sábado, 5 de septiembre de 2015

La isla de la Imaginación, primer capítulo







Un viaje inesperado




Las escuelas habían cerrado sus puertas la semana anterior. El verano ya estaba aquí. ¡Por fin empezaban las vacaciones escolares!
Pero a Jonathan, le daba igual. Todo le daba igual. No había planes de vacaciones este año. Sus padres habían intentado animarle, diciéndole que tenía la suerte de vivir en Barcelona, donde había mil maneras de pasarlo bien. Le habían explicado que mucha gente venía de lejos para conocer su ciudad porque ofrecía muchas posibilidades de diversión, pero esto no le consolaba, ni le hacía sentir menos desdichado.
¡No tendría vacaciones! Sus ocho años no le permitían aceptar que sería el único de su clase en quedarse en la ciudad. Todos sus amigos se marchaban. Hélène se iba a Paris, Martín viajaría a Nueva York, y ¿para qué continuar? todos los demás se iban también. Todos menos él.
Este año, no podría ir a pasar el verano a Granada a casa de sus tíos, ni a Francia a visitar a sus abuelos, ni a ninguna parte… Se tenía que quedar en Barcelona, porque sus padres no habían podido hacer coincidir sus vacaciones. Su madre las cogía en Julio y su padre en Agosto. No vería a sus primos ni a sus amigos, no recorrería los alrededores del pueblo con su bicicleta, ni correría por el campo como un caballo salvaje.
¡Nada de nada!
Allí estaba, encerrado en la ciudad, solo y aburrido. Su padre trabajaba de noche y dormía por la mañana. Su madre estaba de vacaciones y le llevaba un rato a la playa cada día, pero esto no le satisfacía. Además, hacía calor y por la tarde, no había manera de librarse de la odiosa siesta. ¡Cómo le hubiera gustado hacer las maletas para irse con su familia lejos de la ciudad!
Sabía que le tocaría jugar solo, como siempre, y estaba harto de aburrirse. Hoy mismo, había agotado todas las posibilidades del día, pero no había conseguido vencer su mal humor. Había mirado los dibujos animados, había estado un rato en la piscina, se había entretenido jugando con su consola, se había incluso disfrazado de pirata. Pero se le habían acabado todas las ideas, y ahora ya no sabía qué hacer, se sentía  solo, solo y triste.
Sentado en su habitación con su pañuelo de pirata atado en la cabeza, su parche negro en el ojo, Jonathan rumiaba su aburrimiento, enfadado con el mundo entero. Era la hora de la siesta pero no tenía sueño. A su lado, su gata negra Fidji ronroneaba, perezosa.
─Si por lo menos, consiguiera dormirme un rato, la tarde pasaría más rápido ─le dijo, como si el animal lo pudiera entender.
Jonathan se dejó caer de espaldas en la cama y cerró los ojos, intentando conciliar el sueño. Al cabo de un minuto, empezó a oír un zumbido molesto que se iba intensificando, cada vez que el insecto sospechoso se acercaba a su oído. Lo alejó una y otra vez con la mano, pero el mosquito volvía insistentemente.
Cuando ya parecía que le iba a dejar tranquilo, cuando estaba a punto de quedarse dormido, un picotazo tremendo le despertó de golpe. Se incorporó, sorprendido, mientras notaba una sensación fuerte de quemadura. El insecto le había picado justo en medio de la frente.
Contrariado y a punto de ponerse a llorar, Jonathan se sentó en la cama y con la punta de los pies, buscó sus zapatillas a tientas. Se levantó y se acercó al escritorio. Apartó la silla y se inclinó para verse mejor en el gran espejo colgado en la pared, apoyando sus codos en el mueble.
La cabeza le empezaba a dar vueltas y se sentía un poco mareado. Se dejó caer hacia atrás, en la silla.
─¿Qué me pasa? ─se preguntó inquieto─, no me encuentro bien. ¿Qué tipo de insecto me habrá picado?
Volvió a acercar su cara al espejo. Su reflejo le pareció ligeramente borroso, pero distinguió como una aureola roja se iba formando en segundos en medio de su frente, y se empezaba a hinchar.
El pañuelo de pirata anudado en la nuca y enmarcando su carita asustada le daba un aire cómico, así como el parche negro que se había movido y le tapaba solo medio ojo.
─¡Guay!
Sonrió a pesar del mareo que le invadía
─¿Verdad que parezco un autén­tico pirata Koko? ¿Tú qué crees lorito? ─le preguntó al loro de peluche que se balanceaba en un palo de madera colgado del techo. Pero evidentemente, el loro no le contestó.
Cuando Jonathan se acercó de nuevo al espejo, se dio cuenta que se había formado una niebla grisácea, que iba volviéndose vez más densa.
─¡Huy! ¡Qué mal estoy! Veo doble, me parece que tengo fiebre. Fidji, no me encuentro bien.
Y pronunciando estas palabras, se tambaleó. Su cabeza se inclinó hacia delante. En el momento en que su frente tocó el espejo, su sorpresa fue mayúscula. No recibió  la sensación fresca que esperaba. Tuvo más bien la impresión de apoyarse en algo tibio y blando, casi gelatinoso, algo que parecía ceder a la presión y se hundía.
Se asustó. Su primera reacción fue echarse hacia atrás precipitada­mente. Luego, al ver que no sucedía nada, se dejó llevar por su natural curiosidad. Se acercó y muy lenta­mente, con mucho cuidado, extendió la mano. Tocó lo que hasta ahora era el espejo, observando, atónito como su mano desaparecía en su interior. Intrigado, la movió para intentar adivinar donde había entrado,  pero no notó nada.
Decidido a averiguar lo que estaba pasando, se subió al escritorio, se sentó encima de la mesa, volvió a pasar una mano a través del espejo, la segunda, una pierna y luego la otra. Por fin, sin atreverse a abrir los ojos, pasó la cabeza y el resto del cuerpo hasta que… se precipitó en el vacío. El corazón le dio un vuelco mientras se sentía caer.
¡Chaf!
¡Agua! ¡Agua helada! Abrió los ojos, asustado, y cuando vio donde se encontraba, abrió la boca, muy grande, para gritar. Pero fue incapaz de emitir un sonido. La sorpresa le había dejado mudo.
 Se encontraba solo en medio del mar, bajo un sol de justicia. Sin darse cuenta, instintivamente, se había puesto a nadar.
─Es la fiebre, me he dormido y debo estar soñando ─pensó, inten­tando frenar el pánico que le invadía─. Si cierro los ojos y los vuelvo a abrir, seguro que despertaré.
Y así lo hizo pero no, no se despertó. Si aquello era un sueño, debía ser una pesadilla. A su alrededor flotaban barriles, trozos de madera, restos de objetos que parecían provenir de un naufragio. Delante de él, a lo lejos, se divisaba una playa, una isla montañosa…
¡Estaba solo!
Se acercó como pudo a un viejo baúl entreabierto que flotaba a unos metros de él y se agarró desesperada­mente.
─Esta isla parece desierta─pensó,  nadando con todas sus fuerzas─, y tengo  que llegar como sea. Este baúl no flotará mucho tiempo. Además, podría haber cualquier cosa en el mar, tiburones, monstruos, cadáveres… ¿Qué sé yo?
Este pensamiento hizo llegar una ola de calor a su estómago que se empezó a encoger, pero no cedió al pánico. Se obligó a controlar su respiración, como se lo había enseñado su madre.
“Si nadas tranquilamente, puedes nadar mucho tiempo” le repetía siempre”. Eres muy resistente pero tus nervios te colapsan. Olvídate del miedo, olvídate de que nadas, simple­mente hazlo, con tranquilidad…”
─¡Mamá! ─murmuró─ ¿Dónde es­tás?
Durante unos instantes, sintió unas enormes ganas de llorar. Pero no tenía tiempo para compadecerse de sí mismo, tenía que nadar y llegar a la orilla.
Una gaviota burlona pasó volando, bajó en su dirección hasta rasar su cabello. Le interpeló con una sonora carcajada.
─Deja de llorar, criatura, ¡ya tenemos bastante agua aquí!
─¡Cállate pajarraco! No existes. ¡Fuera de mi sueño!
─Si esto es un sueño, deja de nadar y despertarás. ¡Anda! ¡Pruébalo!
Jonathan lo probó y se hundió de golpe. Desapareció instantáneamente en las aguas heladas. Se asustó, pataleó, se debatió y bebió un gran trago de agua salada, pero afortuna­da­mente no se ahogó. A pesar de un ataque de tos, consiguió mantenerse a flote y seguir nadando.
No, no se trataba de un sueño.
Una enorme figura de proa pasó flotando a su  lado. Representaba un niño, un niño de su edad y su aspecto le recordaba mucho a alguien.
─¡Ahí va! Pero este soy yo!
Debajo de la figura el nombre del barco: El aburrimiento. Pensó que sería el barco que había naufragado allí, pero ¿por qué  se le parecía la estatua? No entendía nada.
Media hora después, Jonathan llegó por fin a la playa, completamente agotado, y se dejó caer  sobre la arena dorada y caliente. Antes de que pudiera descansar, una voz estridente le interpeló.
─¿Qué tal, marinero de agua dulce? ¿Piensas pasar todo el día durmiendo?
Jonathan abrió los ojos, levantó la cabeza y vio una silueta que le resultó familiar. Era un loro, un loro verde y naranja que se parecía mucho a…
─¿Koko? ¿Eres tú? Pero, ¿qué te ha pasado? ¿Estás vivo?
─¿A ti qué te parece? ─se desgañitó el loro─. ¿Acaso tengo pinta de pájaro muerto? Un poco de respeto, por favor.
─¿Qué haces aquí?
─¿Cómo que qué hago? Pues lo mismo que tú, pirata.
─Pues ya me lo explicarás, porque yo aún no sé lo que hago aquí. No sé cómo he venido, ni cómo voy a volver a casa.
─Vamos a ver niño, no te pongas a lloriquear, que tienes ocho años ya. ¿No te aburrías hace un momento? ¿No querías ser pirata?
─Sí pero…
─¡Nada de peros! ¿Dime, que buscan los piratas? ¿No lo sabes? Piensa un poco, haz un pequeño esfuerzo… Buscan un TE SO RO.
Ahora levántate y mira alrededor, dime, ¿qué es lo que ves?
─Una isla.
Koko puso los ojos en blanco, como si se le estuviera agotando la paciencia.
─No jovencito, respuesta equivo­cada, esta no es una simple isla, no es una isla cualq uiera. Es una isla desierta y misteriosa, y quien dice isla miste­riosa dice TE SO RO. ¿No has leído el libro?
─¿Qué libro?
─”La isla del tesoro”.
─Ya sabes que no me gusta leer.
─Me parece que no empeza­mos muy bien ─masculló Koko─. Bueno, da igual, ¡a lo que íbamos! Hoy es tu día de suerte, marinero, se acabó el aburrimiento y comienza la aventura.
─¿La aventura? ─repitió Jonathan perplejo─, ¿qué aventura?
Koko suspiró profundamente.
─Está visto que tengo que expli­cár­telo todo, muchacho. Estamos en la isla del tesoro, y ahora, solo nos falta encontrar el mapa que nos lleve a este tesoro. Por lo tanto, ¡pongámonos a buscarlo, pero ¡ya!
Jonathan, aún aturdido por todos estos acontecimientos, pero reconfor­tado por el hecho de tener compañía, volvió a anudar el pañuelo rojo sobre sus cabellos rubios y a colocarse el parche en el ojo. Sus mejillas, tan blancas habitualmente, empezaban a ponerse de un bonito color rosa. Miró sus pies, y se dio cuenta de que no llevaba zapatos, pero prefirió no protestar más y siguió el loro.
Se pusieron los dos a revisar los objetos que yacían esparcidos en la arena, a lo largo de toda la playa. Jonathan encontró unos catalejos, un cuchillo que se ató a la cintura, y el loro le trajo una bolsa de cuero. La abrió y vio que contenía una caja de cerillas. Decidió que podía serle útil, y se puso la bolsa en bandolera. También se hizo con unos viejos zapatos con suela de cuerda un poco grandes para él. Lo demás no era de ninguna utilidad.
¡Del mapa, ni rastro!
─¡Piensa!, chico, ¡piensa! ─gritaba el loro con su voz estridente─. ¿Dónde puede estar el mapa?
─¿En el baúl tal vez?
─¿Qué baúl?
Jonathan corrió hacia el viejo cofre que flotaba todavía en el agua. Lo arrastró sin dificultad, lo que probablemente era señal de que estaba vacío. Después de llevárselo a la arena, inspeccionó su contenido sin demasiada esperanza, mientras Koko se posaba en el borde del baúl para verlo todo mejor.
El corazón le dio un vuelco cuando en su interior, vio un pergamino enrollado. Estaba mojado, pero afor­tu­na­da­mente, el agua no había borrado las inscripciones. Era un mapa de la isla, con un camino, señalado en rojo que la recorría. En varios puntos del recorrido, había signos de interro­gación. Jonathan y Koko conta­ron hasta siete. Al final del camino, dentro de lo que parecía un volcán, habían dibujado un cofre con un corazón en su tapa.
En el fondo del baúl, en una pequeña bolsa de terciopelo, Jonathan encontró un cristal de roca tallado en forma de corazón, similar al símbolo del mapa.
Su pureza y transparencia eran extraordinarias y no presentaba nin­gún defecto.
Jonathan miró una y otra vez la piedra y el mapa, sin conseguir hallar la relación entre ambos. Después de guardar cuidadosamente los objetos en la bolsa, se pusieron en marcha. Dejaron atrás la playa de cocoteros y cogieron un sendero que se adentraba en la isla, serpenteando montaña arriba entre la vegetación.
Al cabo de un rato, Jonathan desplegó el mapa y lo miró atenta­mente.
─¿Qué debemos encontrar pri­mero, grumete? ¿A dónde vamos?
─Parece que debemos buscar un puente suspendido, Koko,  míralo,  está dibujado aquí. Pero justo antes de poderlo cruzar, hay un interrogante en el mapa. ¿Qué querrá decir? Todo esto es muy complicado y empiezo a tener hambre.
─Jona, no pienses en tu estómago ahora, compórtate como un pirata, ¡abre bien los ojos!
─Vale, si tú te comportas como el loro de un pirata y te subes en mi hombro, pero, ¡Huy! ¡Me estás clavando tus uñas!
─No gimotees, ya no eres Jonathan, niñito de ciudad, ahora eres el temido John Silver, alias  Long John─, gritó el loro con voz discordante.
Jonathan se puso a reír, y ambos se fueron cantando a dúo: “Jo, jo, jo, y una botella de ron”.
─Por cierto, ─preguntó Jonat­han─, ¿quién es este Long John?
─¡Ay, muchacho! No me digas que no sabes quién es.
─La verdad es que no, no tengo ni idea.
─Es el pirata de “La isla del tesoro”, uno de los libros que todo niño tendría que leer. Es la historia de un niño que conoce a un terrible pirata llamado Long John, y de una isla misteriosa, con tesoros escondidos. Es uno de estos libros que no puedes soltar cuando lo empiezas. Te convier­tes tú mismo en el héroe, viajas, buscas el tesoro, ¡Es genial!
─Puede que un día lo lea ─afirmó Jonathan─, quizás no sea tan aburrido al fin y al cabo.
─¡De aburrido, nada! ¿Te aburres aquí?
─De momento, no he tenido tiempo ─contestó Jonathan con una sonrisa.
─Pues leer es esto ─explicó Koko─, es vivir aventuras, es sumer­girse en un mundo diferente y olvidarse del tiempo. ¡Leer es no aburrirse nunca!


Long John─, gritó el loro con voz discordante.
Jonathan se puso a reír, y ambos se fueron cantando a dúo: “Jo, jo, jo, y una botella de ron”.
─Por cierto, ─preguntó Jonat­han─, ¿quién es este Long John?
─¡Ay, muchacho! No me digas que no sabes quién es.
─La verdad es que no, no tengo ni idea.
─Es el pirata de “La isla del tesoro”, uno de los libros que todo niño tendría que leer. Es la historia de un niño que conoce a un terrible pirata llamado Long John, y de una isla misteriosa, con tesoros escondidos. Es uno de estos libros que no puedes soltar cuando lo empiezas. Te convier­tes tú mismo en el héroe, viajas, buscas el tesoro, ¡Es genial!
─Puede que un día lo lea ─afirmó Jonathan─, quizás no sea tan aburrido al fin y al cabo.
─¡De aburrido, nada! ¿Te aburres aquí?
─De momento, no he tenido tiempo ─contestó Jonathan con una sonrisa.
─Pues leer es esto ─explicó Koko─, es vivir aventuras, es sumer­girse en un mundo diferente y olvidarse del tiempo. ¡Leer es no aburrirse nunca!


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