jueves, 7 de enero de 2016

No se puede huír del pasado




Dicen que no se puede huir del pasado. Que por mucho que lo intentes, tienes todas las de perder, porque tarde o temprano consigue darte alcance.

Siempre me había parecido un cliché, una de estas frases hechas sobadas que oyes en cualquier parte, hasta que cobró significado. Fue un día, mientras desayunaba, cuando vi en el periódico, un artículo sobre El Baúl del Monje, una tienda de antigüedades que, por desgracia, conocía demasiado bien. Supe en aquel momento que mi pasado me  había encontrado. Tuve que aflojarme la corbata y desabrocharme el primer botón de la camisa.

¿Que por qué llevo corbata aquí? Supongo que porque me ayuda a concentrarme, a saber que no estoy soñando. ¿Quién iba a ser capaz de hacer un nudo de corbata en sueños?

El artículo se hacía eco de los misteriosos hechos que allí se producían: objetos que salían despedidos, violentos golpes inexplicables,  apariciones… 

Busqué a tientas en mi bolsillo el objeto que me había acompañado durante aquellos acontecimientos, y que había salvado mi alma, y lo agarré firmemente. Sentí de repente que tenía la garganta seca, así que bebí un sorbo de café. Me supo a rayos. Añadí un terrón de azúcar, luego otro, pero no conseguí encontrarle el sabor reconfortante de cada día. La vida de repente se había vuelto amarga. Los hechos vividos cinco años atrás, volvían  a cobrar vida, devolviéndome en un segundo al mismísimo infierno.
No se puede huir del pasado. Ya lo sé, me repito, pero es que no quiero olvidarlo, ni debo. Hacerlo podría costarme la vida.

─Cuéntemelo todo ─, insistió el joven parapsicólogo que había venido a entrevistarme─. Es usted el único testigo que nos queda ─añadió, mesándose la barba─. Después de aquellos incidentes, jamás se volvió a saber de los otros.
Asentí y continué mi relato.

En aquel entonces, me fascinaban los fenómenos paranormales, y tal era mi insensatez que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de presenciar e incluso provocarlos. Poseía dos características que, conjugadas, demostraron posteriormente ser realmente peligrosas: ignorancia y soberbia. Bueno, tres, también me sobraba temeridad. 

Acudí, con dos amigos, al número diez de la calle Marqués de Monasterio, atraído por los rumores de que allí sucedían cosas extrañas. Nos hicimos pasar por estudiantes de arte. Según expliqué a la dueña, pretendíamos ayudarle gratuitamente en la tienda, para poder estudiar las antigüedades que poseía, y evaluar su autenticidad. La señora me escuchó con cara de incredulidad, pero aceptó. No sé cómo me inventé todo aquello ni por qué me creyó, pero la cuestión es que mi historia coló y empezamos el día siguiente.
Al cabo de unos días, habíamos registrado a conciencia todo lo que el local contenía, y conocíamos a la perfección las costumbres y horarios de su dueña. También habíamos detectado una serie de piezas antiguas, guardadas bajo llave en la trastienda, que ardíamos en deseos de ver de más cerca. Pero la dueña había sido categórica. Teníamos acceso a todo, menos al cuarto del fondo. Naturalmente, no tardamos mucho en hacernos con una llave de la tienda y del misterioso cuarto, y decidimos pasar a la acción el siguiente viernes por la noche.

Entramos en la tienda a las doce. Nos pareció la hora perfecta, suficientemente siniestra y dramática para propiciar fenómenos paranormales. Yo iba primero, con  una linterna en la mano derecha, y la mano izquierda en mi bolsillo, agarrando un viejo talismán tuareg heredado de mi abuelo. Era una Cruz del Sur, ligeramente abollada en el centro, por haberle salvado de una bala durante la guerra de Argelia. Detrás de mí, iba Fabián, con rostro serio, seguido de Thais que no dejaba de morderse el labio inferior. Cruzamos la tienda en silencio, y fuimos directamente hacia el cuarto prohibido. Empezamos a registrar con precaución las cajas que ahí se amontonaban. Unos candelabros de siete brazos con velas negras, un viejo violín con su arco, unas muñecas africanas, pergaminos antiguos recubiertos de extraños signos y pentáculos… Apareció también un grueso libro polvoriento con tapa de piel y extraños cierres, que resultó ser un libro de las sombras.  Ninguno de nosotros hablaba pero nuestra excitación iba en aumento. Tal y como lo habíamos planeado, dibujamos en el suelo un pentagrama invertido, justo en el centro de la estancia, copiamos unos símbolos cogidos al azar del libro y dispusimos a ambos lados los candelabros. Pero nos seguía faltando algo, por los menos, me lo parecía. Quedaba una última caja y observé que estaba cerrada con varias vueltas de papel adhesivo.
─¿La abrimos?
Thais asintió sin poder emitir una palabra. Seguía mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Fabián esbozó una pequeña sonrisa, cerró el puño y levantó el pulgar en señal de aprobación pero no me pasó desapercibido el temblor de su mano. Mientras abría la caja con un cúter que parecía esperarme en una estantería, noté un dolor repentino en mi bolsillo izquierdo, como si me hubiera clavado una punta de la cruz en el muslo, pero no me detuve. Al ver el contenido de la caja, lo olvidé. Era una máscara representando una cabeza de carnero, con dos grandes cuernos retorcidos, y una estrella roja de cinco puntas pintada en la frente.
─Baphomet ─murmuró Fabián, con una voz inaudible.
─¿Símbolo diabólico? ─pregunté, intentando parecer tranquilo.
─El peor ─asintió─, es el mismo Satanás. ¿No ves sus cuernos y la estrella?
─Vámonos ─suplicó Thais─, esto no me gusta.
─Ni hablar ─la detuve de un gesto─, ahora empieza lo bueno. Tú te quedas, y  la cabra también.

Cuando colocamos la cabeza de carnero encima de una mesa en medio de los dos candelabros, las catorce velas se encendieron a la vez. Thais emitió un grito ahogado mientras Fabián y yo miramos recelosos a nuestro alrededor. Continuamos con el ritual, mientras, en el fondo de la sala, comenzó a oírse una melodía al violín. Agarré nerviosamente la Cruz del Sur en mi bolsillo. Estaba ardiendo. Thais se dejó caer   al suelo, cerrando los ojos  y tapándose los oídos. La cabeza del carnero empezó a vibrar, primero suavemente, luego cada vez más fuerte, a medida que la música crecía en intensidad. De repente, el violín emitió un quejido insoportable, la cabeza se elevó y vino a toda velocidad a colocarse sobre la cara de Fabián que aulló atemorizado, pegando saltos, intentando desesperadamente arrancársela con las manos sin conseguirlo.
─Quítame eso, quítamelo, por Dios santo ─gritaba Fabián, enloquecido.

Fue pronunciar el nombre de Dios y la cabeza saltó disparada, golpeando con los cuernos las paredes, el suelo, el techo. El sonido del violín se había vuelto más rápido y agudo, hasta ser insoportable. Un fuerte olor a podrido impregnaba toda la estancia. Me escondí debajo de una mesa, detrás de un montón de cajas. Fabián yacía inconsciente en el suelo. Thais sollozaba, presa de una crisis nerviosa, con la cabeza escondida entre las manos. Aquello era un auténtico infierno. Baphomet se colocó enfrente de ella, a escasos centímetros de su cara. Observé los horribles reflejos rojos en sus cuencas vacías, y la lengua larguísima que salía de su boca. Thais parecía paralizada, las lágrimas caían lentamente de sus ojos, mientras la lengua lasciva de Baphomet se acercaba cada vez más a su rostro, a su boca. Salí de mi escondite.
─¡Basta!

La música se detuvo bruscamente. Baphomet se giró y se acercó a mí.
─Déjalos ir, a los dos ─ordené─. Cógeme a mí.
La puerta se abrió de golpe a mis espaldas, un viento helado arrastró brutalmente a Thais y Fabián, proyectándoles con fuerza contra el escaparate que estalló en mil pedazos. Se levantaron al momento y cuando huyeron, despavoridos, observé con espanto que la melena negra de Thais se había vuelto completamente blanca.
─Entrégame tu alma ─rugió una voz sepulcral.
Saqué la Cruz del Sur de mi bolsillo y extendí el brazo.
─Ven a por ella.
Al ver la cruz, se apartó con un grito desgarrador y se refugió en el techo, en el rincón más alejado del cuarto. Aquella era mi única posibilidad de salvación, retrocedí rápidamente sin perder de vista a Baphomet.
─Volveré a por ti ─gritó enfurecido─, volveré cuando menos te lo esperes, jamás podrás escapar.

Esto fue lo último que oí al pasar la puerta. Luego corrí sin mirar atrás, sin soltar la Cruz del Sur, corrí hasta alejarme de aquel infierno.

¿Qué si me siento seguro? Desde luego que no, ya se lo dije, no se puede huir del pasado, y menos si este pasado tiene el rostro de…
─Baphomet.

Pronunció este nombre, con una voz especialmente grave, a la vez que se humedecía los labios con la lengua, una lengua que, de repente, se me antojó muy larga, demasiado. Me fijé en sus ojos enrojecidos, en su barba de chivo… 

No lo pensé, saqué mi mano izquierda  del bolsillo, y clavé la Cruz del Sur con fuerza en su cuello. Al sacarla, la sangre manó a borbotones y me salpicó en la cara y el brazo, pero no me detuve, corrí sin mirar atrás, mientras se desangraba en el comedor del psiquiátrico.

Me alejé pensando que por fin había acabado con Baphomet, pero una risa diabólica dentro de mi cabeza lo desmintió. Comprendí que acababa de perder mi alma.

No se puede huir del pasado

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