jueves, 10 de marzo de 2016

Gamines





























Han pasado muchos años desde aquel otoño del 85 en que Jairo y yo nos conocimos. Fue un año duro, tanto que pensé que no iba a poder soportarlo. Un día, al volver de la escuela, encontré la puerta abierta, la casa vacía. Mamá se había largado. Se fue sin pagar el mes y la casera se quedó con nuestras cosas. Ya no tienes nada que hacer aquí, así que lárgate y no vuelvas, me ladró, sin importarle  mi congoja. Me impactó su mirada hostil, su cara sudorosa, roja de indignación, su brazo amenazante. Me fui corriendo sin mirar atrás. La primera noche, fue pura desesperación, creí volverme loco. Vagué sin rumbo por las calles de Bogotá, asustado y hambriento, esperando a que llegara mi madre a rescatarme. Pero con el paso de las horas, tuve que aceptar la evidencia,  me había quedado solo.
Mamá solía decir que le gustaba viajar ligera de equipaje. La frase no cobró sentido para mí hasta que me dejó. Comprendí que me había convertido en una carga demasiado pesada.

El año 85 marcó mi temprano descenso a los infiernos.  Sin embargo hoy, echo la vista atrás, y con la serenidad y la distancia que dan los años, y el haber conseguido escapar de la miseria, puedo afirmar que resultó ser crucial en mi vida. Conocí a Jairo, y cambió mi vida. Fuimos primero compañeros de infortunio, hijos de nadie, deambulando por las calles,  buscando comida en la basura y dándonos calor en las noches de hambre y frío. La miseria nos unió, tejiendo entre los dos unos lazos indisolubles, la desesperación nos hizo fuertes y astutos y por un tiempo nos convirtió en delincuentes. Aprendimos juntos a resistir a la adversidad, y nos volvimos dos gamines más. Éramos animales llenos de ira, encerrados en cuerpos de niños, ratas, hienas o buitres, según lo requería la ocasión, perros callejeros escondiéndonos en las insomnes noches de la orfandad, lamiendo nuestras heridas al resguardo de sucios cartones.

Cuando habíamos olvidado el color de la esperanza, una fundación benéfica nos rescató. Nos llevaron junto con muchos otros al campo, lejos de Bogotá, y afortunadamente no nos separaron. Nos costó tiempo olvidar el dolor y la violencia, superar los abusos, pero lo logramos. Conseguimos volver del infierno, reencauzar nuestras vidas y lo hicimos juntos. Hoy por hoy, seguimos siendo amigos y creo que lo seremos hasta el final, porque fuimos hijos de una calle que nos robó la infancia, pero nos convirtió en hermanos.  


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