viernes, 13 de noviembre de 2015

Lágrimas de acero





Lágrimas de acero




Cuando conocí a Marie, aún no había cumplido veinte años. Era una muchacha frágil y delicada, de larga melena rubia y ojos de color del mar. Marie trabajaba como “petite-main” en la trastienda de un sastre, a las afueras de París. De carácter reservado y solitario, combinaba su aplicación innata con un talento extraordinario para la costura. Cortaba, hilvanaba y cosía con una destreza poco común.
Yo acababa de salir del taller de un artista maravilloso que había escogido para mí el mejor acero, el diseño más perfecto y me había afilado a la perfección para que algún día fuera la mejor aliada de una artesana única. Marie buscaba a alguien como yo. Supe en el momento en el que la conocí que había nacido para ella.
Su piel de porcelana, su sonrisa melancólica y sus ojos tristes me fascinaron desde el primer momento. Parecía no saber lo que era la felicidad ni la alegría, y yo deseaba cambiar esto, alegrar su soledad. Recé para que me escogiera entre todas las demás, y así lo hizo. Cuando llegué a sus manos, comprendí que, por fin, se había cumplido mi destino.
 Marie tenía el don de hacer de cualquier trabajo una obra de arte, era capaz de transformar como nadie un simple retal en una creación única. Su mundo era la seda, el lino, el satén. Mi mundo, sus manos. Así fue cómo nuestros destinos se unieron. No cabía duda de que estábamos hechas la una para la otra.
El talento de Marie no pasó desapercibido mucho tiempo, y su fama no tardó en salir del barrio para correr de boca en boca y propagarse como un reguero de pólvora por las calles de París. Los clientes acudían cada vez más numerosos a la tienda, todos y todas querían tener alguna creación suya. Pronto se interesaron por ella los grandes costureros de Paris y se multiplicaron las ofertas. Todos querían sacarla del pequeño taller donde siempre había trabajado y se disputaban el honor de conducirla a la gloria. Por fin, el mejor de ellos consiguió convencerla y se la llevó como quien se lleva un preciado tesoro. Sus manos de hada y su gusto exquisito hacían verdaderos prodigios y la llevaron sin tardar al éxito.
Desafortunadamente, Marie tuvo la mala idea de enamorarse de un extranjero de ojos verdes y piel aceitunada. Su acento diferente, su piel dorada por un lejano sol, le hicieron soñar, y vislumbrar paraísos inalcanzables. Después de un breve romance, lo dejó todo y lo siguió sin pensarlo.

Desperdició su talento y su futuro poniendo su vida en manos de un ignorante sin delicadeza. La vi marchitarse año tras año en antros infames, sufriendo los abusos y la violencia de aquel individuo que no la merecía. Impotente, la acompañaba en su malograda vida, asistiendo con desesperación a su declive. A pesar de los gritos, los insultos y los golpes, Marie permanecía allí y cosía. Hay gente que bebe para olvidar, otros aturden sus sentidos para no pensar, ella simplemente cosía, de sol a sol, día tras día.
Yo odiaba a aquel bruto maloliente que destrozaba el corazón de Marie y amargaba su existencia. Odiaba su nombre, su olor y hasta el aire que respiraba. Parecía que aquella pesadilla no iba a terminar nunca, sin embargo, llegó un día en que ambas supimos que aquello debía acabar. Lo comprendimos después de una agresión que había rebasado todos los límites de la violencia. Los hematomas tardaron varios días en desaparecer del  rostro de Marie, pero quedaron grabados para siempre en su alma y en mi memoria.             

Decidí que la violencia de aquel ser innombrable no iba a quedar impune. Yo era un simple objeto, pero el dolor de mi amiga había conseguido despertar en mi corazón de acero un valor que ignoraba poseer. A partir de aquel momento, esperé el momento oportuno para actuar, y mi vida se concentró en un único propósito. Todas las tardes, estirada  sobre el regazo de Marie, fingía dormir pero estaba al acecho, aguardando cautelosamente mi oportunidad.
            Pasaron días,  tal vez semanas, perdí la noción de la realidad. Solo recuerdo que el tiempo se detuvo y la vida se suspendió. Esperaba  con determinación la ocasión de devolverle a mi amiga su libertad. Por fin, una noche, el destino se puso de mi parte. Oí la puerta de entrada de la casa abrirse de una patada. El infame bruto había llegado. El cuerpo de mi pobre Marie se sobresaltó en el sillón, pero no soltó su labor y siguió cosiendo como si no pasara nada, aunque el leve temblor de sus manos delataba su terror. Yo estaba lista, consciente de que había llegado mi hora.
            Un apestoso aliento de alcohol precedió la llegada de la bestia que, sin medir palabra, entró en el salón y se abalanzó sobre Marie. En el justo momento en que sus manos se cerraban sobre su delicado cuello para estrangularla,  reuní todas mis fuerzas y me hundí sin dudarlo en su corazón malvado. Fue la experiencia más horrible y repugnante de toda mi vida. Yo había sido diseñada para cortar tela, no para matar, pero desafortunadamente, no tuve elección. Yo más que nadie odiaba la violencia por haberla presenciado demasiadas veces a lo largo de aquellos años, pero tuve que recurrir a ella cuando decidí acabar con la vida de aquel miserable. Sé que nada justifica el crimen y la muerte,  pero también sé que hay seres que no merecen el maravilloso don de la vida, porque solo causan dolor y pena a sus semejantes.  Esto fue lo que me repetí durante muchos años para librarme de aquel horrible sentimiento de culpa, para justificar mis actos.

            Desde entonces languidezco en el sótano de un juzgado cualquiera, encerrada en una caja de cartón. De mí cuerpo cuelga una etiqueta, con un escueto epitafio: arma del crimen. Odio  haberme convertido en esto. Yo  había nacido para ser la tijera de una costurera, no para matar.  Espero que sólo los jueces me recuerden así, y que mi querida Marie entienda y perdone lo que me vi obligada a hacer por ella.

            Han pasado muchos años, y ni siquiera han limpiado los restos de sangre seca que me mancillan y me recuerdan aquel horrible suceso. Odio mi cuerpo y mi propia existencia, que solo consigo soportar  por el recuerdo de Marie. Echo de menos sus manos, nuestras tardes silenciosas y las maravillosas creaciones que realizamos juntas.

Oxidándome tristemente en el silencio y la soledad, veo pasar la vida con una extraña mezcla de resignación y desesperación. Sé que nunca más saldré de aquí, que no volveré a deslizarme sobre telas sedosas, y lo peor de todo, sé que jamás la volveré a ver.

Me estoy muriendo lentamente lejos de ella,  pero a pesar de todo, quiero creer que en algún lugar, mi querida amiga ha conseguido hilvanar los jirones de su maltrecha vida, que el tiempo le ha traído el regalo del olvido, y que por fin vuelve a sonreír. 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Más allá

Más allá


En otro cielo,
al otro lado del espejo,
si algún día me marcho,
te espero...
Es otra verdad,
la otra cara de la realidad
de dónde te seguiré amando

Al otro lado del misterio,
al otro lado de la vida,
sabrás que no acaba nada,
que sigue vivo mi verso,
que voy corriendo como una niña,
en las praderas de la nada,
en los jardines del sueño...

En las noches de añoranza
me convertiré en gaviota,
robaré por ti una rosa
que dejaré en silencio,
cerca de ti, a tu lado,
antes de la madrugada...

Te observaré en silencio,
reiré al ver tu cara
cuando descubras mi rosa,
roja, sobre tu almohada,
viva como mi sentimiento,

Y sentirás alguna vez
una presencia discreta,
o un perfume, tal vez,
que encenderá tu memoria,

En otro mundo,
al otro lado del espejo
si algún día me marcho
te espero...

Es mi esperanza, es mi certeza,
sobrevivirá mi alma,
te amaré en el silencio
eterno del universo,
te esperaré más allá
Al otro lado de la vida.