muestra en los años que tiene el sentido del amor filial, Jurgen es como el bonachón de la historia, confianza y credibilidad, su visión está más allá del horizonte propio de la vida. Y Seb, el nuevo amigo, alegre solidario, buscando siempre soplos de alegría. La Madre de Alex, es el imaginario de complicidad pero al mismo tiempo de confianza para su hijo quien a sus 14 años quiere tomar todo del mundo. Y El tiempo, personaje fuerte, mi favorito porque  demarca la historia, y encierra los amores, parejas que se unen, cada una con su propio esfuerzo por crearse y mantenerse. Y el recuerdo grabado en los instantes.

Mi opinión personal, va de la mano con el gusto por que la novela me va guiando, me parece creativo el argumento, un título que pareciera no sugerir mucho, es casi la guia, se me ocurre decir el medio para viajar. Hay espacios que dentro de la misma ficción quedan como a la deriva, pero son libres de la mente del lector, ese ir y venir en el tiempo que con certeza sabemos que no es real, pone el toque de misterio que atrapa. En definitiva es un libro que recomendaría, creo que no es el tipo de escrito que me obligue a modificar algo en mí, pero si me ha dejado una grata recordación sobre ciertos valores en los seres humanos.

La autora me ha permitido leer su obra, adentrarme, y ofrecerle una sencilla opinión, y con mucho agrado escribo estas líneas agradeciendo este privilegio.


Luisa Adriana Casas – Bogotá D.C. – Colombia Agosto -2015



martes, 1 de septiembre de 2015

Segunda reseña para Intemporalis de María, del blog thebooksdreamland.wordpress.com



Después de la estupenda reseña de mi querida Miriam Beizana, autora de Marafariña, es una alegría para mí presentaros la segunda, que viene de mano de María, del blog Thebooksdreamland.wordpress.com
¡Gracias, María!

Ver la reseña en el blog de María


Intemporalis

Calificación personal: 7,5/10


Género: narrativa



Sinopsis: Francia, junio de 1998. Un pequeño pueblo de Normandía, una antigua mansión, un lago rodeado de niebla…
Todo empieza cuando Alex, que acaba de llegar a la propiedad de la condesa de Caumont, se desorienta durante un paseo en barca. Perdido en la bruma, repara en una chica misteriosa que parece observarle desde la orilla del lago. Impresionado por la visión, decide volver para intentar conocerla. A partir de entonces, se sucederán acontecimientos inimaginables, que darán un vuelco a su existencia. El verano de aquel año marcará para siempre su vida. Por primera vez Alex descubrirá el amor, se enfrentará a la fuerza del destino y conocerá el valor de la amistad verdadera. Luchará con el ímpetu de su juventud para cambiar el futuro, con la esperanza de que conseguirá vencer al tiempo, la guerra y la muerte.


Reseña

Esta es otra de esas ocasiones en las que un libro te escoge para que lo descubras, en lugar de ser tú, como lector, quien lo escoges a él. El destino ha hecho que Michele y yo nos conociéramos y que esta entrañable historia llegara a mis manos. A ti también debo agradecerte que quieras mi humilde opinión sobre tu obra. Sé que no es algo fácil,  porque este trabajo ha sido tu ilusión, un proyecto en el que vuelcas amor, entrega, esperanzas, sueños…. Por eso mismo lo valoro muchísimo. Gracias.

Intemporalis es una bonita historia que nos presenta las vivencias de un joven de 14 años que aprende, durante ese verano mágico, qué es el primer amor. Un amor que traspasa las fronteras del tiempo y reta a las leyes de la naturaleza. La novela destila un aroma juvenil, fresco, cándido. Me ha gustado mucho el estilo de Michele, su forma de narrar los acontecimientos y dar vida a sus personajes. Avanzas por los capítulos sin apenas notarlo, navegando tranquila, porque te sientes cómoda con el entorno y con la trama.



En cuanto a sus personajes, viviremos la historia a través de los ojos de Alex, un chico inocente, curioso, soñador, muy unido a su madre. Es tan especial ese vínculo que se en ocasiones se siente responsable de ella, haciendo las veces de figura paterna, tan grande es su afán de protección hacia ella. Esas situaciones me han parecido enternecedoras.

Seb resulta divertido e incluso cómico, insuflando vida en la aburrida (desde su punto de vista) existencia de Alex. Sylvianne, por su parte, es un personaje entrañable y Júrgen tiene toda la pinta de ser el típico hombre bondadoso en el que todos confiaríamos, como un abuelo afectuoso que vigila tus pasos.

Al principio puede parecer que el libro sólo contiene una historia de amor dulce entre dos jovénes, pero a media que avanza la trama veremos que hay más. Experimentaremos el inicio de la madurez de un joven ante el que desfilan algunos de los horrores de la vida, presenciaremos cómo hace frente a ciertas situaciones, peligrosas en muchos casos, a pesar de haber vivido en un entorno protegido e inalterable. Su sentido del deber y de ayudar al prójimo, a tenor de poner en riesgo su propia vida, es realmente destacable.

Por último, decir también que el entorno que ha escogido Michele para situar la obra es espléndido. Una mansión ubicada en Normandía, con unos parajes impresionantes y un lago que reclama con voz propia tu atención. Debo reconocer que el campo me encanta. Probablemente tenga mucho que ver el cariño que siento por el pueblo de mis padres, donde tuvieron lugar los recuerdos más entrañables y preciados de mi infancia. Eso ha hecho que desde el primer momento me haya visto reflejada en Alex y haya sentido en primera persona sus vivencias. A mí también me habría encantado abrir aquella ventana de la mezzanine y sentir esos aromas silvestres, frescos, puros, golpear mi cara. Notar esa liberación que te produce el estar rodeado por la naturaleza. Un lugar maravilloso el que ha recreado la autora para situar la historia.




Puedes encontrar el libro “Intemporalis” aquí